Antonio Rivera-El Correo

  • La violencia no consigue su objetivo final porque el Estado y la sociedad suelen ser más fuertes, pero desnivela la balanza en su favor. Eso se ve cuando deja de existir

Es una pregunta habitual de los científicos sociales que tratan el tema; también de los ciudadanos que ven cómo los herederos políticos de ETA gobiernan con el voto popular diversas instituciones y aspiran a hacerlo en el conjunto del país. Algunos lo hubieran solucionado fácil manteniendo excepcionalmente sin representación a un tercio de la ciudadanía. Acabado el terrorismo, por lo menos era una vía absurda, esa que se conoce como ‘la derrota del vencedor’ o la supuesta y no producida negociación del final de ETA.

Hacer política con la violencia es jugar con dos barajas. El nacionalismo radical desplegó una red política y social que se reforzó con el terrorismo. Prefiero otro trazado para una carretera. Presiono para que las autoridades lo modifiquen, pero atento contra las constructoras y todo es más rápido y fácil. Aúno ámbito sociopolítico de presión y la contundencia de la violencia. Así logro más éxitos de lo normal. Así disuado a mis competidores políticos. Así me muestro ante los míos como el defensor de su bando. Así se retraen posibles candidatos alternativos en los pueblos. Así me quedo con los más dinámicos y representativos de cada lugar (que no les provoque repulsión). Elijo entre los más y los mejores; el contrario solo entre lo que le queda. Además, expulso al exilio físico o al interior a los que se cansan o se abruman en el combate; los llamados transterrados. Altero el cuerpo social y el de votantes. Introduzco temas en la agenda soportados también en la brutalidad de la violencia, y obligo a que los otros asuman soluciones a ellos como mal menor. Normalizo mi presencia a pesar de la trampa del doble y letal juego –política y violencia, ‘bietan jarrai’– porque en un pluralismo polarizado los números cuentan; pasó así cuando ETA mataba y pasa hoy cuando lleva quince años desaparecida. Así se blanquea el pasado, por rutina y cotidianidad, también por necesidad de relacionarse y sumar. Y así muchas ventajas más.

El terrorismo renta. Si no lo hiciera, nadie se arriesgaría a usarlo y nadie atravesaría la línea invisible del crimen. No consigue su objetivo final porque el Estado y la sociedad suelen ser más fuertes, pero desnivela la balanza en su favor. Eso se ve cuando deja de existir, ahora.

Termina el terrorismo y la sociedad trata de olvidar. Es una sociedad nacionalista, igual que lo era el objetivo terrorista, de modo que es más fácil; si hubiéramos tenido un terrorismo revolucionario hablaríamos distinto. Las políticas de memoria pública iniciales fueron erróneas porque el nacionalismo institucional temió que la derrota de ETA se lo llevara a él también (o a su causa final coincidente). Ahora se arrepiente y, cuando le sopla la nuca y amenaza su poder, es el más exigente recordando que la diferencia con ellos es que asesinaban jugando a dos barajas. Antes no les importó tanto.

Termina el terrorismo y su heredero vuelve a contar en la suma, como si no tuviera pasado. Su papel de conseguidor y socio prioritario del Gobierno en Madrid es la muestra. Ese pragmatismo blanquea, pero no tiene alternativa, salvo la tesis de ‘la derrota del vencedor’ ya citada: negarles la representación (o la presencia).

Termina y la herencia política se resitúa en el escenario posterrorista; a los otros les cuesta más. A ellos no, porque su visión revolucionaria les permite iniciar un ‘nuevo ciclo político’ sin desdecirse de la brutalidad y consecuencias del anterior, y sin tener que dar explicación alguna a su parroquia. A la vez, aparece como novedoso e inmaculado, con propuestas sociales que ocultan a los ingenuos la esencia de su nacionalismo más sectario, ese que aplican donde luego gobiernan con la fórmula de la tortuga hervida. Los otros están desorientados, eligiendo entre un pragmatismo que les llevaría en su extremo a gobernar con los que ayer amenazaban con matarlos o un resistencialismo inoperante porque ya nadie se acuerda contra qué se dispone.

De manera que sí, renta el terrorismo si se manejan bien su desaparición y sus efectos. No hay más que verlo.