TEODORO LEÓN GROSS-ABC

  • Sánchez ha colocado a este jabalí en el Gobierno para que ejerza de pararrayos, y atraiga los focos a yoya limpia

Pedro Sánchez necesitaba un Ministerio del Fango dedicado a embarrar el tablero a la oposición ante una legislatura previsiblemente incómoda para su Frankenstein Plus, e intuyó que Óscar Puente –llámalo Óskar– era su hombre. Sometido a examen en la investidura de Feijóo, se despejó cualquier incógnita. Tal vez no será un buen ministro, pero sin duda será un buen macarra. Aquel día todos asumieron en Moncloa que tenían al Yoyas necesario para aplicar en esta legislatura la estrategia del poli malo, más vieja que ‘andar palante’: los presidentes, sobre todo si están en apuros, se buscan un ‘alter ego’ que haga la versión B de su discurso, mismo mensaje pero en clave provocadora y pendenciera, desplegando las artes del matonismo tabernario. Por momentos podría parecer que Sánchez, durante la presentación de su digámoslo así último libro, afeaba a Puente que se pasara de frenada en Twitter, pero esto no se lo tragan ni los ingenuos más irreductibles. Era un guiño de complicidad. Puente es Sánchez sin bridas.

En Moncloa se celebra cada yoya de Puente, al que previsiblemente achicharrarán en esta primera parte sucia de la legislatura, mientras pagan las deudas indignas con Puigdemont. En todo caso, nadie llorará por él. Será el enésimo juguete roto del sanchismo, y a lo sumo no lo despacharán a Valladolid con un billete sólo de ida sino que le darán una embajada. Por el momento es útil y les sirve bien. Pocos socialistas no ya decentes sino mínimamente decorosos se atreverían a exaltar la calidad democrática de Bildu «como el que más». Oscar Puente –llámalo Óskar– es incluso capaz de denigrar a la Fundación Miguel Ángel Blanco para elogiar a los batasunos. O despachar la inquietud ferroviaria del presidente andaluz con una suerte de ‘métete en tus cosas, pringao’. Una escritora recordaba días atrás que en alguna polémica tuitera la liquidó con un «esta tía es imbécil». Sánchez tiene exactamente lo que deseaba, ahora que necesita a Bolaños con gesto de monaguillo para calmar a los jueces y a Marisú Montero frenando la rebelión de las comunidades mientras riega de pasta a Cataluña.

A partir de aquí, sería poco inteligente dar demasiado protagonismo a Oscar Puente –llámalo Oskar– aunque no dude en buscar el cuerpo a cuerpo insultando a Ayuso, a Moreno o al propio Feijóo. Sánchez ha colocado a este jabalí en el Gobierno para que ejerza de pararrayos, y atraiga los focos a yoya limpia. Y eso es precisamente lo que no hay que hacer. Sí, va de suyo que al Yoyas se le da bien la tarea, e incluso parece haberle cogido gusto: «legítima defensa», lo denomina, evidenciando que confunde la dialéctica con la refriega, y la retórica con los improperios. La oposición debe aprender a obviar al peón pendenciero del sanchismo en el tablero, desdeñando esa pieza menor mientras se consuma en sus excesos histriónicos. Puente sólo es un guardés en el Muro del sanchismo… y el objetivo no puede ser el guardés.