Mikel Buesa-La Razón

  • Se ha cultivado una mediocridad, que se extiende por entre una cuarta parte y un tercio de los estudiantes, y se ha coartado la excelencia

No está mal para cerrar el balance ahora que se barrunta el final de la legislatura y que pronto veremos, como cuando lo de Zapatero, las alusiones –elogiosas, naturalmente– al legado de Sánchez. La OCDE, con su informe PISA, ha dejado claro que la política educativa de su gobierno ha fracasado en todo: lectura, matemáticas y ciencias. Porque, en todo, se ha cultivado una mediocridad, que se extiende por entre una cuarta parte y un tercio de los estudiantes, y se ha coartado la excelencia, que apenas alcanza a la vigésima parte de ellos. La comparación internacional no deja lugar a dudas, como tampoco las suscitaron los resultados de las políticas económicas y sociales que se arbitraron durante la pandemia del Covid-19, todos los cuales descalificaron a España frente a sus socios europeos. Unas políticas, por cierto, que se adoptaron bajo unas medidas de excepción desmesuradas que no sólo eludieron el control parlamentario, sino que sobrepasaron el marco de la Carta Magna en cuanto a la restricción de los derechos civiles, tal como dictaminó el Tribunal Constitucional. Esta experiencia sirvió de referencia para lo que, hasta Ceuta, vino después, con una gobernanza basada en el dictado de decretos-ley y una huida de las obligaciones establecidas en materia presupuestaria o de consulta a los órganos de asesoramiento del Estado. Todo fue, así, falsedad y patraña: centenares de páginas en el Boletín Oficial del Estado en las que se confundía el culo con las témporas para meter de clavo los asuntos más insospechados, muchas veces vinculados con la corrupción. Ésta, que fue la excusa para la defenestración de Rajoy y la exaltación de Sánchez, ha llegado a su sublimación: nunca antes de Sánchez se había extendido sobre los recovecos de un gobierno que sumaba fracasos, uno tras otro, pues mientras algunos políticos en activo se forraban, iban fallando las carreteras, los ferrocarriles, el cuidado de los montes o el suministro eléctrico, se dejaban en suspenso las obras hidráulicas y se desatendían las ayudas a los damnificados por las catástrofes naturales. Y la economía también: sin ganancias de productividad y con alta inflación, la renta per cápita permanece estancada y ya no mejora el bienestar sobre todo entre los jóvenes.