Ignacio Camacho-ABC

  • El clima de esta campaña ha sido bastante sereno. La sociología electoral andaluza es históricamente refractaria al jaleo

El día de reflexión preelectoral es una invención desfasada. Pertenece, como la prohibición de publicar encuestas en la última semana, a una época analógica, anterior a la irrupción de la mensajería virtual, las redes digitales y otras revoluciones tecnológicas, como la inteligencia artificial, que han transformado las campañas. En 2004, tras los atentados de Atocha, la izquierda volcó en menos de veinticuatro horas una victoria del PP que parecía cantada, sin que el Gobierno de Aznar pudiera contrarrestar la ola de sms que avanzaba bajo radar. Desde entonces carece de sentido que los candidatos no puedan pedir el voto mientras en internet continúa la batalla de la propaganda subterránea. Pero obedezcamos la ley y reflexionemos en voz alta.

Primera reflexión: en Andalucía sólo hay un presidente posible, y se llama Juanma Moreno (Bonilla para sus adversarios). Bueno, posible en términos abstractos lo puede ser cualquiera, desde María Jesús Montero al aspirante de esa lista ‘andalusí’, llena de nombres musulmanes, que la ultraderecha ha aventado para advertir de que los tataranietos de Tarik están a punto de reinstalar el Califato. En términos de posibilidades reales, sin embargo, la única incógnita del domingo es la de si el actual presidente de la Junta revalidará la mayoría absoluta o le faltarán uno o dos escaños. Es decir, si necesitará o no negociar con Vox alguna fórmula de respaldo. Información: su intención es tratar de mantener un Gobierno monocolor incluso en ese caso.

Segunda reflexión: la izquierda se ha acostumbrado a perder. Coincidiendo con el mandato de Sánchez, el PSOE ha estropeado la formidable maquinaria política que durante cuatro décadas cosechó diez victorias seguidas. Aquel otrora poderoso aparato está desarticulado desde la caída de Susana Díaz, y los cambios de liderazgo no han logrado que el socialismo se perciba como alternativa. La candidatura de Montero no sólo no ha cuajado sino que registra en las encuestas una valoración ínfima, la peor de todos los contendientes en liza. Su máxima aspiración consiste en que Vox crezca lo suficiente para impedir que Moreno luzca perfil centrista. Y los partidos poscomunistas mantienen una cierta implantación pero en conjunto suman muy poca masa crítica.

Tercera reflexión: el clima de estas elecciones es bastante sereno, pese a los esfuerzos de la oposición por enrarecerlo. Ni siquiera el deterioro de la sanidad ha removido el sosiego sobre el que el ‘juanmismo’ ha construido su éxito. El electorado andaluz siempre se ha mostrado poco proclive al jaleo, alejado de la crispación que sacude el escenario nacional en los últimos tiempos. Ésa es la baza esencial del PP, como lo fue de un Chaves capaz de resistir casi veinte años en San Telmo. Por eso será difícil extrapolar el resultado de mañana a otros escenarios más convulsos y complejos. Se equivocará quien saque conclusiones sin tomar en cuenta las particularidades sociológicas de un pueblo acostumbrado a digerir la Historia a ritmo lento.