JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS-El Confidencial

Rivera e Iglesias, invocando principios contradictorios, han contribuido a la ceremonia de la confusión institucional y al peor entendimiento de la política como un ejercicio de funambulismo

La situación institucional de nuestro país es grotesca, digna de un esperpento valleinclanesco. Albert Rivera y Pablo Iglesias —Ciudadanos y Unidas Podemos— están contribuyendo de manera decisiva a acentuar la sensación de irrealidad en que se desenvuelve la vida política española a horas de que venza la ronda de consultas que mantiene el Rey para designar, o no, un candidato a la investidura a la presidencia del Gobierno. Mientras el dirigente naranja simulaba ofrecer un pacto a Sánchez, dirigentes de Unidas Podemos (Vera, Garzón, Díaz) pedían que se celebre un nueva sesión de investidura para “estirar” el tiempo de negociación y evitar las elecciones.

Rivera lanza una propuesta para investir a Sánchez cuando el Rey arranca los contactos

El giro de Rivera está inspirado en su propio miedo a haber errado por completo en el diagnóstico: apostó el catalán por el acuerdo de PSOE y Unidas Podemos (“la banda”, en la jerga que utilizó en el Congreso) y se malicia que no hay tal y vamos a elecciones. A 36 horas de que el Rey concluya la ronda de consultas, plantear una oferta como la que ayer expuso atropelladamente el líder de Cs resulta una operación de ‘marketing’ que roza el ridículo. Tras afirmarse en su ‘no es no’ al candidato socialista, tras soportar abandonos del partido tan importantes como el de Toni Roldan, tras estar desaparecido del escenario público el entero mes de agosto, ¿puede admitirse sin reprochárselo que Rivera descubra ahora que el país está “al límite” cuando, en realidad, quienes lo están son él y su propia organización?

Es posible que el presidente de Ciudadanos haya tenido un momento de tardía lucidez y reparado en que si vamos a las urnas el 10-N, no solo no sobrepasará al Partido Popular —que no lo hará en ningún caso— sino que es muy posible que pierda mucho más de lo que ganó el 28 de abril pasado y Ciudadanos sea un episodio de la política española como Unión, Progreso y Democracia de Rosa Díez. Albert Rivera ha consumado una finta que delata tanto su oportunismo que ni los menos avisados de sus posibles electores dejarán de apreciarlo. Por lo demás, lejos de mejorar su posición y la de su partido, Rivera recibió de Sánchez una respuesta tan fulminante como cínica: sus condiciones ya se cumplen.

El caso de Pablo Iglesias es diferente, pero igualmente grotesco. Erró definitivamente el 25 de julio y por partida doble: al no creer la determinación de Sánchez de que, a efectos de su investidura, no “habría septiembre” y al rechazar una oferta de coalición que incluía una vicepresidencia y tres ministerios. Proponer que sea el jefe del Estado quien hoy trate de convencer al secretario general del PSOE de la conveniencia de un cogobierno con UP constituye una manipulación institucional notable, más todavía viniendo de un líder que se confiesa republicano. Las declaraciones plañideras de algunos de sus compañeros reclamando que se celebre una sesión de investidura en el Congreso con el propósito de descargar a sus siglas de cualquier responsabilidad en la repetición electoral, proyectando la sensación de que no son ellos los que rompen la baraja, incurren —como en el caso de Iglesias— en la soberbia suposición de que la ciudadanía carece de la más mínima perspicacia.

Si Albert Rivera puede convertirse en una calcomanía de Rosa Díez, Pablo Iglesias podría ser otra de Julio Anguita, y llevar ambos, el 10-N, a una drástica reducción de las dimensiones de sus partidos que tendría que imputarse a su pésima gestión. En ambos asoma la soberbia; los dos aspiran al liderazgo indiscutido e indiscutible; el uno y el otro han prescindido de sus colaboradores más cercanos; el naranja y el morado también han hecho oídos sordos a los fundadores de la opción que lideran y ninguno, a la postre, ha contribuido a recomponer los desajustes de la política española derivados del multipartidismo resultante de las elecciones de 2015. Peor aún: Rivera e Iglesias, invocando principios perfectamente contradictorios, han contribuido a la ceremonia de la confusión institucional y al peor entendimiento de la política como un ejercicio de funambulismo.

La ciudadanía podría estar añorando el bipartidismo y reconociendo que la monarquía parlamentaria es lo más riguroso y sólido del sistema constitucional

No siempre “cualquier tiempo pasado fue mejor”, como glosaba Jorge Manrique, pero hoy por hoy, la ciudadanía podría estar añorando el bipartidismo y reconociendo que la monarquía parlamentaria, en la persona de Felipe VI, es lo más serio, riguroso y sólido del sistema constitucional, tan acechado por la frivolidad de los que tanto lo aman (Rivera) como malversado por los que lo detestan aunque pretendan valerse de sus mecanismos (Iglesias). En todo caso, este episodio de la política española —que evoca a las peores crisis institucionales de la reciente historia de Europa, mediando, además, la de Cataluña— reclamaría un Valle-Inclán para describir este nuevo esperpento nacional al que, quizá, le quedan horas (¿días?) para completar el guion. Parece increíble, pero no lo es.