Primaveras

Jon Juaristi, ABC, 16/9/12

El islam político sólo está dispuesto a admitir los cambios necesarios para que nada cambie

ENTRE el miércoles y el viernes, todos los medios de comunicación occidentales, por no hablar ya de los países islámicos, daban como autor de la película contra Mahoma que ha desatado el furor de los linchadores integristas a un judío que respondería al nombre de Sam Bacile. Según distintas versiones —me atengo solamente a las ofrecidas por la prensa española— podría tratarse de un israelí residente en los Estados Unidos o de un judío norteamericano, pero siempre de un judío.

Conocidas ya las identidades del productor del engendro y de su colaborador más directo, un copto afincado en California y el incendiario predicador Jones (que ya había protagonizado alguna tangana semejante en el pasado próximo), uno no puede sino maravillarse de la rapidez con que la prensa se hace eco de los rumores antisemitas, presentándolos en la forma más conveniente a los intereses de sus propagadores (así, la dualidad israelí-judío norteamericano, en la que se compendiaban las dos únicas identidades supuestas del provocador, implica una inculpación general de los judíos, tanto de Israel como de la diáspora). Pero además revela una preocupante credulidad y una no menos grave ausencia de cultura general en el gremio periodístico. ¿Cómo no reparó nadie en la ridiculez transparente del apellido Bacile? En el idioma de los hispanos de EE.UU., bacile o vacile,que de las dos formas suele escribirse, significa juerga, parranda, o chanza, burla y engaño. No es un término poco frecuente, sino de uso habitual incluso en la salsa latina desde los tiempos del chachachá («Vacilón, qué rico vacilón…»). Ni siquiera la ignorancia del español supondría un atenuante, porque en inglés Sam Bacile resulta ser una contrahechura tendenciosa y fácilmente detectable de GramBacilli,o sea, «bacilos Gram», diversas especies de bacterias parasitarias del organismo humano. La reducción de los judíos a bacilos era ya uno de los tópicos favoritos de la judeofobia mucho antes de que los nazis lo utilizaran con preferencia a cualquier otro. Lo de Sam riza el rizo, aludiendo peyorativamente tanto a los judíos ( sammies) como a América (el Tío Sam).

O sea, que un par de antimusulmanes doblados de antisemitas han vacilado con éxito a la prensa global durante un par de días, mientras, de paso, conseguían que la primavera de los países islámicos se manifestara a las claras como la sustitución del ciclo histórico de los gobiernos nacionalistas laicos por diferentes variedades de islamismo. La gesta de los jóvenes demócratas y de las valientes feministas que encabezaron las primeras revueltas contra unas dictaduras tiránicas aparece ahora como un epifenómeno pasajero en el persistente ascenso de los mucho más numerosos integristas, entre los que los violentos son legión, por más que los transitorios líderes moderados, a los que van comiendo el terreno, pretendan lo contrario. Un síntoma de que la primavera árabe no fue lo que a muchos les pareció se hizo patente en el desfile olímpico de Londres, donde, con escasas excepciones, la magra presencia de atletas femeninas en los equipos de los países musulmanes (relegadas a las filas traseras de cada representación) equivalía a la declaración tácita de que el islam político sólo admitirá los cambios necesarios para que nada cambie.

Nakoula Basseley y su socio, el pirómano Jones, no son unos héroes de la libertad de expresión. Pero el copto Basseley injuria a Mahoma en películas, mientras que en Egipto los fanáticos del islam asesinan coptos en vivo y en directo. El predicador Jones quema coranes, no diplomáticos libios o egipcios. Ni su repugnante antisemitismo debería hacernos olvidar estas diferencias.

Jon Juaristi, ABC, 16/9/12