- Aquí tenemos la democracia a la carta de este Gobierno: derechos humanos sí, siempre que no interfieran con los acuerdos de Pedro Sánchez con China, Venezuela, Marruecos y EH Bildu.
Ya falta menos para que aparezca el naïf de turno a ventilar el acuerdo de Pedro Sánchez con China como un ventajoso acuerdo comercial entre iguales (nunca eres un igual con China) o como un sagaz intento de escapar de la espasmódica política comercial de los Estados Unidos de Donald Trump.
Otros, un poco más listos, pero no demasiado, dirán que es una más de las cortinas de humo que Pedro Sánchez aventa cada vez que los tribunales asoman un pedazo más del iceberg de corrupción sanchista.
Pero si alguien cree que Sánchez hace esto en beneficio de la paz mundial, el multilateralismo y la armonía universal… que vuelva al jardín de infancia a comerse las tizas, porque ese es su lugar.
No, Pedro Sánchez no se ha reunido con Xi Jinping en Pekín para firmar acuerdos comerciales.
Sánchez ha ejecutado, sin pasar por el Congreso ni consultarlo con Alberto Núñez Feijóo (el que deberá aplicar en la práctica lo acordado con Pekín), un giro estratégico que quiebra la posición internacional de España y socava la autonomía europea en un momento de máxima tensión geopolítica.
Mientras la UE impone aranceles de hasta el 37,6% sobre los vehículos eléctricos chinos para contrarrestar los subsidios de la dictadura comunista, Sánchez ha posicionado a España como socio preferente y plataforma de ensamblaje de esos mismos vehículos eléctricos.
Pedro Sánchez, durante su conferencia de prensa en China. EFE
¿Qué saca Pekín de Sánchez? Una puerta de entrada al mercado único.
¿Qué saca España de Pekín? Un incremento de su déficit comercial. Porque España no exporta nada realmente valioso para China: despojos de cerdo, mineral de cobre y algunos medicamentos.
¿Qué nos vende China a nosotros? Móviles, coches eléctricos, ordenadores, maquinaria electrónica y tractores.
Nosotros les mandamos cerdo y ellos nos venden alta tecnología.
Nosotros somos el Marruecos de China. Su Tercer Mundo. Su AliExpress.
Por eso nuestra balanza comercial está desequilibrada en 37.500 millones de euros. A su favor, claro.
Y a pesar de ello, España se ha ofrecido voluntaria.
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¿Qué quiere decir todo esto?
La clave es el blanqueo industrial a través del ensamblaje CKD (Completely Knocked Down). Coches fabricados en China que se ensamblan en Europa para pasar como europeos y eludir los aranceles.
Marcas chinas como BYD y Chery utilizarán así España como puerta de acceso a Europa, evitando los aranceles europeos.
No me lo estoy inventando. En octubre de 2025, Reuters informó que BYD considera España como candidata principal para su tercera planta europea, tras las de Hungría y Turquía, con el objetivo de producir localmente para eludir aranceles y servir al mercado continental.
Chery, por su parte, ya opera un centro de operaciones europeo y un instituto de investigación en España, y mantiene una joint venture con Ebro en la antigua planta de Nissan en Barcelona. Allí ensambla vehículos a partir de kits importados de China (son modelos como Tiggo 7, 4 y 8).
Estos coches chinos obtienen así el certificado de origen europeo, neutralizando las defensas arancelarias de Bruselas y esquivando las cláusulas anti-elusión.
Según un análisis de Rhodium Group y MERICS, los fabricantes chinos (BYD, Chery, SAIC/MG) han ganado 3,3 puntos de cuota de mercado en los cinco mayores países europeos en los últimos meses.
Así que Sánchez no está atrayendo inversión «neutral». Está actuando como caballo de Troya de la dictadura china para que esta opere dentro de las murallas proteccionistas de la UE, erosionando la estrategia de de-risking que Ursula von der Leyen ha impulsado desde 2023.
Y esto, lisa y llanamente, fractura la autonomía estratégica europea.
Otra cosa, claro, es que algunos comisionistas vayan a hacerse ricos.
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La Comisión Europea lleva además advirtiendo desde hace años de la dependencia europea en tecnologías críticas y cadenas de suministro. Sánchez ha profundizado esa dependencia.
Un ejemplo. El acuerdo de septiembre de 2024 con la multinacional china Envision Energy (firmado durante una visita previa de Sánchez a China) comprometió una inversión de unos 900 millones de euros en una planta de electrolizadores y un parque industrial de hidrógeno verde en España.
El proyecto, que teóricamente iba a generar más de 1.000 empleos directos e indirectos, condena la producción de hidrógeno renovable español a patentes, componentes y know-how chinos.
Porque Envision, segundo mayor fabricante mundial de turbinas eólicas y líder en electrolizadores, controla tecnologías clave para la descarbonización.
Así que mientras Berlín y París impulsan el de-risking (reduciendo exposición en baterías, paneles solares y vehículos), España prioriza la «inversión bilateral». O sea, la dependencia de China.
El resultado es una fuerte dependencia estructural en un sector estratégico, precisamente cuando la UE fiscaliza e investiga los subsidios chinos en baterías y turbinas eólicas.
El presidente chino, Xi Jinping, recibe al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, antes de mantener un encuentro en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín este martes. EFE
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A esto se suma la llamada diplomacia del cerdo.
España es el mayor exportador europeo de despojos de cerdo a China, con envíos que en 2023 alcanzaron 560.488 toneladas por 1.200 millones de euros (el 20% del total de exportaciones porcinas españolas y el 21% de las importaciones chinas de cerdo).
Durante los brotes de peste porcina africana en 2025, Pekín amenazó con un veto total. Pero siete protocolos firmados in extremis en 2025 y reforzados en 2026 permitieron la regionalización de la crisis y evitaron el colapso de las importaciones.
Las exportaciones a China crecieron un 6,8% en 2025, según el Gobierno español.
Pero ¿qué obtuvo China a cambio de esa pequeña concesión a España?
Que el Gobierno de Pedro Sánchez se callara en Bruselas sobre el comercio desleal chino y sus violaciones de los derechos humanos.
Es el clásico «divide y vencerás». Pekín utiliza un sector clave (el porcino representa una parte sustancial de las exportaciones agroalimentarias españolas a China) para comprar silencio o atemperar críticas europeas.
El déficit comercial español con China representa el 74% de nuestro déficit total, según ha dicho el propio Sánchez. Pero la «diplomacia del porcino» no equilibra esa balanza: la perpetúa.
China, por su lado, cede en un sector irrelevante para ellos (un cerdo es más fácil de producir que la tecnología de última generación) a cambio de un beneficio político infinitamente mayor.
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Peor todavía es la adopción del léxico imperialista chino.
En su discurso en la Universidad de Tsinghua de este lunes, Sánchez ha instado a China a asumir «un papel más sustancial» en un «orden multipolar», y especialmente en el terreno del cambio climático, la seguridad, la IA y la desigualdad.
Ahí es nada: en la cabeza de Sánchez, la dictadura china es quien debe liderar la lucha internacional contra el cambio climático, la seguridad internacional, la IA y la desigualdad.
Sánchez ha llegado a pedir que las democracias liberales cedan su silla en los organismos internacionales a las dictaduras del Tercer Mundo.
Sánchez, en definitiva, quiere poner al zorro a vigilar las gallinas.
¿A cambio de qué? Sólo Sánchez y Begoña lo saben.
El discurso de Sánchez no es retórica inocua. Porque valida la narrativa de Xi Jinping de que el mundo ya no gira en torno al liderazgo estadounidense y de las democracias liberales, sino que debe «reequilibrarse». A favor de los totalitarismos, claro.
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El riesgo de lo pactado por Sánchez (y no tanto de los pactos concretos, sino del reposicionamiento geopolítico de España) trasciende lo económico. También afecta a la seguridad del flanco sur de la OTAN.
Porque España alberga bases clave en Rota y Morón. Y permitir la integración de tecnología china en infraestructuras críticas (puertos, telecomunicaciones y ahora energía) abre una grieta enorme en la seguridad de Occidente.
Sánchez está remando así a favor de China y de las dictaduras del Sur Global en esa III Guerra Mundial que ya se está librando en Ucrania, Irán, Ormuz y Líbano, y que pronto se extenderá a Taiwán.
Los aliados europeos ya han advertido de las puertas traseras chinas en 5G y 6G y en los sistemas de control remoto. Según informes de MERICS, España registró el mayor volumen prospectivo de inversión china en la UE en 2024 (4.200 millones de euros). Y esa inversión no es inocente ni neutral.
Integrar productos y servicios controlados desde Pekín por la dictadura de Xi Jinping convierte a España en el eslabón débil atlántico por unas presuntas ganancias cortoplacistas de las que Sánchez no ha dado más que vaporosas explicaciones.
Así que mientras la OTAN eleva el gasto en defensa (con un objetivo del 5% del PIB para 2035, del que España se ha autoexcluido), Sánchez ha priorizado los intereses del emperador chino.
Mención aparte merece el desprecio a los valores democráticos del Gobierno «más limpio» de la historia de la democracia española. Porque Sánchez ha agasajado a un régimen autoritario mientras callaba sobre las violaciones de los derechos humanos, la represión de los uigures, la vigilancia masiva de sus ciudadanos y el expansionismo chino en el Mar de China y Taiwán.
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Ojalá esto fuera mero pragmatismo económico.
Pero los acuerdos de Sánchez con China sólo agravarán nuestra balanza comercial y aumentarán nuestra dependencia de países dictatoriales a cambio de un único beneficiario: Pedro Sánchez.
España, como país, ha proyectado una democracia transaccional y a la carta: derechos humanos sí, siempre que no interfieran con los acuerdos de Pedro Sánchez con China, como antes no interfirieron en sus acuerdos con Venezuela, Marruecos, Podemos, ERC o EH Bildu.
Los acuerdos de Sánchez no son una tercera vía pragmática. Son una bomba de relojería en el seno de España y de la UE que pagaremos muy caro todos los españoles.
Para China, Sánchez es el caballo de Troya que le permitirá inyectar su veneno en el seno de la UE.
Sánchez, un hombre «profundamente enamorada» del autócrata Xi Jinping (ahí lo ha calado bien Carles Puigdemont) se ve a sí mismo como un dragón de Troya. Un dragón chino.
En realidad, es una lagartija de Troya. Rápido, escurridizo y con la insólita capacidad de regenerar el rabo cada vez que un juez se lo corta.