Iñaki Ezkerra-El Correo
- ¿Es que no hay otros vicios en este país que merecen de veras una persecución eficiente?
Es el legado que quiere dejar para la posteridad Mónica García y el sueño dorado de ese Ejército de Salvación que le sigue a ella, o al que ella sigue, y que nos pretende salvar de nosotros mismos: una generación, una sociedad, un mundo sin humos. Resulta obvio que esa cruzada va algo más lejos de la mera cuestión de la salud, y que ya se está adentrando a unos pasos agigantados en un neomoralina que le quiere tomar el relevo al moralismo tradicional. Igual que el ultracatolicismo recalcitrante de ayer miraba al ateo o al agnóstico como a un indigente espiritual, el antitabaquismo de hoy mira al fumador como a una suerte de indigente psicológico que no consiguiera superar una adicción fatídica cuando quizá lo que sucede es que este no tiene el menor interés en superar nada sino en seguir disfrutando de un hábito que le reporta placer.
Si el problema fuera de salud exclusivamente, y se limitara a la carestía de los servicios médicos que reclama la adicción al tabaco, también se harían campañas contra la glotonería, el consumo de grasas o azúcares y todos los vicios culinarios que generan enfermedades cardiovasculares, renales y biliares. Se harían campañas similares contra el alcohol y el propio deporte, que produce indefectiblemente roturas óseas y lesiones musculares que requieren de caros tratamientos e intervenciones quirúrgicas en la misma medida en la que el deportista y paciente avanza hacia una quejumbrosa vejez. Todos mis compañeros del colegio que siguieron jugando al fútbol o al baloncesto pasados los cuarenta años andan ahora en reparaciones que pagamos todos con nuestros impuestos. Al que no le han puesto una rótula de titanio, le está tratando un fisioterapeuta los isquiotibiales o le han operado el menisco media docena de veces.
Lo más irritante de la fanática tropa que avala esta cruzada ministerial es la impunidad con la que lanza en los telediarios frases como «hay que acabar con el tabaquismo». ¿Cómo que «hay que acabar»? ¿Dónde está la libertad de los ciudadanos? ¿Es que también hay que acabar con algunos de estos que se resisten a esa consigna? ¿Es que no hay otros vicios en este país que merecen de veras una persecución eficiente? ¿Es que se nos están comparando a los tranquilos fumadores con los políticos corruptos a los que alberga ese mismo Gobierno?
Mónica García y sus redentoras huestes quieren desterrar los humos de nuestras terrazas con una legislación que no solo va contra el tabaco sino contra la convivencia, como ha señalado el gremio hostelero, y que no es comparable en drasticidad a las que rigen en la UE mientras arde la España forestal como todos los veranos, se multiplican los incendios políticos y crecen los malos humos entre los españoles, sean o no fumadores.