Miquel Escudero-Catalunya Press

En el ámbito del terrorismo hay asuntos a los que se presta escasa atención y que tienden a ser arrinconados. Por ejemplo, las razones y modos con que algunos individuos y grupos abandonan la actividad terrorista interesan mucho menos que analizar el fenómeno de la radicalización política que culmina en una integración en una banda armada. No obstante, indagar sobre aquella cuestión incluye una expectativa de eficacia en desactivar esa labor destructiva, una vez iniciada. Pero desvincularse no exige necesariamente desradicalizarse.

Tras la Transición, el intenso empleo de la violencia por parte de ETA (la propagación del acoso y  de la intimidación en cualquier nivel de la vida social, el recurso de acorralar y forzar el miedo del ‘adversario’, su fuga y su exilio; asesinatos, heridos, bombas, extorsión, secuestros) coexistió con la hegemonía política del nacionalismo vasco y con una sólida red de apoyo que les dio prestigio y justificación, y los idealizaba.

Eider Nafarrate Bilbao, doctora en Periodismo, ha escrito Salir de ETA (Tecnos), un libro valioso, audaz y bien documentado que aborda la triste ‘historia de abandono, expulsión y arrepentimiento’ en la banda armada. En los diarios de Yoyes (Mª Dolores González Catarain), la primera mujer dirigente de ETA y a quien la banda ultranacionalista asesinó delante de su hijo en 1986, anotó: «¿Cómo voy a apoyar a un HB convertido en un payaso de un militarismo de corte fascista? ¿Cómo me voy a identificar con dirigentes que lo único que saben es aplaudir los atentados de ETA y pedir más muertos?».

Una pintada muy citada sentenciaba que «Los gudaris no se arrepienten», de modo que no hay espacio para la contricción por nada de lo que haga la secta o la tribu, so pena de pasar a engrosar las filas de los traidores; lo cual se debe pagar. Un ejemplo: Ignacio Olaiz Michelena, el primer miembro de la comunidad abertzale oficialmente asesinado por ETA el 29 de octubre de 1978. Se le acusó de infiltrado y apareció muerto con diez impactos de bala y varios billetes de mil pesetas en su mano izquierda, representándolo como mercenario. ¿Lo era o no lo era? ¿Qué más les daba? Ya no había marcha atrás, tampoco había lugar para arrepentirse; lo que estaba prohibido.

Cuatro factores destaca Eider Nafarrate para ‘no arrepentirse’: 1.- Ausencia de sentimiento de culpa por los hechos pasados; 2.- Temor al rechazo social de la comunidad a que se pertenece; 3.- Resistencia a que el arrepentimiento sea utilizado con fines políticos; 4.- Estrategia para manejar la disonancia cognitiva (el malestar producido cuando nuestras acciones están en contra de nuestras convicciones) y el trauma asociado con sus acciones pasadas. En contraposición, cabría disponer de: sentido de la responsabilidad ante las consecuencias de unas acciones u omisiones, que incluya un rotundo rechazo al lenguaje del odio y del belicismo; una personalidad elaborada día a día, preparada para estar fuera de un rebaño y ser marginado o que te retiren el saludo (a veces ser puesto en la diana); sentido de proporción entre la realidad de los políticos y el valor de las personas; sentido de la decencia para reconocer lo peor y lo injusto y abusivo, y poder aspirar, por tanto, a la reconciliación y a la concordia sin acuerdo. No es nada fácil salir de una secta destructiva y que se te permita reinsertarte, dejando atrás el horror en el que se ha vivido y hecho vivir.

Hay colaboradores con la justicia que no están arrepentidos de sus fechorías, pero no quieren hundirse arbitrariamente. El colectivo les prohíbe el arrepentimiento personal: son ‘soldados’ y no personas. La demencia está servida. El psicoanalista lacaniano Iñaki Viar creció en un relato familiar de «odio hacia Franco y, en general, hacia los españoles». Con 23 años, fue condenado a veinte años de cárcel por poner una bomba en la Bolsa de Bilbao. «Afortunadamente no murió nadie. A veces lo he pensado. Si llega a matar a la señora de la limpieza, la bomba de la Bolsa, no sé qué hubiera sido de mi vida, si hubiera podido encajar eso. Me parecería un horror. Un horror vivir con eso encima». Renegó del nacionalismo y abrazó el trotskismo. Años después, debió abandonar el País Vasco para no ser eliminado.

En Terrorismo y Educación, Raúl López Romo y Marta Rodríguez Fouz han coordinado un estudio detallado en favor del fomento de la conciencia crítica del recurso a la violencia. El olvido supone otra forma de injusticia: revictimiza e impide rectificar la indiferencia radical por el sufrimiento de las víctimas, dejando abierto el paso a una futura oleada terrorista. Consuelo Ordóñez, presidenta fundadora de COVITE, sale mencionada en estas páginas con su claro rechazo a que las víctimas asuman cargos políticos o pidan, en cuanto tales, el voto por un partido político: «Esto daña mucho a nuestra causa y traslada una imagen errónea de las víctimas, puesto que pasa a asociarse con tener una ideología determinada. Nada más lejos de la realidad».