RAMÓN JÁUREGUI-EL CORREO

  • Las preocupaciones de los vascos no son identitarias, son sociales, medioambientales, de salud, de pensiones, de futuro real, no ilusorio

Más allá de las diferencias surgidas en la tramitación del nuevo estatus de Euskadi entre PNV y Bildu, ambas fuerzas políticas mantienen una expectativa común sobre los resultados de las negociaciones del Gobierno con la Generalitat, por si de ellas surge algún indicio de avance en ese artilugio jurídico-político llamado derecho a decidir.

En el fondo, una bilateralidad con una especie de soberanía propia, que permita a Euskadi pactar su forma de estar en España en un régimen confederal es lo que pretende el PNV. Sería -como ellos mismos dicen- un ‘Concierto Político’ semejante al Concierto Económico en el que el derecho a decidir de los vascos sería siempre respetado en un régimen de pacto permanente. La consulta previa a los vascos es la forma ingeniosa de privar a los españoles y a las Cortes de su opinión sobre ese estatus. Abiertamente inconstitucional y políticamente inviable, en mi opinión.

La propuesta autodeterminista de Bildu es más simple y se orienta, como en Cataluña, a un referéndum de independencia -sí o no- con negociación posterior del proceso en caso de triunfo del sí. Aunque el nuevo estatus que propone el PNV es más sofisticado y quiere ser más respetuoso con el marco legal actual, contiene igualmente elementos potencialmente explosivos para el proyecto unitario de España.

Me pregunto qué necesidad tenemos los vascos de cambiar nuestro estatus y meternos en esta incierta andadura. Porque si se tratara de mejorar nuestro autogobierno, creo sinceramente que hay un margen interesante de negociación. Es más, habría una gran oportunidad de consolidar el consenso estatutario, incluyendo una compleja pero necesaria explicación de nuestro tiempo pasado en su exposición de motivos que satisficiera los conceptos simbólicos e históricos de nuestra diversidad identitaria. Serviría también para poner un cierre solemne a nuestra tragedia violenta de los últimos cincuenta años. Difícil, sí, pero conveniente para nuestra convivencia interior y necesaria para superar la fractura social que todo este drama nos dejó.

Esa reforma mejoraría además sensiblemente nuestro autogobierno con una carta de derechos y deberes mucho más actual y explícita que el actual Estatuto y por supuesto podría avanzar en materia de autogobierno, si la reforma se vincula a una reforma constitucional, a todas luces necesaria en nuestro país.

A cambio de tan esperanzador y razonable horizonte, nuestros nacionalistas quieren reabrir nuestro eterno e irresoluble debate para llevarnos -otra vez- al debate identitario, al horizonte independentista, aunque ese sea un camino de fracturas internas irresolubles y de presagios más que preocupantes en todos las órdenes.

¿Qué necesidad tenemos de meternos en ese lío? La mayoría de los vascos se siente cómoda en este estatus del autogobierno. Lo dicen los estudios sociológicos de todo signo. Diez años después de la paz, el porcentaje que desearía la independencia es del 20%, lo que demuestra que la violencia favorecía un artificioso y miedoso apoyo a las tesis más extremistas del nacionalismo. Basta ver y vivir la sociedad vasca de hoy para comprobar esta evidencia. Las preocupaciones de los vascos no son identitarias, son sociales, medioambientales, de salud, de pensiones, de futuro real, no ilusorio.

Comprendo que PNV y Bildu tienen que alimentar la llama sagrada de su sentimental proyecto, pero a quienes no somos nacionalistas nos corresponde decir alto y claro que no queremos cambiar de estatus; que no queremos irnos de España a ninguna parte; que es mentira que la independencia equivalga a soberanía y que la verdad es que aumentan nuestras dependencias; que nuestra economía irá a peor; que no somos sostenibles en pensiones, ni en gasto social; que Europa no quiere más fracturas interiores de sus Estados; que ninguna independencia puede garantizar las ventajosas condiciones actuales del Concierto y que, por el contrario, será muy cara para los vascos; que es falsa por imposible la configuración de marcos sociolaborales independientes en el contexto de la economía europea; que nunca estaremos mejor que como estamos con el autogobierno vasco. Podríamos dar mil razones más y es conveniente que se digan y se oigan.

PNV y Bildu están en su derecho de alimentar esta vía, de una u otra forma, y Podemos puede hacer seguidismo nacionalista. Pero el PSOE está en la obligación de negarse por convicciones políticas propias y por exigencias de nuestra Constitución. Mejorar el Estatuto, sí; cambiar de estatus, no. Ese fue el mensaje claro de Idoia Mendia en estas mismas páginas, para que el PSOE sea el partido en el que confían una mayoría de españoles no solo como el partido de izquierda sensato sino también como el partido más armónico y razonable en un modelo territorial autonómico-federal para España. Perder esa confianza es condenar al PSOE y a España.