FRANCESC DE CARRERAS-EL CONFIDENCIAL

  • ¿Quién ganará hoy las elecciones? La respuesta ha de tener en cuenta todas las variables. Hacer pronósticos, tal como están las cosas, puede conducir al ridículo
En los últimos días, los amigos me preguntan: «¿Quién ganará las elecciones?». Y quedan desconcertados cuando les respondo: «¿Qué quieres decir?». «Pues… si Puigdemont, Illa, ERC, en fin… «, me replican algo ofendidos. Entonces les pido, con cierta pedantería, más precisión: «¿A qué te refieres, al partido que obtendrá más votos, más escaños o al que será capaz de que su líder presida un Gobierno con apoyo suficiente para gobernar?».

Porque ahí está el problema: a veces, igual que en la vida, el que gana pierde y el que pierde gana. Veamos: hay que distinguir entre formas de Gobierno presidencialistas y parlamentarias.

En las primeras, se eligen por separado al presidente y a los miembros de las cámaras, diputados y, en su caso, senadores. El presidente, elegido directamente por los ciudadanos y que no puede ser sometido a voto de censura por las cámaras como es lógico, desempeña las funciones ejecutivas y de gobierno, las cámaras aprueban los presupuestos y ejercen funciones legislativas. No cabe duda que la elección de presidente es más importante que la elección de diputados y senadores, ya que el presidente ostenta mayores poderes: el gobierno, la función ejecutiva y en parte, mediante iniciativas y vetos diversos, interviene también en las funciones legislativas y presupuestarias.

Pongamos como ejemplo la forma de Gobierno presidencialista de EEUU. No hay duda de que en las últimas elecciones lo que fundamentalmente se jugaba era la presidencia y, secundariamente, la Cámara de Representantes y el Senado (que, además, se renuevan por partes). Por tanto, y esta vez ha sido la excepción, cuando la distancia entre los votos obtenidos entre los dos candidatos es clara, en la misma noche electoral ya se puede saber quién será el próximo presidente. A pesar de que la decisión definitiva tiene que darla, al cabo de unas semanas, una vez sean definitivos los votos escrutados, el colegio electoral formado por representantes de los estados miembros.

En una forma de Gobierno parlamentaria, como la nuestra, la cuestión es distinta: no votamos al presidente del Gobierno sino a los diputados que nos representarán en el Congreso, los cuales en su momento deben formar mayoría para investir al presidente del Gobierno, el cual será responsable ante esta mayoría que, mediante una moción de censura o una cuestión de confianza, puede provocar su cese o dimisión. A su vez, este presidente designará libremente a los ministros de su gabinete, los cuales serán responsables ante él; lo que supone que puede también libremente cesarlos.

Si ningún partido obtiene la mayoría absoluta, el partido más votado –en porcentaje de votos o en escaños– solo es eso: el partido más votado

En el caso de que las elecciones las gane un partido (o lista electoral) por mayoría absoluta, en la noche electoral misma puede saberse, con casi total seguridad, quién será el próximo presidente del Gobierno, aunque después veremos una notable excepción catalana. Pero si no es así, si ningún partido obtiene esta mayoría absoluta, puede decirse del partido más votado –en porcentaje de votos o en escaños– simplemente que es esto: el partido más votado. De alguna manera puede considerarse, si se quiere, el vencedor; pero después puede no tener mayoría suficiente para ser investido como presidente y pasa de vencedor a derrotado.

Esto es lo que le sucedió a Arrimadas en 2017: Ciudadanos fue el partido que obtuvo más votos y más escaños, pero después era inútil presentarse a la investidura porque no tenía el apoyo de ningún otro partido y se quedaba solo con los votos de sus 36 diputados. Lo mismo le sucedió a Mas en 2003 y 2006: fue el partido mayoritario en escaños, pero un pacto entre el PSC, ERC y Iniciativa per Catalunya obtuvo la mayoría de votos en el Parlament, y Maragall y Montilla formaron mediante coalición sus famosos gobiernos tripartitos. En estas dos ocasiones, Mas no cometió la tontería de presentarse a la investidura sabiendo que era imposible ganar; eso que se le reprocha tanto a Arrimadas, reproche que es especialmente cínico en el caso del PSC.

A Mas le sucedió aún otra cosa peculiar en las elecciones de 2015. Aún pactando con ERC le faltaban unos pocos diputados para llegar a la mayoría y se los concedió la CUP a cambio de que él no fuera el presidente, sino que CiU propusiera a Puigdemont. ¿Quién ganó estas elecciones? Convergència fue el partido más votado, pero quien decidió el presidente de la Generalitat fue la CUP que, además, puso como condición nada menos que el Gobierno presidido por Puigdemont, un desconocido para la mayoría de catalanes excepto en Gerona, ciudad de la cual era alcalde, se comprometiera a que en un año y medio se debía declarar la independencia de Cataluña; cosa que, con algún retraso, se hizo ilegalmente efectiva en los meses de septiembre y octubre de 2017.

¿Quién ganará hoy las elecciones? La respuesta ha de tener en cuenta todas estas variables. Hacer pronósticos, tal como están las cosas, puede conducir al ridículo.

Así me pasó a mí en 2003 al escribir en la noche electoral un artículo que se publicó al día siguiente en el que daba por seguro que el presidente sería Mas con el apoyo de ERC, dos partidos nacionalistas que hasta entonces iban de la mano. Pero no sucedió de esta manera. Al cabo de un par de semanas, por sorpresa el PSC pactó con ERC e IC para investir a Maragall presidente y aprobar el dichoso Estatut, del cual se descolgaron los hábiles dirigentes de ERC en el último momento.

Desde entonces he decidido no hacer pronósticos definitivos en esta endiablada política catalana. Demasiadas veces quien gana pierde y quien pierde gana. No me pillarán otra vez.