Por fin

JUAN CARLOS GIRAUTA, ABC 26/01/14

· Por fin, ayer se vio en Barcelona a un presidente de gobierno español ejerciendo de tal, sin complejos ni mandangas. Una extraña superstición los pone, desde González, blanditos y tontorrones tan pronto como aterrizan en El Prat, lo que representa un éxito ininterrumpido (hasta ayer) de los hechiceros de la tribu nacionalista, con extensiones, delegaciones brujeriles y tentáculos en cada palacio y mentidero capitalino.

Ese influjo no lo ejercen siempre mandatarios; no hay tanto catalanista para tanto ruido: lo ejercen unas fórmulas mágicas, unos encantamientos, una magia semántica, una capacidad probada de la Cataluña antiespañola para lanzar artefactos propagandísticos al espacio exterior y conquistar las mentes. Del efecto no se ha librado ni Margallo, con sus loas a la logística de la cadena humana, que hay que ser naíf. Del efecto no se ha librado ni Montoro, que anteayer le preparó el escenario y el público a Rajoy con la afirmación de que España se está recuperando gracias a Cataluña. Unos señores ministros muy bienintencionados que no pueden siquiera sospechar el uso que el enemigo da a esos gestos suyos.

El enemigo, sí, y ahí radica el mayor problema: que los Margallos y los Montoros (y no digamos los Rubalcabas y las Valencianos) nunca van a llamar por su nombre (y por tanto nunca van a enfocar con fidelidad) a la ideología que nos está haciendo Cataluña insoportable a tantos catalanes. ¿Cómo se explica ese contradiós, eh? ¿Por qué empieza a sentirse extranjera gente que aquí ha nacido, o que lleva aquí toda la vida? Esto nada tiene que ver con apellidos. Es una cuestión de conciencia individual. En Cataluña, almas cándidas, se ha vuelto muy difícil ser libre.

Casi imposible si te dedicas a la docencia, al periodismo, a cantar misa… Que la gañanada se sume a un bombardeo (mental) no es extraño; lo triste es lo de ese cocinero. En cuanto brillas te abducen, te suman a la falsificación de la historia, te usan, marranean con tu apellido. En Cataluña hemos aguantado en pie los temerarios, los chalados, los que no nos sabemos doblar. Por eso han estado a punto de rompernos. No hay aquí lección. Nada hay de admirable en ponernos en peligro, personal y profesionalmente, por una patria que nos ha despreciado sistemáticamente.

En realidad, esta sección donde rompen las olas, esta gentileza de Bieito Rubido, la contemplo los días más aciagos como un desesperanzado intento de que al final, cuando todo haya pasado, se reconozca que las pistas estaba ahí para quién quisiera verlas. Que no todos nos entregamos a los que trabajaban para destruir la patria, la democracia y la concordia civil. Muchas cosas importantes dependen de las expectativas. Hoy me atrevo a esperar que no sea demasiado tarde para enderezar las que se habían torcido, expectativas tan básicas como la de que contamos con el amparo de un poder que vela por el mantenimiento de la paz social y de la seguridad jurídica en esta parte de España.

No abundaré en las justas críticas de dontancredismo, pésimas fuentes de información, análisis erróneos, intervenciones extemporáneas de ministros y oscura propensión a la alianza con los descuartizadores. Ahí quedan apuntadas; no abundaré, digo, precisamente ahora. Cuando ya el jefe del ejecutivo del Reino de España se ha sacudido la superstición paralizante, se ha levantado, se ha plantado ante un micrófono en la segunda capital de España, ha anunciado que España no se romperá, que la unidad de España no será puesta en duda, que España es una democracia donde lo legal es lo legítimo, que una comunidad no determinará el futuro de España.

JUAN CARLOS GIRAUTA, ABC 26/01/14