- El presidente se volcó con una zafia sofista televisiva, que mintió sobre una agresión, pero desdeña hablar con el mandatario de una región ante una crisis
Llegó el coronavirus. Sánchez se puso al mando, nos enjauló inconstitucionalmente y okupó la televisión a todas horas… hasta que vio que el envite iba para largo y se lo alquiló a las comunidades autónomas.
Llegó una dana brutal a Valencia y Letur (Albacete), que pilló a Sánchez por la India, dándose pote junto a la tetra imputada. La mayor catástrofe medioambiental de este siglo en España. Pero en lugar de declarar la emergencia nacional y tomar el mando, lo dejó todo en manos de la Comunidad de Valencia y soltó aquella frase descarnada de si quieren ayuda que la pidan (mientras tanto, la vicepresidenta responsable de los temas hidrográficos, Teresa Ribera, se escondía en el extranjero para preparar su examen de cara a forrarse como comisaria europea).
Llegaron los terribles incendios que abrasaron el oeste de España el pasado verano. Durante ocho días interminables no tuvo a bien dar acuse de recibo, allá se las apañasen las comunidades. Estaba muy ocupado en la tumbona gratuita de Lanzarote.
Llega ahora el caso del crucero del hantavirus. Esta vez le viene estupendamente como cortina de humo contra el juicio de Ábalos y el escándalo del desvío de fondos europeos. Así que ahora el Gobierno se pone al frente del dispositivo, ordena a sus televisiones que hablen del barco todo el día, como si estuviésemos ante el mismísimo desembarco de Normandía, y soslaya y desprecia a las autoridades regionales, a las que en ocasiones anteriores les había empaquetado el desafío.
Mi persona no ha tenido a bien despachar con el presidente de Canarias. No ha encontrado un minuto para ello.
Más suerte tuvo una tal Sarah Santaolalla, sofista salmantina de 27 años, que concurrió en las listas del PSOE y que ahora suelta sandeces sectarias variadas por las televisiones, en defensa de la correcta causa (mayormente en el programa de su novio, el propagandista de los gazapos, Javier Ruiz). Ella es, entre otros hitos, la fina analista que en su día llamó «idiotas» a los once millones de españoles que votan a PP y Vox. A diferencia del ninguneado Clavijo, Santaolalla fue homenajeada por dos veces en marzo de este año por el presidente del Gobierno, que la abrazó cuando la esforzada tertuliana lucía un aparatoso cabestrillo verde, donde reposaba su brazo, malherido por el diabólico «agitador ultra» Quiles, que con su violencia desatada la había lesionado a las puertas del Senado, ante una nube de cámaras que milagrosamente no captaron agresión alguna.
Aquel ataque, aquella ultraviolencia enfermiza que no se había visto desde La Naranja Mecánica de Kubrick, estremeció a nuestra izquierda. Santaolalla denunció al showman de derechas Quiles por agresión. El Gobierno de la «coalición progresista» se movilizó en defensa de la egregia analista. Marlaska le puso una escolta de varios policías. Sánchez se la llevó a dos actos de su plataforma contra el odio, escrito con H, Hodio (igual es alguna imposición ortográfica de Bildu). Con una sonrisa acogedora, paternal y beatífica, el Líder Supremo abrazó a la pobre víctima de la causa, que con su cabestrillo y su rictus compungido componía una imagen tan conmovedora que muchos tuvimos que ir presto por la caja de clínex. No habíamos llorado tanto desde que Clara volvió a caminar en Heidi.
En esas fechas de las terribles lesiones y la luciferina agresión fascista, resultó que Santaolalla y Antonio Naranjo coincidieron en el show de Nacho Abad. Naranjo, que tiene la buena –y prohibida– costumbre de ir contracorriente, le preguntó por la escolta que le había puesto Marlaska y también por la verdad de sus supuestas lesiones, que puso en cuestión. Nuevo ataque ultra. Santaolalla, que ha insultado a medio planeta encantada de la vida, abandonó el plató entre lágrimas e iracunda, prometiendo no regresar jamás a esa ratonera donde Abad le había tendido semejante celada.
Y ahora vamos con el final de esta historia, que se conoció ayer: la juez ha archivado la denuncia por «agresión» de Santaolalla contra «Quiles y sus matones». Concluye que «ni siquiera se aprecia agresión alguna por parte del investigado». La magistrada subraya que «en dichas grabaciones en modo alguno se aprecia acometimiento por parte del investigado a la perjudicada».
Conclusión: esta tía se inventó el número del cabestrillo, paseó dando pena por los platos, se querelló contra un inocente y recibió el abrazo solidario de Sánchez y el apoyo de cinco ministros. Además, los socialistas promovieron una reforma legislativa a raíz de tan grave caso, una suerte de Ley Santaolalla, y PSOE, Sumar, Junts, Bildu y PNV, la coalición de la izquierda populista con el separatismo antiespañol, leyeron un sentido manifiesto en el Senado en su defensa, protegiendo así a una seudoanalista que insulta a quienes no piensan como ella y que ha sido ahora pillada como una olímpica mentirosa (por lo que no debería volver a pisar la televisión pública, dado que nos obligan a todos a sostenerla con nuestros impuestos).
Sánchez homenajea a Santaolalla y manda a hacer gárgaras al presidente de Canarias que quiere despachar con él. Por lo demás, si yo fuese la tetra imputada empezaría a preocuparme, porque la denuncia por agresión en el bar va a terminar igual, para cósmico cabreo de quien ustedes saben. No resultaría muy raro ver a Bolaños hablando de lawfare contra Santaolalla y llevando el caso ante Pumpido, porque en Sanchistán ya nada es imposible.
(PD: Mientras tanto, el narco campa a sus anchas por Andalucía, con una Guardia Civil mal pertrechada por un Gobierno incompetente y dedicado solo a la propaganda. Otros dos guardias muertos frente a las narcolanchas y Marlaska, pues como siempre, haciéndose la manicura mientras elabora la siguiente mentira).