RICARDO DUDDA-ABC

  • A la gente no le importa la amnistía ni esas cosas, dicen, solo a la prensa y a cuatro fundamentalistas

Durante los años de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, una teoría explicaba por qué el presidente conseguía siempre librarse de los escándalos en los que se veía envuelto. El propio Trump ironizó con su inviolabilidad incluso antes de convertirse en presidente: «Podría plantarme en medio de la Quinta Avenida y disparar a alguien, y no perdería ningún votante», dijo durante su campaña en 2016. La clave era la saturación e inflación de polémicas. Trump estaba involucrado en tantos escándalos, eran tantos y tan constantes, que al ciudadano estadounidense le costaba distinguir entre los graves y los superfluos. Esa ruptura de la jerarquía de importancia benefició enormemente al presidente e impidió la fiscalización y la rendición de cuentas. Todo parecía importantísimo y era histórico y sin precedentes; la sensación que tenían muchos votantes, entonces, era que las cosas no eran para tanto. Y como los medios señalaban constantemente los desmanes, transgresiones e ilegalidades del presidente, muchos estadounidenses pensaban que el problema no era Trump sino una prensa obsesionada con él. En parte era cierto. Hubo una histeria antitrumpista insoportable. El antitrumpismo fue una rama del progresismo y el liberalismo biempensante (y ocasionalmente del conservadurismo) basada en la histeria, la hipérbole, la terapia grupal, la gesticulación vacía, una unanimidad asfixiante (la unanimidad también puede ser muy tóxica en cuestiones positivas) y una épica de la resistencia artificial. Trump fue, sin lugar a dudas, uno de los peores presidentes de la historia de Estados Unidos; para muchos estadounidenses, eso fue motivo como para volverse completamente locos.

La saturación de escándalos y la histeria mediática beneficiaron a Trump. Pero no es algo aislado o exclusivo de él. Es el signo de los tiempos. La política contemporánea es una turbopolítica. Todo a la vez en todas partes. El escándalo de hoy se mezcla con el de ayer, lo que provoca en el ciudadano un entumecimiento de los sentidos. El fin del mundo son todos los días, lo que significa que nunca llega realmente.

En España tenemos un presidente que se mueve muy bien en la turbopolítica. Desde que llegó al poder, Pedro Sánchez ha cultivado una ética de la excepcionalidad. Ha gobernado con mayorías muy débiles, ha promovido el frentismo y la polarización y se ha vendido como el dique de contención frente al oscurantismo: vivimos una época excepcional que requiere medidas y gobernantes excepcionales (es decir, o yo o el caos). En la turbopolítica, los escándalos se olvidan rápido. Cuando llegó al poder, Sánchez cometió un error que no volvió a repetir: mandar dimitir a dos de sus ministros por escándalos ridículos (una multa de Hacienda, un trabajo de fin de máster plagiado). Luego aprendió que la mejor estrategia para neutralizar un problema es ignorarlo: no hay nada de lo que hablar. Sánchez se convirtió en un presidente que le hacía ‘luz de gas’ a sus ciudadanos. Luego fue incorporando un cinismo explícito y transparente: cuando le acusaron de nombrar como fiscal a su ministra de justicia respondió con su célebre «la Fiscalía de quién depende? Pues ya está». Pero sobre todo aprendió que lo importante en la turbopolítica es seguir adelante, no mirar atrás. Uno debe gobernar como si la oposición no existiera: Sánchez siempre ha mirado con incredulidad a quienes lo critican, como si no entendiera que alguien puede discrepar con él. Y si uno sigue hacia adelante, al final prevalece. Las polémicas se olvidan, y pararse a explicar las cosas implica una rendición.

Este cinismo es su principal aliado. Sánchez sabe que no está cometiendo ilegalidades. La amnistía puede tener un encaje constitucional; la colonización de las instituciones es inmoral pero no ilegal; el abuso de los decretos leyes o el desprecio por las formas parlamentarias más básicas tampoco van en contra de la ley, y tampoco negociar en el extranjero con un prófugo de la justicia a través de un verificador internacional. Ignacio Varela ha descrito muy bien esa «corrupción blanda» en la que se basa la cultura del sanchismo: «Consiste en la apuesta radical por una política de confrontación binaria que parte de la negativa cerrada al reconocimiento recíproco entre las dos fuerzas políticas mayoritarias del país, el bloqueo tenaz de los mecanismos transversales de entendimiento y concertación, la quiebra metódica de las reglas del juego limpio en la competición política, la arbitrariedad excluyente en el ejercicio del poder, el clientelismo desbocado y, como consecuencia de todo ello, la clausura bajo siete llaves del espacio de la centralidad donde se construyen las grandes mayorías y se forjan los consensos». En un texto reciente en ‘Letras Libres’, el politólogo Manuel Arias Maldonado también enumeró varios aspectos de la cultura política del sanchismo: «Además de recurrirse de manera habitual a la mentira, se han ignorado las convenciones más elementales (felicitación al ganador de las elecciones, reconocimiento de la legitimidad de los rivales) y se ha vulnerado la separación de poderes (ex miembros del gobierno han sido nombrados para el desempeño de cargos en el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General del Estado o el cuerpo de Letrados del Congreso), se ha procedido a la captura partidista de las instituciones públicas (del CIS a TVE o el INE) y se ha empleado de manera abusiva el decreto-ley en detrimento de la función legislativa del parlamento».

Esta saturación de polémicas, más que perjudicarle, beneficia al presidente. En primer lugar, porque cuando hay muchas, es difícil jerarquizarlas. En segundo lugar, porque hay algunas polémicas que sirven como cortina de humo para ocultar otras. Ante un escándalo grande, los muchos pequeños pasan desapercibidos. Pero también hay cosas que antes nos parecían graves que hoy nos dejan indiferentes: hay problemas mucho más grandes que lidiar. Mientras nos centramos en la amnistía, se extiende por todas las ramas del Estado una «corrupción blanda» igual de preocupante.

La saturación e inflación de escándalos, la histeria mediática (que a veces es comprensible: Sánchez ha hecho muchas cosas que no tienen precedentes) y el cinismo explícito expulsan al ciudadano de la política. Es lo que parece que busca el gobierno de Sánchez, cuyo relato últimamente promueve la antipolítica: a la gente no le importa la amnistía ni esas cosas, dicen, solo a la prensa y a cuatro fundamentalistas. La prensa se enfrenta aquí a un reto difícil de superar. Es lo que le ocurrió durante los años de Trump: el presidente cometía una tropelía tras otra y la prensa no podía dejar de denunciarlas. Pero en ese proceso trasladaba la imagen de imparcialidad: la prensa le tiene manía al presidente (y el presidente promovía ese relato). La prensa no puede renunciar a su tarea fiscalizadora, pero puede trasladar una imagen histérica.

Es un riesgo que merece la pena correr: la complacencia sale mucho más cara