DANIEL GASCÓN-EL PAÍS

  • Por diseño o por conveniencia, se utiliza la tragedia para impulsar un relato maniqueo que puede erosionar nuestro marco de convivencia

La democracia española no se podía permitir un día más, ha dicho la vicepresidenta sobre un anteproyecto de ley: la democracia española significa la conveniencia del Gobierno. Se invocan los objetivos más elevados para los intereses más estrechos. Lo más importante siempre han sido los cadáveres en las cunetas: algo que no resolvió la ley de Zapatero y que la derecha debería haber corregido. Tampoco fue lo primero que intentó hacer el presidente Sánchez: la exhumación del dictador era más vistosa.

El Gobierno, incapaz de recoger datos fiables de la pandemia, de gestionar una respuesta educativa y sanitaria en lo estatal, incapaz de sacar adelante su ley de la libertad sexual y de ejecutar medidas aprobadas como el ingreso mínimo vital, dice que hará una lista de empresas que se beneficiaron del trabajo esclavo. Recopilará los datos, luego ya verá lo que hace.

Es discutible que la política deba resolver algunos aspectos que cubre el anteproyecto, pero gran parte del asunto es pirotecnia. Otra es más inquietante y paradójica. Catedráticos dicen que no se estudia el franquismo, aunque han formado a generaciones de historiadores y coordinado temarios de selectividad en los que se preguntaba por esos asuntos: son ellos los que vienen a hablarnos de la verdad. Se teoriza sobre un silencio o un problema con el pasado: la producción historiográfica ha sido espectacular, se han escrito novelas y rodado películas. La contienda y la dictadura son nuestra primera industria y guerra cultural.

El franquismo es un almacén infinito útil para golpear a la derecha, pero no se queda ahí. El PSOE, un partido central en la democracia española, parece aceptar a ratos la idea de una anomalía en nuestro país: una visión común en parte de la extrema izquierda. La reactivación política de la Guerra Civil y la dictadura no ataca la Guerra Civil y la dictadura, sino sobre todo la transición y la idea de un pacto donde hubo transacciones: por diseño o por conveniencia, se utiliza la tragedia para impulsar un relato maniqueo que puede erosionar nuestro marco de convivencia.