- Zapatero, Sánchez, la hija de Sabiniano y sus burdeles…: reino de Liliput. En donde no hay grandeza ni biblioteca. En donde silabear algo como que «el sueño, autor de representaciones, en su teatro sobre el viento armado…» es nada más que ruido que a nadie conmueve. En donde sólo hay ladrones. Pícaros analfabetos
El tiempo es cada uno de nosotros, en el instante en el que está dejando de serlo. Su torrente nos extravía, nos hace ajenos. Y eso nos salva. En el arte de la fuga, Johannes Sebastian Bach construye la metáfora quizá más propia de lo humano: fragmentos de una vertiginosa diferencia cuya constante matemática debe fingir perderse en cada una de sus partículas. Para perseverar un todo. ¿Qué somos? Lo que dejamos de ser. Eso legaremos: lo que ha quedado en recovecos de tiempo que llevan la escénica presencia de nuestro nombre; la calderilla de cada uno: esa nada que, al recordar viejos nombres, se reviste de todo. Y todo lo recupera como un familiar e intangible fantasma. Queda nuestra memoria, Esa presencia de lo que ya no existe. La nada que fuimos siempre. Nosotros.
¿Tenía Bach, al componer, por ejemplo, esas Variaciones Goldberg que yo escucho interpretar ahora a Gustav Leonhardt, ante sus ojos las Confesiones de San Agustín de Hipona? Y, en ellas, la inexorable constancia de que el tiempo es nosotros, cada uno de nosotros, desliéndonos sin saberlo en aquel laberinto de nombres perdidos, al que Aristóteles llama vida en el asombroso De la generación y la corrupción: porque las mismas letras sirven para escribir una comedia y una tragedia. Y porque el mismo apellido –pongamos Zapatero– exhibe, frente a los espejos a los que el tiempo debe enfrentarlo el rostro de Míster Bean aldeano con pantalones demasiado cortos, o bien el demasiado bien sastreado terno de presunto traficante en crudo de Venezuela a China.
El retrato de Netol ha dejado de tener gracia. Y el dinero rebosa en una gris espuma repugnante. En el correr del tiempo todo mercader de bondad acaba por mercadear con lo que estaba a su altura. Zapatero se ha ganado a pulso el vomitivo privilegio de ser el imputado Zapatero: Zapatero pluscuamperfecto. Sánchez supo ganarse el grado de yerno de Sabiniano Gómez. Pluscuamperfecto también, faltaría más. De ahí a la Moncloa, había un paso. Es la fatalidad a la que nadie escapa: todas nuestras ocasiones perdidas componen lo que somos. Y en el horizonte se perfila, tal vez, el presidio.
El tiempo es misterioso. Y nos atrapa. Hagamos lo que hagamos para burlarlo. El día mismo en el que el presidente Sánchez cantaba en Madrid la pureza virginal de su gobierno, «el más honesto de la historia de España», y la virgen Ábalos daba paseos recreativos por el patio de su virginal cárcel, andaba yo por el casi olvidado París de mis años jóvenes. Obligaciones académicas me habían traído a hablar de cosas algo más gratas que el presente: veinticuatro horas de encierro con los clásicos españoles del Siglo de Oro… En el tan anacrónico depósito de otros tiempos que es la Ciudad Universitaria. La ciudad, la de verdad, quedaba fuera. Cinco estaciones de metro: esto es, el infinito. No la pisé esta vez. No era el París que he amado: ese no retornará tampoco en el tiempo. Mas, ¿cómo eludir aquel tropel de fantasmas que pueblan cada recodo de esta envejecida Ciudad Universitaria de mis diecinueve, de mis veintidós, de mis treinta y cuatro, de mis cuarenta y dos años, de mis cuarenta y nueve…? Lo que quedó en ese infinito inalcanzable del pasado.
Dice San Agustín que el tiempo es nosotros, cada uno de nosotros. En él, aprendemos a inventar la memoria de cuanto perdimos: el olvido pesa en nosotros más que el recuerdo, el olvido que es lo único a lo que podemos llamar nuestro. Porque nada lo toca. Nada podrá quitárnoslo. Tampoco nosotros.
San Agustín, pues, en la madrugada de un día que será abrasador, así que pasen un par de horas. Y que es amable ahora, cuando amanece. Confesiones: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro no es todavía? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?».
En Madrid un necio muy solemne miente, sin ni siquiera la gracia cínica que es virtud de los grandes gánsteres. Miente a la boba manera de un senil niño que se echó a perder: de una desoladora caricatura de lo humano.
Y yo me fuerzo a olvidarme de esas sandeces que dice. Tengo ante mí pasajes portentosos de Calderón de la Barca. «¡Qué de cosas hemos visto!» Las más horrendas: Rodríguez Zapatero por ejemplo, anclado en la descompuesta caricatura de sí mismo: caricatura de una caricatura. Las más maravillosas también: ésas que están todas en los libros. Me avengo a rendir cuentas. Van casi sesenta años, retornando a los lugares que amé. En una mañana tórrida, ésta desde la cual ahora escribo. Zapatero, Sánchez, la hija de Sabiniano y sus burdeles…: reino de Liliput. En donde no hay grandeza ni biblioteca. En donde silabear algo como que «el sueño, autor de representaciones, en su teatro sobre el viento armado…» es nada más que ruido que a nadie conmueve. En donde no hay ya sombra que revista «bulto bello». En donde sólo hay ladrones. Pícaros analfabetos. Y esa carcomida Moncloa que es pulgosa trinchera de los tan trajeados bandoleros.
¡Qué de cosas, sí, «qué de cosas hemos visto»! Demasiadas.