- Nada echará a Sánchez, que ya teme algo más que perder el poder: acabar también ante un juez con serios indicios de condena
Empieza a estar extendida la idea de que a Pedro Sánchez solo lo retirará del poder una causa judicial, si acaso es viable abrirla contra él: mientras mantengan una mayoría parlamentaria mafiosa en el Congreso, limitada a protegerle a él y a darle a sus socios lo que pidan pero no a gobernar, será difícil que el Tribunal Supremo consiga el suplicatorio preceptivo para encausarle, aunque rechazarlo pueda y deba ser considerado un Golpe de Estado.
El cacareo sobre el lawfare, esa inexistente conspiración judicial que las meretrices del lupanar mediático sanchista repiten como pollos sin cabeza, probablemente obedezca a ese objetivo: crear el relato con mucha antelación para que, cuando llegue el momento de que Sánchez rinda cuentas en un tribunal por cualquiera de las tropelías cometidas desde, en, con o para él, su Gobierno o su partido; pueda argumentarse la autoconcedida impunidad en términos de salvación democrática: no pasarán, los fascistas con toga, los fascistas con escaño y los fascistas con micrófono. Y tal.
Antes de eso, está haciendo todo para alterar el tablero electoral, para ver si consigue revocar el inapelable dictamen de las urnas, que también sería el primer paso para sentarle en un banquillo, una vez perdido el escudo golpista de un Parlamento conspirador, que solo articula mayorías para el sucio negocio consistente en arrendarle la Presidencia a un perdedor a cambio de entregarle las llaves de la gobernación de España a quienes quieren destruirla.
Esa ceremonia incluye el uso espurio de las instituciones, la transformación de TVE o el CIS en burdos aparatos de propaganda, la utilización de la SEPI para asaltar empresas estratégicas y poner a un soldado al frente y, por supuesto, la intentona de modificar el censo a ver si cuela y logramos fuera los votantes que no tenemos dentro.
Es decir, Sánchez, y esto es lo importante, se sabe más cerca de una condena que de La Moncloa si no revoca la democracia, y el procesamiento del canalla Zapatero, un garbancero con ínfulas al que no le llegó con recuperar una insólita estima social y 100.000 euros del Consejo de Estado por no hacer nada y necesitó hacerse millonario y arreglarle la vida a las zánganas de sus hijas, es otro indicio de ello: ya solo queda él, y quizá algún ministro por debajo, para cerrar el círculo de la Rosa Nostra y sus múltiples familias, cada una centrada en un chanchullo distinto pero todas sincronizadas bajo la batuta del Padrino.
Hay que perder toda esperanza de que Sánchez aceptará sin rechistar una derrota electoral que, además de desalojarle de un cargo que nunca mereció, le acerque al mismo lugar donde ya están Zapatero, Ábalos, Cerdán, Leire, Begoña, David y lo que te rondaré, morena. Y, sensu contrario, hay que dar por supuesto que hará todo lo posible, aunque no sea democrático, para evitarlo.
Estamos hablando del tipo que, cuando trascendió que el PSOE montó y financió una Mafia para «matar a Balas» o destruir a jueces y fiscales, se hizo el ofendido y presumió de su enérgica reacción. Del que se ha dedicado a hablar de eclipses solares con su hermano condenado y su esposa cerca de ello. Y del que, al confirmarse que Zapatero cobró mordidas gracias al cheque firmado por él y sus ministros, se puso a celebrar el Día del Perro. A Sánchez o lo echan los ciudadanos en la calle y sus adversarios en todas las instituciones, o se hará un Daniel Ortega refinado.