Editorial-El Correo

  • El choque entre PNV y PSE por el euskera y el nuevo estatus traslada una inoportuna señal de inestabilidad a las instituciones que lideran en Euskadi

El PNV y el PSE, socios de gobierno de las principales instituciones vascas, se han enzarzado en una refriega de inciertas consecuencias a cuenta de sus profundas discrepancias sobre el euskera en las oposiciones y la renovación del Estatuto. El choque marca un punto de inflexión cuando la legislatura se aproxima a su ecuador y se produce, precisamente, por diferencias en dos asuntos identitarios que siguen a la cola de las preocupaciones de los vascos, más inquietos por las ‘cosas del comer’ como el retroceso industrial, la calidad de la sanidad y el complejo acceso a la vivienda. El enfrentamiento entre las direcciones de ambos partidos traslada una inoportuna señal de inestabilidad a sus pactos y a las administraciones que lideran, en un momento de crisis internacional que exige certidumbre en la gestión. Todo lo contrario al salto al vacío que están a punto de dar si se muestran incapaces de contener la escalada actual, desatada esta vez por el nuevo estatus. Los desplantes deberían cesar ya por el bien del conjunto de la sociedad vasca.

Que la tensión estaba larvada lo revela la espiral de acusaciones mutuas, acelerada por unas declaraciones del presidente de los jeltzales, Aitor Esteban, en las que daba a entender un acercamiento con los socialistas y Bildu sobre autogobierno. Opción negada en las filas de Eneko Andueza con un desafortunado tuit en el que se ridiculizaba al líder del EBB, representado por la IA sobre una piscina con agua. Un irónico símil para negar cualquier posibilidad de pacto que generó un terremoto en Sabin Etxea, cuya reacción de protesta ha sido suspender relaciones con La Moncloa .

Que la refriega conlleve un buscado tremendismo no debe restar gravedad al incendio provocado. Los gestos de distanciamiento de los jeltzales también lo avivaron ayer al ponerse de perfil con el fracasado decreto de alquiler del Ejecutivo de Sánchez y al plantear una insólita solicitud de dimisión de la ministra de Sanidad, a quien responsabilizan de una huelga de médicos que afecta a Osakidetza. Sería una ingenuidad pensar que todo esto no va a pasar factura en Euskadi. Y más cuando el pulso se acompaña de un indisimulado giro del PNV hacia las posiciones de la izquierda abertzale sobre el euskera y una relación bilateral con el Estado. El deterioro de las relaciones nunca es buena señal. Y eso lo debería saber también el PSE tras el traumático final del pacto con el PP que mantuvo a Patxi López en Ajuria Enea hasta 2012. Una alianza que cayó en barrena por una inapropiada burla al lehendakari de su entonces socio.