Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Tras el hundimiento en las municipales, Starmer se queda para evitar el caos, que sonríe como Farage
El Reform de Nigel Farage ha arrasado en las elecciones locales británicas. Los destrozos alcanzan a los laboristas, que se hunden hasta el punto de que el primer ministro Starmer tiene que aclarar que no renuncia para no dejar al país en el caos. El caos viste corbatas estridentes, tiene los ojos saltones, se ríe como un gato de Cheshire puesto de ácido y posa en cuanto puede con una pinta de cerveza. Todo en Farage transmite una energía poderosa que tiene que ver con la estafa. Hace diez años, fue uno de los padres del Brexit y, horas después del referéndum, reconoció un pequeño fallo: lo que llevaba meses diciendo sobre salir de la UE para poder redirigir 350 millones de libras semanales al Sistema de Salud era, en realidad, falso. La honestidad fue el valor que más había defendido en campaña.
Ayer, con el recuento de las municipales entregándole una lluvia de escaños en feudos laboristas, Farage no quiso hablar de otro fallo relacionado con aceptar un donativo de cinco millones de libras de un magnate británico de las criptomonedas residente en Tailandia. Su capacidad para que le resbalen los escándalos es solo comparable a su capacidad para nutrirse del espectáculo grotesco. Las elecciones locales le confirman como el candidato con más posibilidades de ganar las generales de 2029. Hace tres años, en cambio, no consiguió ganar un ‘reality’ televisivo y selvático titulado ‘Soy famoso… ¡Sacadme de aquí!’ en el que comió insectos y se embolsó millón y medio de libras. Cuando el jueves le preguntaron si el ascenso de Reform era cosa del voto protesta, Farage respondió que ya no se trata de protestas sino del fin de la alternancia entre conservadores y laboristas.
Una de esas frases de Churchill que Churchill nunca dijo establece que los estadounidenses siempre hacen lo correcto después de probar todo lo demás. El segundo mandato de Trump demuestra lo inservible del razonamiento: siempre se puede probar a darle una nueva oportunidad al caos. Mientras tanto, la resurrección de Farage anula algo mucho más gigantesco: la superioridad británica para emitir juicios desde cualquier clase de pedestal pragmático. Que el siguiente hito de una deriva que comenzó con David Cameron convocando un referéndum fatídico sea el triunfo de Reform, la reinvención trumpista y picaresca del UKIP, nos sitúa ante la fase dos del populismo, en la que el espectáculo es ya estupefaciente y la gente vuelve a votar a los bufones, pero esta vez siendo conscientes de lo que hacen.
Hantavirus
Ser o no ser plátano
Mientras se espera al MV Hondius en Tenerife, el hantavirus hace su aparición en Alicante. Una mujer está aislada y en observación en un hospital de la ciudad. La buena noticia es que el caso tiene explicación. La explicación es que el mundo es un pañuelo y la mujer con síntomas compatibles con el hantavirus viajaba en el mismo avión que la pasajera del crucero que terminó muriendo mientras intentaba viajar a Johannesburgo con el cadáver de su marido. Son los pacientes cero del brote. Otra buena noticia es que la azafata que atendió a esa misma mujer y terminó hospitalizada en Ámsterdam no está infectada por el hantavirus. La Organización Mundial de la Salud y cuanto epidemiólogo termina con un micrófono delante advierten de que en los próximos días habrá más casos. Pero del mismo modo insisten en que el brote será limitado si se actúa con diligencia y se toman todas las precauciones. Es lo que ha hecho el Gobierno vasco activando el Consejo Asesor de Enfermedades Infecciosas Emergentes. Porque una cosa es que el riesgo sea bajo y otra que no convenga estar informados y alerta por si hubiese que intervenir. Mientras tanto, un sindicato de trabajadores portuarios de Tenerife protesta por la exposición a un virus que las autoridades anticipan no va a existir, al no ocuparse en ningún caso estos empleados de evacuar o atender a los pasajeros del MV Hondius. Aun así, los trabajadores amenazan con bloquear el puerto. Entre los lemas que manejan en sus protestas, uno para la historia nacional de las pancartas: «No somos plátanos».