Ignacio Camacho-ABC

  • Un Covid silencioso, subterráneo, inatendido, no es un Covid controlado. Es un Covid con cientos de decesos diarios

Las estadísticas oficiales contabilizaron el martes 382 españoles fallecidos de Covid o de patologías agravadas por el virus. El dato, unido al incremento de hospitalizaciones y a la apabullante extensión del contagio, deja la tesis de la ‘gripalización’ bastante malparada. La transformación en enfermedad endémica llegará, sin duda, pero aún parece lejana: ni la más grave temporada de gripe de la última década, la de 2017-18, se extendió a esa velocidad, ni provocó una mortandad como la actual, ni dejó secuelas persistentes, ni colapsó tanto los servicios de atención primaria. Y acaba de asomar una subvariante de Ómicron en Dinamarca, con similar potencia de transmisión aunque más difícil de ser detectada. Sin embargo las autoridades han tirado la toalla. Se han resignado a la infección en masa y su principal preocupación consiste ahora en minimizar el impacto laboral de la plaga tratando de reducir por las bravas los períodos de baja.

Hace al menos tres semanas que al Ministerio de Sanidad no se le ha oído ninguna instrucción, ningún criterio, ningún aviso: sólo el cómputo de los casos nuevos, la incidencia hospitalaria y demás detalles del registro. En realidad nunca ha salido del estado contemplativo y cuando abandona su absentismo es para anunciar alguna medida aleatoria sin aportar un solo argumento de respaldo científico. Así ha ocurrido, por ejemplo, con la repentina decisión de dilatar de uno a cinco meses la tercera dosis para los contagiados, a quienes se empuja a la confusión por falta de explicaciones sobre los motivos del cambio. Esta conducta compulsiva sin método ni lógica, a base de espasmos y bandazos, deja una inequívoca sensación de capricho arbitrario, de desconcierto, de aturdimiento, de ausencia de liderazgo. En definitiva, de caos. Y el prematuro amago de ‘gripalizar’ la pandemia está resultando otro gatillazo ante el que el presidente, tan rápido en postularlo, se ha escabullido para fingir ponerse al mando de la gestión del conflicto ucraniano. Siempre encuentra alguna tarea con la que desentenderse de sus fracasos.

El desaliento se ha apoderado también de los dirigentes autonómicos, cada vez más cansados de ser los únicos que siguen en primera línea. Poco a poco se van sumando a la estrategia del desistimiento y la resistencia pasiva. La idea de convivir con el virus, que consistía en impedir que paralizase la actividad productiva, se ha transformado en la de renunciar a combatirlo, en asimilarlo como una rutina a la espera de que él solo se extinga. Y el resultado son teléfonos asistenciales que comunican, profesionales sanitarios desmotivados, enfermos que autogestionan sus síntomas y vuelven con carga viral contaminante al trabajo. Un Covid silencioso, subterráneo, inatendido, que no un Covid controlado. Y varios centenares de muertos diarios asimilados con la frialdad de un fichero burocrático.