Prim, patriota español y catalán

EL MUNDO 27/12/12
JOSÉ MARÍA MICHAVILA

· El autor rinde homenaje a la figura del presidente del Gobierno asesinado en 1870
· Estima muy necesaria su forma de hacer política, basada en los grandes consensos

NEVABA en Madrid el 27 de diciembre de 1870. A las siete y media Juan Prim y Prats, presidente del Gobierno, abandonaba el Congreso de los Diputados. Había culminado su obra: renovar la Monarquía en España como pieza esencial al servicio de un proyecto de regeneración democrática. Se había aprobado el presupuesto de la nueva Casa Real. A escasa distancia de la carrera de San Jerónimo la berlina en la que se trasladaba a su domicilio fue objeto de una emboscada. Prim vivía en el Palacio de Buenavista, actual sede del Jefe del Estado Mayor del Ejército, espléndido palacete ubicado en diagonal con el edificio de Correos y hoy sede del Ayuntamiento madrileño. Allí murió en la tarde del día 30 de diciembre. La autopsia practicada, a impulso de la Asociación Bicentenario de Prim y de su Ayuntamiento natal, Reus, confirma que las cinco heridas de trabuco o pistola eran mortales.
Prim es, hasta la fecha, el único catalán que ha presidido el Gobierno de España. Su biografía es un fiel y completo espejo de la España que forcejeó por pasar del antiguo régimen a la edad democrática. Las tensiones entre la muerte de la monarquía absolutista y el nacimiento de la democracia, entre la libertad y el orden, entre lo civil y lo militar, lo confesional, lo laico y lo anticlerical, entre la España que pierde América y Cuba y al perderlas se pierde a sí misma y, finalmente, las tensiones entre España, los españoles y sus territorios son los ejes que definen la historia de España del siglo XIX y casi todo el XX. Todas ellas tienen reflejo en la vida de este español que fue muy catalán y por eso muy español, un convencido monárquico y profundo demócrata. La biografía de Prim recoge los contrastes de la España que quiere pasar de la lucha y división entre españoles a forjar un proyecto común con sus dificultades y, desgraciadamente, sus frustraciones.
Los 56 años de la vida de Juan Prim y Prats transcurren entre su nacimiento en Reus en 1814 y su asesinato en Madrid, en diciembre de 1870. El de su nacimiento es el año del Congreso de Viena. Precisamente para su ceremonia inaugural Beethoven compondrá una de sus obras maestras, como pórtico a un congreso convocado para regenerar Europa restaurando las monarquías. Casualmente la pieza se llamó LaGloriosa. Con este mismo nombre se llamó también a la revolución con la que Prim se propuso regenerar la democracia. «España con honra» fue el grito de su proclama.
Prim era catalán, muy catalán, amante de su tierra, su lengua y defensor de sus señas de identidad y sus intereses propios. Al mismo tiempo se sentía muy español y actuaba, como él mismo dijera en más de una ocasión, como un patriota español. Su vida es la de un español que como tantos había nacido en Cataluña. Un español que habla catalán y castellano, que arenga a sus tropas en catalán, que defiende con firmeza la identidad de Cataluña en el Parlamento pero que, ante todo, defiende la unidad de España. Y defendiéndola hace méritos en el Ejército, lidera un partido político y preside el Gobierno de España. El Ejército al que se alista Prim es un cuerpo del ejército español en Cataluña, en el que se habla en catalán, pero que lucha durante años por los mismos ideales que el del resto de las tierras de España.
Prim logró sumar a una mayoría de partidos, líderes políticos y fuerzas sociales de todos los rincones de España para impulsar un proyecto de nación que renovara la democracia española. Lo inició precisamente en Cádiz, donde los españoles habían aprobado su primera Constitución democrática. Y de allí marchó a Cataluña para luego llegar con Serrano a Madrid. Pidió a todos que dejaran las diferencias a un lado para sacar adelante una nación en dificultades, que perdía el papel protagonista en la historia y que, como dice el historiador José María Marco, estaba enfrascada en guerras fratricidas de bandos que utilizaban la nación y la patria como arma arrojadiza contra el que no pensaba igual, y era incapaz de unirse en un proyecto compartido que hiciera a todos mejorar juntos. En uno de sus más recordados discursos parlamentarios, el 22 de febrero de 1869, ofrecía su disposición a trabajar juntos y decía a todos los diputados del arco parlamentario, conservadores, moderados o progresistas; monárquicos o republicanos; unionistas o federalistas: «Justo, lógico, conveniente y patriótico es que estemos juntos para construir».
EN ESE tiempo la apuesta de sumar para crecer que pusieran en marcha unos siglos antes el Reino Unido y España era un éxito que contaba con buenos seguidores. EEUU, tras una guerra civil, ponía definitivamente los cimientos de una Unión de Estados sobre la que se asienta la fortaleza de quienes acreditaron que la Unión es la fuerza y que a más unión más capacidad, más desarrollo y mejores condiciones. Su Constitución todavía está vigente en una democracia que se sabe adaptar a los cambios, a veces muy profundos, que los tiempos exigen, pero preservando el éxito de lo construido juntos. Alemania nace como nación en 1870 y, desde ese momento, la suma de fuerzas de distintos estados la convierten en uno de los principales protagonistas de la Historia europea y mundial. Italia acaba de constituirse en una nación y los diferentes pequeños estados o territorios que la componían ven que juntos su voz es más escuchada y su asiento en el concierto internacional, garantizado. Desde el nacimiento de esas tres naciones, como unión de estados, países o naciones, el mundo ha caminado en la misma dirección que antes lo hicieran España y el Reino Unido: sumar es crecer, separar es retroceder.
Prim le dedicó muchas horas al diálogo, el consenso y el entendimiento en un proyecto común. Tanto que estando un día sentado en el conocido banco azul que en el Congreso de los Diputados corresponde al Gobierno le espetó a Figueras y a Castelar algo que más de uno sentado en ese banco habrá pensado: «La verdad que se necesita una gran dosis de liberalismo y una gran dosis de paciencia para estar sentado en este banco un día y otro día para recibir constantemente los martillazos de la oposición. Así es que yo a pesar de la calma que he ido adquiriendo después de tantos años de Parlamento, más de una vez he estado tentado de levantarme y decir: ya no soy ministro; me voy a ser diputado». Pero no desistió.
El día en que Amadeo ponía pie en España le recibió una tremenda noticia: el cadáver de Prim le esperaba en la capilla de la Virgen de Atocha. Una nueva página de dramático luto en la Historia de España fue el preludio de una fugaz monarquía. Sin embargo sus convicciones políticas, las de un catalán que amaba a Cataluña en España, son hoy muy necesarias: liderar una política de sumas, de grandes consensos básicos por encima de las lógicas discrepancias territoriales y de partido.