Javier Zarzalejos-El Correo
- La audiencia de la final y el protagonismo de los jugadores vascos en la selección de Luis de la Fuente hacen aún más ridícula la reacción de los nacionalistas en las instituciones
Veamos: para defender el euskera hay que convertir la Korrika en una sucesión de episodios de enaltecimiento de terroristas; para defender la causa palestina hay que reventar la etapa de la Vuelta que toque; para abogar por las selecciones vascas hay que atacar a pacíficos ciudadanos que se disponían a ver la final del campeonato del mundo de fútbol, sabotear la reunión, agredir y acosar a los seguidores de la selección española, con tan mala suerte para los violentos odiadores que el equipo de Luis de la Fuente -entre otros Unai Simón, Nico Williams, Aymeric Laporte, Martín Zubimendi, Mikel Oyarzabal y el navarro Mikel Merino- se proclama campeón derrotando a Argentina.
No vale decir que son una minoría cuando esta minoría impulsada por un propósito de exclusión violenta inequívocamente fascista (el fascismo es un endemismo del nacionalismo) se apropia del espacio público, ataca en impunidad y de nuevo se beneficia de quienes, en el fondo, toleran estos actos y los legitiman indirectamente como una forma equivocada de defender una causa justa. ¿Les suena?
Por su parte, en el nacionalismo institucional no ha habido sino mediocridad y sectarismo. La posición del alcalde de Bilbao alegando que no había «demanda social» para justificar su negativa a instalar pantallas para ver la final es de una viscosidad estomagante que quedó en evidencia con los miles de ciudadanos que se reunieron en el Parque de Doña Casilda en torno a la pantalla gigante instalada por el Partido Popular. El coraje de la portavoz popular en el Ayuntamiento de Bilbao, Esther Martínez, defendiendo el derecho a reunirse pacíficamente nos recuerda que el imperativo moral y político de plantar cara a los violentos no es cosa del pasado si queremos que el futuro no nos vuelva a deparar lo peor.
Los datos de audiencia de la final y el protagonismo de los jugadores vascos en la selección de los que tanto podemos enorgullecernos hacen aún más ridícula la reacción de los nacionalistas en las instituciones y convierten en risible su incomodidad ante el éxito de La Roja y la sobresaliente aportación vasca.
El sectarismo de las autoridades nacionalistas impedirá que tengan el reconocimiento oficial que merecen estos grandes deportistas que no solo han dado una lección de fútbol sino que encarnan valores de camaradería, esfuerzo y deportividad tan necesitados de ser proyectados en nuestra sociedad.
Toda la retórica oficial encabezada por el propio Imanol Pradales sobre lo integradores y respetuosos que somos aquí queda seriamente en entredicho cuando son las propias autoridades las que no se muestran ni integradoras, ni respetuosas, sino que hacen alarde de sus fobias y las imponen desde el poder. Es inaceptable el discurso nacionalista que extranjeriza a la selección española y, por tanto, a sus seguidores, a los que han deseado el triunfo del equipo español, han disfrutado con su juego y han celebrado su extraordinario éxito.
La aportación vasca a la selección no merece el desprecio oficial rodeado de artificiosos argumentos sobre las selecciones vascas que, de nuevo, hacen de una reivindicación nacionalista otro elemento más de división.
Los seguidores de la selección española -que son multitud, también aquí- han sufrido un episodio de persecución social que evoca lamentablemente esa apelación a hacer la vida imposible a los no nacionalistas, en algunos casos en sentido literal, que se contenía en los compromisos del Pacto de Estella. Lo peor que puede ocurrir es considerar que se trata de hechos aislados, de explosiones minoritarias o de acciones sin continuidad. La violencia se retroalimenta si no encuentra una sociedad radicalmente implacable en condenar socialmente y reaccionar legalmente de manera inequívoca contra los que pretendan iniciar un nuevo ciclo de violencia callejera y exclusión cívica.
Los gobernantes responsables deberían saber a estas alturas que no hay transacción posible con la violencia y que el sectarismo conduce al fracaso de la convivencia, más aún en una sociedad que tiene marcadas las heridas sin cicatrizar de décadas de terror.
Cada acontecimiento deportivo, cada fiesta popular, cada acto de expresión ciudadana que no plazca a estos suavemente llamados «radicales» no puede convertirse en un despliegue de su violencia. Se sabe quiénes son y quiénes están detrás.
Y ahora celebremos que, como tantas otras veces en la historia, en un gran éxito de España han estado presentes los vascos.