Manuel Montero-El Correo

  • Los delitos de odio se cometen con impunidad, pero aquí tal saña está normalizada

El delito de odio nos rodea. Su manifestación cotidiana tiene una aceptación tácita, no necesariamente por la costumbre malsana de mirar hacia otro lado sino porque resistirlo o denunciarlo comporta riesgos.

La novedad reside en que esta exhibición pública ha dado un paso adelante. Ahora los difusores del odio lo despliegan para una amplísima gama de materias y lo hacen con especial furor. Los delitos de odio se cometen con impunidad, pero esto no es nuevo, pues aquí tal saña está normalizada. Forma parte de nuestro diseño social.

El odio fue el caldo de cultivo de la izquierda abertzale, necesario para el apoyo social al terrorismo. Ha sobrevivido a éste y sigue cumpliendo la función de señalar, estigmatizar: discriminar. La sociedad vasca, que se tiene a sí misma por ultrasolidaria, se sostiene sobre la exclusión.

Es la materia de la que están hechos los sueños de la abertzalía. Hoy salta por cualquier nimiedad. En San Mamés hubo más aplausos que abucheos a los jugadores del Athletic que ganaron con España el campeonato del mundo. Sin embargo, que les abroncara una parte significativa del público -cuyos portavoces anónimos ya habían sentenciado «enemigos del pueblo»- indica la omnipresencia del odio.

El verano está siendo ocasión propicia para expresar sus fobias. Se le nota con ganas, no suena a desliz inadvertido: si quieren institucionalizar el apartheid, y quieren, conviene estigmatizar. Favorece esta facundia veraniega la sucesión de fiestas locales. Para la izquierda abertzale el ambiente lúdico es la mejor ocasión para desplegar su visión del mundo. Les sirve para difundir una identidad vasca pétrea, cargada de exclusiones (antiespañola, castellanófoba, antiplural, culturalmente monolítica…).

Tiene el dominio festivo desde la transición. Lo ejerce de forma férrea, con sus estructuras sociopolíticas y dominio sectario, sin que nadie se atreva a cuestionarles políticamente, por aquiescencia, miedo o rendición. Es uno de los espacios sociales que ha conquistado y tiene como propio. Quizás desearían que la vida pública consistiese en una fiesta ‘popular’ continua, pues les permitiría ejercer una incuestionada hegemonía social. Todo el rato.

Esa circunstancia permite atisbar su ‘utopía’. Ha quedado claro en las fiestas de Bilbao, compendio de las que se han ido desenvolviendo, con menor o mayor agresividad, pero siempre de modo exclusivista. De creerles, esto es la repanocha de las buenas intenciones, superadoras de cualquier discriminación. Expresamente condenan la homofobia, la euskerafobia, la transfobia, además de ser solidarios con saharauis, cubanos y palestinos. ¿Es una feria popular de la igualdad y solidaridad? Todo parece paradisíaco. Ves el pregón de las fiestas y la imagen enternece. Al tiempo que se vierte un chaparrón de políticocorrectismo progre radical, una intérprete de signos lo hace llegar a quienes tengan problemas de audición. Todos quedamos integrados. ¿Todos? En realidad, sólo una minoría, pues el discurso que dicta las directrices fue en euskera, que no habla la mayor parte de los bilbaínos, alrededor del 70%. La gran masa aplaudió enfervorizada, pero es improbable que en su gran mayoría entendiese nada del discurso. Difícilmente encontraremos otro apartheid en el que los relegados acepten su marginación con tal entusiasmo. El plegamiento a las nociones radicales parece completo.

Para más inri, este año se estrena el concepto euskerafobia, que llega sin definir y extraña por desconocerse actitudes recientes de este tipo, por convencimiento, resignación o el temor que produce esta gente. ¿La castellanofobia sería igualmente condenable? Eso ya es harina de otro costal, pero mejor corramos un velo, pues estamos acostumbrados a la moral asimétrica.

También han vertido la especie victimista, pero falsa, de un presunto acoso social al euskera. Y se conjuraron para que las fiestas sean en euskera, como si fuese novedad.

El recinto festivo bilbaíno, un compendio temático de la agresividad antisistema, provoca una sensación rara, aunque conocida. Es un déjà vu. Los lemas intolerantes de siempre se entremezclan con una jerga políticamente correcta, pero hasta el espacio ecologista suena amenazante. Todo se repite, incluyendo agresiones a ertzainas y pintadas que desprecian e intimidan. Los veteranos del tinglado tienen ya sus años, pero mantienen radicalidad y heredan totalitarismo las nuevas generaciones. ¿Es posible representar durante cuarenta años que vivimos un instante prerrevolucionario? En eso ha fosilizado este parque jurásico de la izquierda abertzale.

Dos cuestiones interrelacionadas no llegan a resolverse: cómo se permite el despliegue público de sectarismo intolerante y cuál es la razón de que se otorgue a los antiguos apoyos del terror el control ideológico de la fiesta.