Gabriel Albiac-El Debate
  • Los otros cuatro expresidentes vivos, que, según Sánchez, recibieron tan fraternales regalos, están obligados a hacer público –es su deber más urgente– en qué cifra incrementaron sus patrimonios personales esas dádivas. O bien habrán de querellarse por difamación contra el Pedro Sánchez que les atribuyó el desfalco

Bruselas, 19 de junio. Rueda de prensa del presidente del gobierno español. Profesión de fe en la decencia de José Luis Rodríguez Zapatero. En la cual, probablemente, ya solo él cree. O dice creer. «Por supuesto, todos los presidentes del gobierno hemos recibido regalos… Son presentes que te están dando como símbolo de hermandad entre esos países».

Eso ya lo sabíamos. Sencillamente, porque el superministro Sebastián lo contó con minucia acerca de sí mismo. Y con el manifiesto deleite de hundir en la ciénaga a su presidente de entonces para encumbrar su talla moral propia frente a la liliputiense del hoy imputado. Porque, sí, el ministro –encumbrándose a la envergadura de esos «todos los presidentes de gobierno» de los que habla Sánchez– recibió, en «símbolo de hermandad entre esos países», su lote de fabulosas horteradas en metales y pedruscos de señorona. Pero él los entregó, como hombre honrado que es, al patrimonio nacional, al cual pertenece la gestión de ese tipo de «presentes». Y ahí andan –o deberían andar, digo yo– en su vitrina, para pública proclama de hasta dónde puede llegar el mal gusto de un infinitamente millonario. Y el escaso pudor de un presidente. «…Pero Bruto era un hombre honrado…»

«Todos», pues, los presidentes recibieron esos carísimos horrores que, en el curso del tiempo, no hacen nunca otra cosa que incrementar su precio de mercado. ¿Qué hicieron «todos» con ellos? Porque «todos» –al menos, todos los vivos– no son tantos. «Todos los presidentes de gobierno», a quienes Pedro Sánchez atribuye haberse embolsado regalos que vete a saber si tenían similar precio a los ocultos joyones de Zapatero, son cinco que pueden rendir cuentas. Con nombre y apellido.

Por orden cronológico: Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy, José Luis Rodríguez Zapatero y, cerrando la lista, el propio esposo de la procesada, Begoña Gómez. A todos –incluido él mismo– los declaró el viernes Sánchez presuntos delincuentes. Escudándose en el argumento clownesco que debió serle proporcionado por algún asesor presidencial con titulación en primero de básica: «La España de 2007 no es la España de 2026». Irrefutable.

Irrefutable, como todo pleonasmo. Pero solo un imbécil o un estafador hace uso de pleonasmos para fundamentar un argumento. «A no es B». Y aquí, la discusión se acaba. Si usted pretende que B es A, eso significa que es usted un sectario. O, tal vez, un miserable misógino a la caza de la mujer del presidente. 2007 no es 2026: sea. De lo cual nada se deduce. ¿Para qué entonces enfatizar un vacío?

Para fingir que se dice lo que se calla: que, en 2007, uno cualquiera de aquellos presidentes habría tenido el derecho de embolsarse las corteses limosnas de cualquier potencia extranjera sin tener que rendir cuentas a nadie. Firme argumento. Que solo tiene un fallo. En 2007, la norma que obligaba a los miembros del gobierno a rendir cuentas por las dádivas recibidas existía desde hacía ya dos años. Pero es que también antes, desde la muy lejana noche de los tiempos en los que en España existe un sistema de Hacienda reglado, cualquier incremento del patrimonio personal debe pagar impuestos. Y no hacerlo es delito penal grave. El fraternal regalo incrementó el capital de don José Luis Rodríguez Zapatero en, como mínimo, un millón trescientos mil euros. Calculen la pena que corresponde a la ocultación de eso.

Los otros cuatro expresidentes vivos, que, según Sánchez, recibieron tan fraternales regalos, están obligados a hacer público –es su deber más urgente– en qué cifra incrementaron sus patrimonios personales esas dádivas. O bien habrán de querellarse por difamación contra el Pedro Sánchez que les atribuyó el desfalco. No hay opción tercera. Aquí el silencio solo significaría culpa.

Y, de los cinco en liza, la declaración de uno es más apremiante que las del resto. Porque está gobernando. Y porque solo pensar que el tipo que gobierna pudiera ser un asalariado de los más arbitrarios potentados del planeta hiela la sangre. O debería helárnosla. Pregunta aún sin respuesta: ¿Qué regalos dice haber recibido Pedro Sánchez? ¿Y cuáles atribuye a sus colegas?