Francisco Rosell-El Debate
  • Para soltar lastre, quien no utiliza a nadie a menos que pueda desembarazarse de él podrá valerse de la incapacidad de este para trasmitir una justificación verosímil sobre el origen de las joyas tasadas en 1,3 millones de euros que le decomisó la Guardia Civil en la caja fuerte de su despacho

Después de pasar Trump por la cumbre de la OTAN como un tornado que principia en una dirección para luego girar en contrario, con intervenciones que evocan el monólogo shakesperiano de Macbeth sobre «el relato de un idiota, lleno de ruido y de furia, que nada significa», muchos se preguntan cómo es posible que Pedro Sánchez, al revés que en La Haya, haya renunciado a cultivar su impostado relato de némesis del mandatario de la Casa Blanca. De hecho, tras el culebrón por la prohibición judicial de que su mujer pudiera acompañarlo, la ocasión la pintaban calva para huir de las corrupciones domésticas que nublan el horizonte penal del «P.S» de las agendas de la cloaca socialista.

A lo que se ve, Sánchez parece haber tomado nota de la realpolitik que Trump mantiene con los herederos del chavismo tras el apresamiento de Maduro, sin que ello haya redundado en la caída de la dictadura después de despertar tantas esperanzas, y se ha marcado un Delcy Rodríguez en Ankara. De hecho, a cambio del petróleo y de anular la influencia de China y de Rusia, en aplicación de la «doctrina Monroe», Trump parece hacer suyo en Venezuela el cínico diagnóstico de Cordel Hull, secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt, en la Nicaragua de Anastasio Somoza. Así, ha debido decirse: «Puede que los hermanos Rodríguez [Delcy y Jorge, dueños del Ejecutivo y del Legislativo] sean unos hijos de puta, pero ahora son nuestros hijos de puta».

Al corroborar que las autoridades norteamericanas son las que atesoran las principales certezas de cargo contra Zapatero, imputado por tráfico de influencias, organización criminal, falsedad, blanqueo de capitales, apropiación indebida, contrabando y delito fiscal, Sánchez ha puesto sus barbas a remojar dados sus vínculos con el expresidente desde que, en otoño de 2021, con ocasión del rescate gubernamental de la aerolínea hispano-venezolana Plus Ultra, se embarcó en los negocios de la política del «príncipe» de Delcy Rodríguez a costa de dejar en la estacada al opositor Guaidó como presidente encargado de Venezuela. No por casualidad, su reposicionamiento táctico con Trump coincide con la «querella catalana» –«te pego para que no me pegues»– de Delcy Rodríguez, con el juez expulsado Garzón como abogado y nexo del chavismo con el sanchismo, para cerrarle la boca al confidente Aldama.

Lejos de arredrarse, quien es cuña de la misma madera de Sánchez suministraba este miércoles, en paralelo con la coincidencia de Sánchez con Trump en el cónclave de la Alianza Atlántica, nuevas evidencias que serían objetivamente contrastables con la colaboración estadounidense. Todo ello luego de que, en marzo, le trasladara a la Justicia el sobre de la petrolera estatal Pdvsa que le habría remitido la vicepresidenta de Maduro con las claves de un tejemaneje de seis millones de barriles de crudo valorados en 250 millones de euros para la «caja B» de Ferraz y la elección de Sánchez como presidente de la Internacional Socialista.

En ese brete, Sánchez busca acoplarse a Trump para sobrevivir políticamente y garantizarse su impunidad como la hoy presidenta en funciones de Venezuela –acusada de crímenes de lesa humanidad– desde que coadyuvó a entregar a Maduro, así como a deportar a su testaferro Alex Saab, liberado tres años antes por Biden a cambio de diez compatriotas presos en Venezuela. Por eso, para Sánchez, las amenazas comerciales de Trump, desatando tormentas en un vaso sin agua, no son lo que realmente le inquietan, sino que EE.UU. pudiera proveer incriminaciones como las que Zapatero procura proscribir contra la jurisprudencia del Tribunal Supremo que validó la «doctrina Falciani». Conforme a ella, no compete a los tribunales españoles cuestionar las pruebas obtenidas en otro Estado con convenio de cooperación de por medio. Fue lo que resolvió a raíz del escándalo destapado por ese exingeniero de sistemas del banco suizo HSBC aflorando más de 100.000 presuntos evasores fiscales.

Si Delcy Rodríguez apareció al lado de Maduro, como Judas en la última cena, cuando el sátrapa se burlaba en Nochevieja de los ultimátum de Trump, luego de fijar una recompensa millonaria por él como líder natural del narcocártel de los Soles, deambulando en días de interpretar el Don’t Worry, Be Happy a saludar con un Happy New Year a los vigilantes de la prisión federal de Nueva York, otro tanto puede suceder a Sánchez con «su referente ético» ZP tras semanas defendiéndolo a capa y a espada.

Para soltar lastre, quien no utiliza a nadie a menos que pueda desembarazarse de él podrá valerse de la incapacidad de este para transmitir una justificación verosímil sobre el origen de las joyas tasadas en 1,3 millones de euros que le decomisó la Guardia Civil en la caja fuerte de su despacho. Pese a manifestarle al juez el pasado 17 de junio que, en el plazo de una semana o de diez días a lo sumo, aclararía su procedencia, el imputado alarga su ominoso silencio. Con esa excusa, Sánchez materializaría el habitual desenlace que se registra cada vez que un gobernante arguye el socorrido «dos al precio de uno» desde la época de González con Guerra a propósito de aquellos «cafelitos» de su «enmano» en la Delegación del Gobierno en Andalucía.

De esta guisa, más allá de la conversación de ascensor entre ambos charlando de futbol y gol en una pausa de hidratación en Ankara que sirvió para que Trump señalara que España se había redimido por completo al satisfacer su solicitud de «numerosos pagos» a la OTAN, luego de tildar al Ejecutivo español de «causa perdida» y de «aliado terrible» intimidándole con cortar toda relación comercial, Sánchez ha buscado esta vez aplacar al jupiterino presidente. Al fin y al cabo, como indica Nassim Nicholas Taleb, el autor de El cisne negro, en uno de sus aforismos: «No hay un estado intermedio entre el hielo y el agua, pero hay uno entre la vida y la muerte: un empleo» (y más si este es un presidente llegado a La Moncloa por la gatera por la que quiere colar de rondón a jueces sin prueba objetiva que valore su mérito y capacidad para que adeuden sus puñetas a quien no necesitará decirles quién manda).

En su caso, cada excepcionalidad es una fuga hacia adelante y ahora cavila que, después de criticar acerbamente a Trump por su ilegalidad contra Maduro, su supuesta némesis puede reportarle ese «cisne negro» –esa oportunidad inesperada– que anhela con desespero como la «dulce derrota» de julio de 2023 que le evitó desalojar La Moncloa. No en vano, al cabo de seis meses, Trump acredita con Venezuela que no aspira a «un nuevo mundo de ley», sino a ser gendarme de los intereses norteamericanos en un mundo repartido en zonas de influencia. De ahí que orille a la premio Nobel María Corina Machado con el chavismo eternizándose. En su socorro mutuo, el chavismo y el sanchismo ganan tiempo con un Trump que se conforma con que ambos estados de corrupción sean tributarios con las mismas castas que los mangonean.