¿Qué PSOE?

JOSÉ MARÍA CARRASCAL – ABC – 18/08/16

José María Carrascal
José María Carrascal

· «Ya no hay salvación individual, de personas ni de partidos. Quienes van a hundirse o salvarse son los países, según el rumbo que elijan. La elección no es ya entre izquierda y derecha, sino entre nacionalismo y globalización. Sánchez tiene que elegir entre ser Largo Caballero o Felipe González. Mejor: entre el primer Pablo Iglesias y el segundo»

EL pacto PP-Ciudadanos se ha vuelto problemático, al exigir Rivera que Rajoy acepte sin reservas sus condiciones y fije una fecha de la investidura. A lo que Rajoy ha respondido que sólo está dispuesto a iniciar negociaciones. Ultimátum del uno, por desplante del otro. Hoy se verán de nuevo. Rivera espera que Rajoy dé una respuesta más positiva. De no hacerlo, volverán a su postura inicial: no en la primera votación y abstención en la segunda. Resultado: la investidura al agua. Pero incluso si llegaran a un compromiso, seguirían faltando seis escaños para la investidura, que Sánchez se niega a prestar por más presiones que le llegan.

Votos que no pueden pedirse a los nacionalistas, que los cobran en soberanismo. Con lo que estamos donde estábamos: los que pueden formar gobierno no pueden, y los que pueden, no quieren. Vuelve el fantasma de unas terceras elecciones. Como el de un «gobierno de progreso», o de «Frankenstein», entre PSOE, Podemos, sus «confluencias» y nacionalistas de todos los pelajes. Algo que repugna a medio PSOE, llevándole a la parálisis en un momento crítico de su historia y clave en la de España.

No es la primera vez que le ocurre. Siempre se ha hablado de la «doble alma del PSOE», refiriéndose a la moderada y a la revolucionaria, que pueden venirle de su origen. El PSOE se fundó en Madrid en 1878 sobre la Asociación del Arte de Imprimir, el sindicato de tipógrafos, una élite en el mundo laboral (no me atrevo a llamarle «aristocracia», aunque podría llamárselo sin demérito, pues ¡cuántos errores e incluso faltas de ortografía nos habrán corregido a los periodistas los linotipistas, que solían tener el diccionario de la RAE al lado de su sillín!).

Su fundador, Pablo Iglesias, veía que España necesitaba un cambio radical de sus estructuras sociales y económicas, pero como marxista ortodoxo que era, sostenía que la revolución proletaria tenía que llegar después de la burguesa, que España aún no había tenido. Uno de sus más estrechos colaboradores, José Mera, escribía a Engels en 1873: «Todo intento de pasar inmediatamente a la revolución proletaria en España terminaría en masacre». Había que ir paso a paso, aceptar el escenario político español para hacerse sitio en él, consiguiendo, en 1910, el primer escaño en el Congreso, que fue, naturalmente, para Iglesias.

Tanta lentitud no agradaba a todos sus seguidores y, en 1917, el alma revolucionaria del PSOE estalla en una huelga general que sólo tiene éxito en Asturias y es aplastada sin miramientos. Vuelve la calma y, en la dictadura de Primo de Rivera, uno de sus jerarcas, Largo Caballero, acepta entrar en el Consejo de Estado. Ante la República, la actitud es de reserva: no acaba de gustarle la prioridad que da Azaña, un intelectual, a cambiar «la mentalidad del país». Los socialistas querían cambiar su cuerpo, sobre todo el de la clase obrera y campesina, donde los avances eran escasos.

Y cuando, en 1934, entra en el gobierno el partido que más votos ha logrado, la CEDA, Asturias estalla de nuevo, como de nuevo es aplastada la sublevación, incluso con más dureza. A partir de ahí, son ya las dos Españas las que se miran como enemigas a muerte y el PSOE es presa del vértigo revolucionario, con Largo Caballero, «el Lenin español», aceptando la presidencia de la República amenazada por el alzamiento militar.

Pero por poco tiempo. Si Franco toma pronto las riendas de su bando, en el republicano las toman los comunistas, expertos en situaciones límites, con la dureza necesaria para hacerles frente. Sólo al final, cuando la causa de la República está perdida, emergen de nuevo los socialistas, del grupo moderado, como Julián Besteiro, junto a militares del Ejército regular, intentando acabar con la carnicería y obtener las mejores condiciones para los perdedores. Pero antes tendrán que luchar con las brigadas comunistas traídas del frente, que se negaban a rendirse al saber que no iban a obtener ninguna piedad de Franco. No mucha más obtuvieron los dispuestos a capitular.

Demasiadas derrotas, lo que sumergió al PSOE en una especie de letargo durante el franquismo, del que sólo emergió con la Transición. Lo hizo dividido en facciones, no ya de radicales y moderados, sino de los exiliados y los que habían surgido en España. Aunque los primeros tenían la primogenitura, los segundos tenían el respaldo de las socialdemocracias europeas, la alemana especialmente, encargada de que los comunistas, que habían sido los mayores opositores al régimen de Franco, no se hicieran con el control de la España posfranquista.

Eran buenos padrinos y Felipe González no sólo se impuso, sino que logró algo aún más importante: la refundación del PSOE, que de partido de clase obrera e ideología marxista, se convierte, en su XXVIII Congreso, en un partido interclasista, que envía a Marx a las bibliotecas y acepta la economía social de mercado. O sea, en una socialdemocracia. Así pudo gobernar 14 años, con mayoría absoluta buena parte de ellos.

Fue una de las muchas cosas que se llevó el gran tsunami de la crisis económica de 2007. Una crisis que ha puesto en entredicho supuestos tan firmes como «el fin de la historia» y la teoría de Keynes de que, manejando con habilidad el presupuesto, podía lograrse un crecimiento indefinido. Que son precisamente las bases de la socialdemocracia y las «terceras vías». Toda una concepción optimista de gobernar que se ha desplomado.

Habiendo sido la crisis actual un producto de los excesos del capitalismo, lo paradójico es que a quien ha causado más daño es al socialismo light. De ahí que los países más capitalistas, como los Estados Unidos, donde empezó la crisis, están saliendo de ella, mientras los socialistas todavía la arrastran, pudiendo decirse que la izquierda no tiene soluciones para ella. Ahí tienen a Hollande y a Valls tomando medidas de ajuste parecidas a las de Rajoy. La globalización ha hecho saltar por los aires las condiciones que venían rigiendo la producción, el comercio, las finanzas y, con ellas, el pacto socialdemócrata. Mientras surgen movimientos populistas, en la derecha, los nacionalismos, y en la izquierda, los neocomunismos. Pero la realidad pronto los mete en vereda. Al que intenta luchar contra ella se lo lleva la corriente. Como se llevó a Grecia.

¿Qué lección puede sacar el PSOE de esta historia, que en buena parte es la suya? Pues que por desagradable que sea dejar gobernar a Rajoy, mantener el bloqueo al que las sucesivas elecciones nos están llevando es peligrosísimo. Ya no hay salvación individual, de personas ni de partidos. Quienes van a hundirse o salvarse son los países, según el rumbo que elijan. La elección no es ya entre izquierda y derecha, sino entre nacionalismo y globalización. Sánchez tiene que elegir entre ser Largo Caballero o Felipe González. Mejor: entre el primer Pablo Iglesias y el segundo.

Aparte de que si, como dice, quiere hacer oposición al PP, va a tener ocasiones de sobra de hacerla si le permite gobernar. El trabajo que espera a Rajoy de seguir en La Moncloa asusta. Y el de un hipotético Sánchez de sucederle, con Podemos y los secesionistas, para que se lo trague a uno la tierra. Claro que ya dicen que sarna con gusto no pica.

JOSÉ MARÍA CARRASCAL – ABC – 18/08/16