KEPA AULESTIA-EL CORREO

La encíclica ‘Fratelli tutti’ del Papa Francisco, tan citada por dirigentes socialistas, contempla la pandemia como una crisis pasada de la que Bergoglio no está seguro que se extraigan lecciones de humanidad. En el imaginario político persiste la idea de que los malos trances pasan. Sea por la llegada del verano, por la proximidad de la Navidad, o porque mayo de 2021 deje atrás los rebrotes por vacunación. La buena noticia de la semana es que nadie podrá alardear entre nosotros de un Trump victorioso gracias a su sinrazón interesada. Pero por lo demás seguimos a tientas frente a la pandemia. Porque mayo significa que la política gubernamental está convencida de que esto durará meses. Frente a la teoría de que convendría atajar el coronavirus con una drástica restricción de libertades durante un breve plazo de tiempo, se impone la sospecha de que ni así lograríamos ‘doblegar la curva’ definitivamente.

La política se hace la desconcertada además con ese factor que lleva a tantos expertos a requerir el confinamiento: la presión hospitalaria. Y queda en el ambiente la sensación de que bastaría con añadir camas y respiradores para sortear lo peor. Por lo que no tiene sentido sacrificarse tantos a la vez, cuando la solución al drama es tan sencilla. Basta con que se dispongan más plazas hospitalarias con el mismo presupuesto de antes. Si existe alguna falla interesada en la comunicación pública, es la que lleva a sortear las líneas rojas de la salud pública como si se tratara de un asunto de mera intendencia. No hace falta caer en la indignidad de Díaz Ayuso, cuando contrapuso el bienestar de cien a la vida de una persona desahuciada, para bordear los límites de lo humanamente admisible.

No es la economía la que manda, es la política. Pero se encuentra desconcertada. Ni sabe qué es lo más eficaz para acabar con el coronavirus, ni está segura de lo que conviene al interés partidario: ponerse al frente o pasar desapercibido. De ahí que los dirigentes políticos oscilen entre lo uno y lo otro. Emplean el confinamiento para persuadir a la gente; pero también como globo sonda para allanar el terreno de la opinión pública a sabiendas de que puedan acabar aplicándolo. Es el vaivén entre el optimismo y la alarma que se suceden cada dos días. El desconcierto presenta hoy la gestión autonómica de la pandemia como la opción más rigurosa por su cercanía a la realidad epidemiológica, aunque cada comunidad decida políticamente sobre sus medidas de restricción. A sabiendas de que Sánchez rehuirá el mal trago de marzo y abril.