Pedro Sánchez ha entrado en el Parlamento, se ha acodado en el escaño de Patxi como el que pide una cerveza en la Casa del Pueblo y se han puesto a charlar. Probablemente, en chino. Ha entrado con la esperanza tatuada en el rostro porque ha sido la primera sesión del curso en donde notaba una brisa ligera que lo empujaba.
Era el susurro de la «prioridad nacional». La misma que llevan practicando años sus socios en los Ayuntamientos y Comunidades que gobiernan. Esa que, con un movimiento de cintura más centrifugador que el de Ábalos, el presidente ha logrado disfrazar de «progresista».
El problema anida en que Feijóo no es Sánchez. Y no sabe fingir. Bastaba con mirar a la bancada del Partido Popular para otear desde lejos la desorientación. Conversaciones entre susurros, como a la búsqueda de un argumento que no ha llegado en toda la sesión de control.
Ni uno solo de los diputados del PP intervinientes en el debate ha podido explicar por qué la «prioridad nacional», a sus ojos, es de pronto buena para España. Ni siquiera Cayetana, que se escribe sus discursos y si de algo sabe es de buscar argumentos. Silencio.
Cada uno ha ido bandeando la crítica coordinada del PSOE –»xenófobos, racistas»– como ha podido. Material no falta: la corrupción, la pleitesía a China, el silencio sobre Maduro…
Pero Sánchez había olido la sangre y estaba esperando a Feijóo: el pacto de Extremadura «es una patada a la Constitución» y «viola el principio de igualdad entre españoles», le ha espetado.
Nosotros mirábamos primero a Cayetana, impertérrita, que hace no tanto recorría España proclamando aquello de los españoles «libres e iguales», los españoles –inmigrantes como ella y no inmigrantes– que deben tener los mismos derechos en cualquier lugar del país, sea cual sea su idioma o procedencia.
Y después mirábamos a Miriam Nogueras –la enviada de Puigdemont– y a Mertxe Aizpurua –la editorialista celebrativa del Egin en los años del plomo– que presumían de su propia prioridad nacional de manera desacomplejada, a sabiendas de que el Gobierno, a ellos sí, les ha expedido el carné de grandes progresistas del mundo.
Entre una cosa y la otra, parecía que, resucitado Franco, celebrábamos el Día de la Raza.
Decía Aizpurua que «son tiempos decisivos para los vascos y las vascas». Nada para los españoles. Decía Nogueras que los catalanes «trabajan y generan riqueza», no como los demás españoles, que son unos vagos; y que «España invita, pero pagan y sufren los catalanes».
Era un debate el de hoy como para revivir a Arzalluz y plantearnos entre todos esas cosas de si se prefiere a un negro que hable euskera o a un vasco que no lo hable.
Sánchez se compró la Moncloa con un sinfín de cesiones consistentes en la entrega de la prioridad nacional a los socios independentistas. Lo que no imaginábamos –probablemente tampoco lo imaginaran los diputados populares que esta mañana eran incapaces de explicar su nueva política migratoria– es que Feijóo asumiría como posibilidad potencial comprársela con un sistema de prioridad nacional, sólo que de nacionalismo centralista.
Sánchez, Bolaños y el resto del batallón llamaban «racistas» y «xenófobos» a los del PP, conscientes los ministros de que la gran maquinaria de propaganda de Moncloa les dará una oportunidad: quienes señalarán el racismo existente en el pacto PP-Vox van a ser muchos más que los que apunten ese defecto entre los socios que sostienen el Ejecutivo.
El presidente le ha dicho a Nogueras a ver qué problema tiene con la inmigración, pero sin un ápice de la contundencia que emplea contra Feijóo. Eso sí, luego le ha embargado la naturaleza de su proyecto político y ha dicho, sin despeinarse, que va a hacer de Cataluña y España… ¡»países mejores»!
¿En qué país estamos? A ver si con la traducción simultánea logramos orientarnos.
Excuse me! What’s the way to Spain?