Olatz Barriuso-El Correo
- Los partidos echaron el resto para advertir de la llegada de la ultraderecha pero lo que fue brutal, en el fondo, fue el choque, aparentemente incruento, entre PNV y Bildu
Se había hablado mucho, sobre todo lo habíamos hecho los que nos dedicamos a examinar la burbuja de la política diaria, de que el Pleno de Política General de este jueves iba a estar marcado por la cercanía de las urnas. Y lo estuvo, pero de un modo inhabitual: en lugar de tirarse los trastos a la cabeza para competir entre ellas, las principales fuerzas políticas vascas se echaron, en cambio, sus propias manos a sus parlamentarias testas para advertir del próximo advenimiento de las siete plagas de Egipto: la ultraderecha, los populismos, el cambio climático, las pantallas, la inteligencia artificial y, sobre todo, un posible Gobierno PP-Vox, al que casi nadie citó por sus siglas, a la vuelta de la esquina dispuesto a arrasar con el autogobierno, la identidad vasca y «lo que tanto esfuerzo nos ha costado construir durante décadas», en palabras del lehendakari. El portavoz de Bildu, Pello Otxandiano, fue más concreto aún: «Civilización o barbarie». Y ante eso ofreció una solución igualmente esquemática: «Antes la patria que el partido».
Queda muy claro que los asesores de los principales grupos parlamentarios llegaron a la conclusión de que no podían salir con el cuchillo entre los dientes mientas contaban el cuento de ‘que viene el lobo’. Dicho de otro modo, cayeron en la cuenta de que la legendaria resistencia de Euskadi a la toxicidad polarizadora española tenía que quedar meridianamente clara en el pleno más periodísticamente escrutado de la legislatura. Cómo sería la cosa que hasta el choque que se esperaba entre los socios por la necesidad del PSE de marcar perfil de izquierdas frente al PNV y resaltar su papel de dique ante las querencias identitarias de los jeltzales, o incluso frente a su presunto giro a la derecha, quedó en casi nada. Andueza habló, sí, de la tentación abertzale de monopolizar las identidades y hasta lanzó una pulla a Pradales por mentar a Ibarretxe, pero sin hacer daño. Suave, suave, igual que el ambiente en la tribuna, donde no hubo aplausos ni caras de protesta y sí mucho ‘scroll’ en los móviles de sus señorías mientras el lehendakari pedía un pacto para regular las pantallas y evitar condenar a una generación a la mediocridad.
Visto lo visto, cabría esperar que de la sesión de ayer saliera, como mínimo, la promesa de una lustrosa batería de pactos de país, listos casi para empaquetar con lazo. Pero no. Lo que quedó flotando en el aire fue la sospecha de que el lehendakari y el PNV han olido el peligro de que Bildu les dé el abrazo del oso y les arrebate parcelas de poder a base de mano tendida. Porque Otxandiano insistió con los siete movimientos que espera del lehendakari y Antxustegi le replicó, socarrón, con los diez mandamientos. Pradales, a su vez, le lanzó a la cara una cita de Aguirre, cuyo legado volvieron a disputarse las dos fuerzas nacionalistas, condenando sin paliativos la violencia.
El choque entre PNV y Bildu fue aparentemente incruento pero brutal en el fondo. Básicamente, los jeltzales les acusaron de hacer como que buscan pactos con el único propósito de desgastarles y los de Arnaldo Otegi afearon a su vez a los peneuvistas una presunta ceguera para analizar el «momento histórico» sin atreverse a salir de su papel de grises gestores. Se echaron de menos, por parte de todos, más concreciones para paliar la emergencia de la vivienda, corregir la sensación de inseguridad, definir las políticas migratorias cuya gestión «integral» reivindica el lehendakari o un diagnóstico sincero sobre los problemas de convivencia heredados de décadas de terror. Nadie puede dudar, en cambio, de que del nuevo estatus se hablará mucho en campaña y de que Pradales no caerá en la trampa de Bildu para encabezar el asunto. Eso sí, pese a la insistencia de Aitor Esteban en no desvelar «contenidos», el lehendakari puso deberes a PNV, PSE y Bildu al fijar el umbral mínimo del futuro Estatuto, que, dijo, debe contemplar «mecanismos de decisión sobre el futuro político». Una generalidad que podría aludir a casi todo, a las elecciones o a la consulta soberanista. Convendría aclararlo.