Jon Juaristi-ABC

  • Lo que tiene que sufrir una por España, ya te digo

Hace algunos años, un –por entonces– alumno del colegio de la Comunidad Judía de Madrid se interesó, durante una vista que hicimos juntos a la iglesia románica de Sotosalbos, por la función de un pequeño cáliz de plata expuesto en el tesorillo de la sacristía. Le hablé de la Eucaristía y de su institución por Jesús en el séder de Pésaj del año 33 de la era común, 3793 desde la creación del mundo según el judaísmo. «¿Cómo? ¿Me vas a decir que Jesús era judío?», preguntó. «Me temo que sí –le dije–, y usó una copa como esta o parecida para el kidush, la bendición que dirigimos a Dios por habernos dado el vino que alegra el corazón del hombre, aunque reconozco que Jesús añadió algo de su cosecha». Este año, las dos pascuas, judía y cristiana, han caído en las mismas fechas. Ni el judaísmo ni el cristianismo pasan por su mejor época. Sospecho que la mayoría de los judíos no confía en un inminente advenimiento del reino mesiánico y que tampoco los cristianos ven cercana una conversión en masa de los judíos al cristianismo, requisito necesario para la segunda venida del Verbo y la resurrección de los muertos. El común presente depresivo nos hace conscientes de la improbabilidad de ambas expectativas.

Pero, por otra parte, puede este ser un momento propicio para que judíos y cristianos tomen verdadera conciencia de su proximidad. Proximidad que no es identidad y ni siquiera afinidad, pero sí projimidad, condición de prójimo. Cuando a Jesús le preguntó un doctor de la Ley quién era el prójimo, respondió con la parábola del buen samaritano (Lucas, 10, 26-37). Los cristianos concluyeron que prójimo es todo el mundo, pero Jesús no dijo eso: al hablar del prójimo se refirió a los samaritanos, que no eran judíos, aunque procedían de un tronco religioso común. No había aún cristianos, pero la posición relativa de judíos frente a samaritanos era semejante a la que después enfrentaría a cristianos y judíos.

Un gran filósofo judío del siglo pasado. Emmanuel Lévinas, definió así la que, a su juicio, debería ser la relación de los judíos con los cristianos: «Coincidencia jamás; proximidad, siempre. Resistencia del judaísmo a toda apoteosis del hombre, como a toda encarnación de Dios». Así son las cosas. Históricamente, esa proximidad se ha traducido casi siempre en hostilidad mutua, en odio cainita. Quizá sea el momento de convertirla en projimidad.

Porque, de lo contrario, si judíos y cristianos no establecen una sólida alianza entre ellos para resistir al ascenso común del antisemitismo y del anticristanismo, que es una misma ofensiva llevada a cabo por el islamoizquierdismo (es decir, por la alianza global que ya funciona entre el yihadismo y la izquierda) poco futuro podrá esperar, no ya el judaísmo ni el cristianismo, sino la propia libertad humana.