Redes

La sociedad vasca está ahogada, no surge nada nuevo, las redes constituidas operan por cooptación -y exclusión- e impiden cualquier renovación de personas, de planteamientos. Y así va creciendo la distancia entre la Euskadi representada y la real.

Aunque últimamente haya caído quizá en desuso, no hace tanto tiempo que la referencia a la red, a las redes, a la sociedad en red era una referencia obligada en todas las conferencias, en todos los planes estratégicos, en todos los discursos políticos y en los de todos los analistas sociales y políticos.

Ya no existen las sociedades piramidales. Ya no se puede practicar política sin tener en cuenta que la sociedad está organizada en red. Ya no son posibles las organizaciones sociales, políticas o económicas jerárquicas. El secreto está en la red, se decía. Es preciso trabajar en red, organizar el conocimiento en red. La red sustituye al poder y a la autoridad. Se llegó, incluso, a creer que con la llegada de la organización en red el problema del poder y de la autoridad quedaban resueltos porque habían desaparecido. Creencia peligrosa como bien lo muestra Richard Sennet.

Internet es la red de redes gracias a las nuevas tecnologías de la información. Es una referencia a la realidad constatable de que estamos, vivimos y trabajamos enchufados a la red informática y telemática. Pero redes han existido mucho antes de que naciera la informática e Internet. La cristiandad medieval era una red de centros religiosos y culturales entre los que circulaban la información y el conocimiento a una velocidad mucho mayor de la que somos capaces de imaginarnos hoy en día. La ‘koiné’, la comunidad, era una red articulada en torno a un lenguaje común, a una lengua franca que era el griego, el griego de la ‘koiné’ precisamente. Y algún historiador ha escrito que entre el fin de las guerras de religión en Europa con la paz de Westfalia en 1648, y el fin de las guerras napoleónicas que darán paso, algo más tarde, a las guerras ideológicas de nuestro pasado no tan lejano, existió algo parecido a una ‘koiné’ europea que hablaba francés y que implicaba una opinión pública europea con pensadores y panfletistas, al estilo de Voltaire, en el mejor sentido del término, que podían sentirse tan en casa en Londres como en Berlín, en Amsterdam como en París.

Pero el tipo de redes que más interesan para el análisis de lo que está ocurriendo hoy en la sociedad vasca son las redes de las que hablan algunos historiadores vascos, las redes sociales de finales del Antiguo Régimen. Estos historiadores, partiendo de los análisis de Julio Caro Baroja en ‘La Hora Navarra del XXVIII’, investigan cómo las relaciones de parentesco son capaces de crear redes sociales que permiten el acceso de baztaneses, y de vascos a la corte de la monarquía española, a su administración, al ejército, a la estructura eclesial y a los cargos de ultramar: tíos que apadrinan a sobrinos, a los que siguen hermanos y primos que van encontrando acomodo en las distintas estructuras de la monarquía española que se va renovando. De una de esas redes proviene el segundo duque de Ahumada, fundador de la Guardia Civil.

En el caso de estas redes del Antiguo Régimen, el impulso es desde el país, Navarra, las provincias vascongadas, hacia la capital del reino y hacia las administraciones que de ella dependían. La diferencia con la época actual no radica en que hayan desaparecido las redes. Quizá tampoco tanto en que las redes no se estructuren sobre el eje del parentesco, aunque este eje haya perdido valor. La diferencia sustancial radica en que ya no existe el impulso hacia fuera, sino que se agota en el interior de la propia sociedad vasca.

Porque la realidad es que hoy la sociedad vasca está controlada por unas redes que nada tienen que ver con las redes de Internet y de la informática, sino que funcionan mucho más sobre el paradigma de las redes sociales del Antiguo Régimen. La sociedad vasca ya no es una sociedad en la que la estratificación social sea lo definitivo en lo que a conocimiento, poder y posibilidades económicas se refiere, aunque esta afirmación debiera ser sometida a una seria matización. Pero tampoco la contraria se puede afirmar sin más: que la sociedad vasca sea una sociedad meritocrática, una sociedad en la que los puestos, de honor, de control, de poder de conocimiento, de poder político y económico, se distribuyen por el mérito de las personas. Es, más bien, una sociedad controlada por redes que poco o nada tienen que ver con los méritos reales de las personas que integran esas redes, y mucho con la lógica de poder que permite que las redes existan.

En todas las sociedades hay redes que, una vez asentadas, controlan las sociedades en las que están instaladas. Pero algunas sociedades poseen una dimensión suficiente para que las redes no sean omnipresentes, para que existan redes en competencia, para que existan mecanismos de control, de crítica y de imposición de transparencia sobre las redes existentes, de forma que la sociedad consigue preservar suficiente autonomía para no quedar aherrojada por las redes de poder que se instalan en ella.

Pero la sociedad vasca es pequeña. Y en la sociedad vasca no ha habido cambio en el poder durante demasiados años. Y esa permanencia en el poder de los mismos durante tantos años ha propiciado el surgimiento y la consolidación de redes que extienden sus tentáculos sobre el conjunto de una sociedad pequeña que corre el riesgo de quedar totalmente ahogada. Basta mirar los nombres del ‘consejo de sabios’ del lehendakari, leer los nombres que se barajan en la novela por entregas que es la Vital Kutxa, ver el esfuerzo de Gipuzkoa Aurrera para sustituir una red por otra con el apoyo político, basta ver las planchas para las cámaras de Comercio, para los consejos de las cajas de ahorro, basta repasar los nombres de los que ocupan cargos en las instituciones de renombre cultural para darse cuenta de que la sociedad vasca está ahogada, de que es una sociedad en la que, al parecer, no surge nada nuevo, en la que la ‘nomenclatura’ sigue mandando, en la que las redes constituidas operan por cooptación -y exclusión- e impiden cualquier renovación, de personas, de pensamiento, de paradigmas, de planteamientos, e impiden cualquier innovación. Aunque sea la palabra que más se repita. Y así va creciendo la distancia entre la Euskadi representada y la Euskadi real.

Joseba Arregi, EL DIARIO VASCO, 20/3/2010