Rajoy resiste al modo de fortaleza asediada

EL MUNDO – 27/03/16 – LUCÍA MÉNDEZ

· El presidente en funciones se ha refugiado en su propia esfera privada y particular que es La Moncloa como sede de la institución del Gobierno. Puesto que nadie ha podido desalojarle tres meses después del 20-D, carece de razones para pensar que podría no repetir. Ha renunciado a la iniciativa y apuesta por nuevas elecciones

En su obra póstuma recientemente publicada en España –Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental–, el politólogo Peter Mair analiza la sima abierta entre los partidos tradicionales y la sociedad, así como las consecuencias que esa desconexión tiene para el funcionamiento de la democracia representativa. Mair sostiene que entre los líderes políticos y los ciudadanos se ha producido un alejamiento mutuo. «Igual que los ciudadanos se retiran a sus esferas privadas y particulares, los líderes políticos y de partidos se retiran a su propia versión de esa esfera privada y particular que está constituida por el mundo cerrado de las instituciones de gobierno».

Estas palabras del prestigioso politólogo irlandés parecen escritas para definir la actuación de Mariano Rajoy desde las elecciones del 20-D. El presidente en funciones se ha refugiado en su propia versión de la esfera privada y particular que es La Moncloa como sede principal de la institución del Gobierno. Puesto que nadie le ha podido desalojar de allí tres meses después de las elecciones, Rajoy carece de razones objetivas para imaginar que podría tener que abandonar el Gobierno. E incluso para caer en la cuenta de que ya no dispone de 186 escaños. Por el contrario, cree estar cargado de razones subjetivas para pensar que –en medio del actual desorden institucional– él es el único político serio y los ciudadanos acabarán por premiarlo en una nueva convocatoria electoral.

Rajoy ha dejado pasar el tiempo después de ganar las elecciones con una mayoría minoritaria que no le permite repetir mandato. Su único movimiento conocido fue pedir el apoyo del PSOE, aunque sin formular una oferta ni un programa concreto con el que intentar seducir al partido con el que pretende una gran coalición inédita en España.

El rechazo a la oferta que le formuló el Rey para someterse a la investidura ha ido adquiriendo sentido. Según fuentes del PP, Rajoy nunca estuvo dispuesto a ir a la Cámara. En las semanas siguientes a las elecciones, apostó por una solución legal a través de un informe del Consejo de Estado –presidido por su amigo José Manuel Romay Beccaría– para obviar el mandato constitucional y hacer posible la disolución automática de las Cortes sin necesidad de una sesión de investidura.

La decisión de Pedro Sánchez de asumir el encargo del Rey para someterse a una investidura, aun cuando resultara fallida, hizo imposible el deseo del presidente en funciones. Y desde entonces, Rajoy ha renunciado a tomar la iniciativa, dejando pasar el tiempo hasta el 26-J. El pasado 7 de marzo, anunció que llamaría a Pedro Sánchez y Albert Rivera para entrevistarse con ellos. Pero no lo hizo. La Semana Santa le ha dado un respiro que ha aprovechado para refugiarse en Doñana. Cuando regrese de sus vacaciones, ya sólo quedará un mes para la disolución.

Sin embargo, en este tiempo de espera han pasado algunas cosas que han descolocado las piezas. El fantasma de la continuidad de Rajoy al frente del Gobierno y del PP ha cobrado cuerpo sin que sea posible esconderlo ya en el armario. El debate sobre si es el mejor candidato para las elecciones ha abandonado la clandestinidad y el interesado no oculta su desagrado, incomodidad y disgusto por estos comentarios. Los interlocutores del líder del PP le han escuchado decir estos días que se mantendrá impertérrito como ya lo hizo en 2004 frente a Aznar, en 2008 frente al empuje de Esperanza Aguirre y en 2012 frente al ataque de los mercados. Cuando Rajoy repasa su carrera política, la conclusión a la que llega es que su liderazgo siempre ha estado en cuestión. Lo cual le lleva a pensar que no hay nada nuevo bajo el sol cuando ahora se le reclama un paso atrás. El líder popular ha activado el botón de fortaleza asediada.

Incluso sus incondicionales advierten que será muy difícil para Rajoy repetir como presidente, ya que las encuestas no indican una recuperación significativa del voto del PP y además contar con los diputados de Ciudadanos para una hipotética investidura empieza a ser una quimera. Los expertos no descartan que el partido de Albert Rivera pueda seguir arrebatando votos al PP, convirtiéndose en el centro-derecha moderno y reformado. Una hipótesis que es completamente descartada por el presidente en funciones, que la atribuye a especulaciones de los medios. Rajoy no aprecia especialmente el talento político de Rivera ni tampoco ha encontrado la forma adecuada para relacionarse con él. El PP se mueve en la esquizofrenia de descalificar por un lado el pacto PSOE-Ciudadanos y solicitar por otro el apoyo de ambos partidos para el Gobierno «de amplio espectro» que dice querer presidir.

Rajoy ha reaccionado a la presión exigiendo disciplina a sus fieles. El entorno del presidente se muestra irritado con las voces que se escapan a su control –como la Red Floridablanca y otros dirigentes críticos– para denunciar la falta de democracia interna y el incumplimiento de los estatutos, que obligaban a haber celebrado ya el Congreso Nacional. Han pasado más de cuatro años desde el anterior. La constatación obvia enoja al aparato de Génova.

La brecha generacional en el voto de los españoles –los electores del PP son mayoritariamente de avanzada edad– se ha trasladado a la dirección del partido. Los jóvenes vicesecretarios –Pablo Casado y Javier Maroto– se han distanciado de forma pública y notoria de la tibieza de Rajoy sobre la corrupción del PP valenciano. Una novedad de consecuencias imprevisibles en un partido presidencialista y de mando vertical.

EL MUNDO – 27/03/16 – LUCÍA MÉNDEZ