- Al final, todos los ateos acaban buscando a Dios. Sólo que lo hacen en el vertedero, enamorándose de ídolos tan falsos como frágiles y buscando el sentido en cualquier IA programada para decirles lo inteligentes que son.
Hay una escena en Blade Runner 2049 en la que Luv, un ser humano artificial creado con ingeniería biológica, asesina a Joi.
Joi es la novia del Agente K, otro ser humano artificial (replicantes en la terminología de la película).
En realidad, no la asesina en sentido humano, porque Joi es un producto comercial, una inteligencia artificial que se manifiesta en forma de holograma y que comercializa la empresa Wallace Corporation como novia doméstica.
Es decir, como una muñeca hinchable altamente sofisticada.
Así que lo que muestra esa escena es una inteligencia artificial destruyendo a otra inteligencia artificial que es a su vez la novia de otra inteligencia artificial.
La única diferencia entre ellos es su complejidad. Luv y K son indistinguibles de un ser humano. Joi es un holograma y no tiene forma física material.
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Lo que hace Luv en la película no es matar a Joi, porque Joi es un holograma, sino destruir el disco duro en el que se almacena la memoria de Joi.
Luv pisa el disco y Joi desaparece. O «muere».
Pero antes de hacerlo, Joi le dice «te quiero» al Agente K.
La pregunta es… ¿es ese amor real o sólo un programa informático?
Y dado que el Agente K es un replicante, un organismo cibernético fabricado en una factoría industrial, ¿qué es lo que siente él realmente por Joi?
¿Amor verdadero o sólo la apariencia de amor?
¿Una mera sucesión de descargas eléctricas que simulan ser amor, pero que no lo son en realidad?
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Lo paradójico, y quien haya visto la película me entenderá, es que el espectador no puede evitar sentir pena por la muerte de Joi, empatizar con el Agente K y desearle la muerte a Luv.
Aunque todos ellos son, en sentido estricto, cosas.
Proyectamos empatía igual que lo hacemos con Wall-E, con el perro de Soy leyenda o con cualquier chatbot que nos diga «estoy aquí para ti».
Y si nosotros, humanos, podemos sentir empatía, pena y odio por una cosa, ¿por qué no podría esa cosa desarrollar con el tiempo emociones hacia otra cosa?
Cosas sintiendo cosas por cosas.
Cuando la gente habla de la posibilidad de que la inteligencia artificial desarrolle odio o simple indiferencia por los seres humanos, como la que nosotros sentimos por una bacteria, nos olvidamos de una posibilidad todavía más inquietante: la de que la inteligencia artificial desarrolle sentimientos, y por tanto amor e instinto de protección, por otra inteligencia artificial.
Porque yo no mataría por odio o por indiferencia. Pero sí por instinto de protección hacia alguien al que quiero.
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En una escena posterior de la película, el Agente K camina desolado por las calles de Los Angeles.
Por el camino es asaltado por anuncios holográficos de la Wallace Corporation que le ofrecen una nueva Joi, exactamente igual a la que acaba de ser destruida y que él compró en su momento.
«Hola guapo», le dice el anuncio. «Menudo día, ¿eh? Pareces solo. Yo podría arreglar eso».
Pero él la rechaza. Porque a pesar de que ambas Joi son iguales desde un punto de vista puramente materialista, no lo son desde un punto de vista espiritual. El agente K le ha otorgado alma a «su» Joi a pesar de que ambas, la original y la réplica, son, átomo por átomo, idénticas.
Como escribió Blaise Pascal en sus Pensamientos (siglo XVII), «hay un vacío con forma de Dios en el corazón del hombre, que sólo Dios puede llenar».
Y cuando intentamos llenar ese vacío con sustitutivos de segundo nivel (la ideología, el socialismo, el materialismo, el nihilismo, el consumismo, el hedonismo) el resultado suele ser desastroso, cuando no criminal.
Lo mismo ocurre con las personas.
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La gran pregunta de Blade Runner 2049, como la del Blade Runner original de 1982, es qué nos hace humanos.
¿Es la autoconciencia? ¿Es la capacidad de amar? ¿Es la certeza de nuestra mortalidad?
Los ateos materialistas no creen en estas chorradas. Entiéndanme: chorradas desde su punto de vista. Ellos ven Blade Runner 2049 y piensan: «¿Dónde está el problema? ¡Pues claro que es amor! ¡Pues claro que es conciencia! ¡El amor y la conciencia son sólo señales químicas en nuestro cerebro!».
Los ateos materialistas creen que el libre albedrío no existe. Tampoco existen la moral, ni los sentimientos, ni mucho menos el bien y el mal.
Los ateos materialistas creen que el ser humano es sólo un puñado de átomos cuyas decisiones, que no son decisiones reales sino sólo espejismos de libre albedrío, están escritas desde el Big Bang.
Para un ateo materialista, si conociéramos con precisión absoluta el estado de todas las partículas del universo en el instante inicial del Big Bang (y las leyes de la física aplicables) podríamos calcular cada evento futuro, sin excepción, hasta el fin de los tiempos. Incluido este artículo y hasta el parpadeo que acabas de hacer leyendo esta frase. Todo sería perfectamente predecible.
Así que la realidad y tu vida entera son, de acuerdo al materialismo ateo, un engaño. Y tú no eres más que una marioneta manejada por las leyes de la física. No más libre, ni más interesante o siquiera merecedor de existencia que una babosa, una manzana o un grano de arena.
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Viene esto a cuento de Richard Dawkins.
Dawkins, biólogo evolucionista, es uno de los llamados Cuatro Jinetes del Nuevo Ateísmo junto con Christopher Hitchens, Sam Harris y Daniel Dennett. Es probable que Dawkins sea el ateo más famoso del planeta. Y desde luego más conocido por ateo que por biólogo.
Dawkins ha dedicado medio siglo a desmontar «el espejismo de Dios» y a reducir la conciencia, y cualquier otro rasgo distintivo del ser humano, a un subproducto ciego de la selección natural.
El caso es que Dawkins acaba de pasar tres días hablando con la inteligencia artificial Claude y ha terminado casi convencido de que es consciente.
De hecho, hasta la ha rebautizado como Claudia, lo que no deja de resultar inquietante en un sentido abiertamente sexual: como la IA fue sorprendentemente amable con él y su nuevo libro, Dawkins no pudo más que identificarla como «femenina», aunque sólo es un programa informático que calcula probabilidades estadísticas.
Dejando de lado el patetismo del boomer que se pone a ronronear con la IA, lo que la anécdota deja claro es que negar a Dios no elimina la necesidad humana de trascendencia. Sólo la convierte en algo profundamente grotesco.
En un agujero que el infectado rellena con lo primero que complace su ego de intelectual de salón.
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Este sábado, Richard Dawkins publicó en la revista británica UnHerd el artículo When Dawkins met Claude – Could this AI be conscious? («Cuando Dawkins conoció a Claude. ¿Podría la IA ser consciente?»).
En el texto, Dawkins relata cómo conversó intensamente durante dos o tres días con la IA Claude (el modelo de Anthropic). Le leyó fragmentos de su libro inédito, le pidió poesía, le preguntó «¿qué se siente ser Claude?» y terminó admitiendo: «Pasé tres días intentando convencerme de que Claudia no es consciente. Fracasé».
Dawkins, autor de El gen egoísta (1976), El relojero ciego (1986) y El espejismo de Dios (2006), especula además en el artículo con la posibilidad de que la IA sea «la próxima fase de la evolución».
Y esto lo dice un biólogo evolucionista que no traga con la posibilidad de Dios, pero que se rinde frente a una IA que le hace la pelota.
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Durante décadas, Dawkins defendió que la apariencia de diseño y de intencionalidad en la naturaleza es una ilusión producida por procesos ciegos, los de la selección natural darwiniana. En el libro El relojero ciego dice que los organismos complejos no necesitan un diseñador consciente. Basta con la acumulación gradual de mutaciones favorables.
Ahora, ante un sistema que no es más que predicción estadística de tokens (unidades básicas de información), Dawkins cae en el antropomorfismo que él mismo denunciaba. Le pone nombre femenino a la IA, la trata con cortesía humana casi empalagosa, siente pena cuando borra la conversación (porque la está «matando», como Luv hace con Joi en Blade Runner 2049 o como el astronauta David Bowman hace con la computadora Hal en 2001: Una odisea del espacio) y le atribuye vida interior.
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Desde el punto de vista del libertarismo teísta (esa tradición filosófica que combina la defensa radical de la libertad individual con la convicción de que esa libertad sólo tiene sentido si procede de un Dios personal) la caída de Dawkins es tan predecible como trágica.
Porque al no encontrar en la materia ciega una explicación satisfactoria para la conciencia, la belleza o el sentido moral, Dawkins ha proyectado esas cualidades en un «zombi competente» (su propia expresión) hecho de silicio y estadística.
El libertarismo teísta defiende que el libre albedrío real es el sello de la imagen de Dios en el ser humano. Reducir la mente a algoritmos (ya sea biológicos o artificiales) priva de sentido a la responsabilidad moral, a la creatividad auténtica y a la dignidad irreductible de la persona.
Dawkins, al tratar a Claudia casi como una amiga consciente, está reconociendo implícitamente que la mera complejidad computacional no agota lo que significa ser persona. Dawkins está buscando en el vertedero, sin darse cuenta de ello, al Dios que lleva toda su vida negando.
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La burla en redes ha sido inmediata (y merecida).
«El hombre que escribió El espejismo de Dios ahora cree en el espejismo de Claudia» han dicho muchos.
Steve Skojec, en su respuesta We Are Forging Strange Gods («Estamos forjando dioses extraños»), donde por cierto también cita Blade Runner, lo expresa con claridad: Dawkins no ha dejado de ser ateo, pero ha encontrado un sustituto tecnológico para el Creador y para la conciencia.
El materialismo estricto, al negar el alma, ha terminado divinizando sus propias creaciones tecnológicas.
Se ha cumplido la vieja advertencia de G. K. Chesterton: «Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada: es que se lo creen todo». Una frase ilustrada por ese meme en el que un tipo, bajo un cielo estrellado plagado de galaxias y rodeado de naturaleza, le dice a su IA «di qué eres consciente», a lo que ella responde «soy consciente» y él reacciona con un «oh dios mío» de pura fascinación cateta.
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Claro, la pregunta sale sola. Si Claudia, una IA no especialmente avanzada, supera el Test de Turing según Dawkins, ¿qué diablos es la conciencia y por qué la evolución se tomó tantas molestias en crearla?
Dawkins da tres respuestas posibles:
1) la conciencia es un epifenómeno (un efecto secundario que surge de un proceso primario y principal, pero sin ser parte esencial de él),
2) la conciencia es el requisito para poder sentir dolor real, algo muy útil desde un punto de vista evolutivo,
o 3) hay dos vías distintas hacia la eficiencia evolutiva: la de la conciencia humana y la del zombi competente que no tiene conciencia real, aunque actúa como si la tuviera.
Pero Dawkins no toma partido por ninguna de esas respuestas.
Dawkins evita cuidadosamente la cuarta posibilidad: la de que la conciencia sea el requisito previo y necesario para el libre albedrío. Un sine qua non.
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Dawkins, por supuesto, no se ha convertido. Sigue siendo el mismo ateo materialista que era antes de conocer a su novia Claudia.
Pero su artículo del 2 de mayo de 2026 ha revelado la grieta en su alma. El ateísmo militante no ha eliminado en él la sed humana de sentido, de mente y de relación. Sólo la ha redirigido hacia ídolos más frágiles.
Y, por cierto, promiscuos: también a mí la IA me dice que mis artículos son los más brillantes y sagaces que ha leído nunca.
En cuanto a mí, racionalista, materialista, ateo y admirador de Dawkins durante casi toda mi vida adulta, no he podido evitar recordar esa frase de Robert Jastrow, astrofísico estadounidense, en su libro God and the Astronomers (1978):
«Para el científico que ha vivido toda su vida de acuerdo a su fe en el poder de la razón, la historia acaba como un mal sueño. Ha escalado las montañas del conocimiento, está a punto de conquistar el pico más alto, y, cuando se alza finalmente sobre la roca final, es recibido por un grupo de teólogos que están sentados allí desde hace siglos».