INÉS ARRIMADAS-EL PAÍS

  • A todos se nos juzgará moralmente por lo que hagamos durante estos meses. Actuemos pensando en el interés general

¿Qué pensarán las próximas generaciones cuando analicen esta etapa tan desgraciada que nos ha tocado vivir? ¿Cómo juzgarán el papel que desempeñamos cada uno de nosotros en esta crisis? Son preguntas que suenan en mi cabeza desde que estalló la pandemia. Estamos sufriendo una catástrofe que en apenas unos meses ha segado la vida de más de 50.000 personas, destruido cientos de miles de empleos y comprometido el futuro de España. Es una tragedia mundial que, desde luego, no ha sido fácil de gestionar para ningún gobierno, pero la realidad es incuestionable: nuestro país presenta los peores números, tanto sanitarios como económicos, las previsiones más negras para los próximos años y una gestión marcada por la improvisación y la incertidumbre. Nadie duda de que la imagen de España en el exterior ha quedado gravemente dañada y costará mucho recuperarla.

A esto se añade que el separatismo y el populismo intentan aprovechar para sacar adelante su agenda de ruptura. Y hasta hemos visto a miembros del Gobierno, en medio de esta situación tan dramática, preocuparse de cómo rebajar las penas a políticos condenados por malversación y sedición o de atacar al Jefe del Estado. Mientras la sociedad civil respondía a esta crisis dando lo mejor de sí misma, demostrando una entereza y capacidad de sacrificio encomiables, la política ha aportado dosis insoportables de partidismo, bronca y división que a todos deberían avergonzarnos. Cuando más falta hacía responsabilidad, unión y altura de miras, menos ha habido. Ahora la cuestión es, ¿de verdad vamos a seguir así? ¿Cuánto tiempo más continuará esta dinámica destructiva?

Ahí están los resultados de todo esto, para sonrojo de los españoles. Soy la primera en denunciar cada uno de los gravísimos errores del Gobierno, pero al mismo tiempo me pregunto cada día qué puedo hacer para contribuir a que se rectifiquen y contener los daños de esta crisis en nuestra sociedad. Hay demasiado en juego. En estos meses se deben tomar decisiones cruciales para el futuro de los españoles y los representantes públicos debemos dedicar nuestros esfuerzos a ver cómo ayudamos a salir de esta.

Todo el mundo sabe lo que opino de este Gobierno y lo mucho que me esforcé para que no se formara ofreciendo la vía 221: un Ejecutivo asentado en una mayoría constitucionalista de PSOE, PP y Ciudadanos. ¿Cuántos disgustos nos hubiéramos ahorrado si Sánchez la hubiera aceptado en lugar de formar un Gobierno apoyado en una mayoría Frankenstein con populistas y separatistas? Ya eligió muy mal entonces y ahora tiene ante sí una nueva elección, igual de decisiva, ante la aprobación de los próximos Presupuestos Generales del Estado, que serán probablemente los más importantes de la democracia.

Esas cuentas deben servir para canalizar los fondos europeos y ofrecer un horizonte de esperanza para las próximas décadas. Ante Sánchez se abren dos caminos: el que le ofrecen ERC y Bildu, deseosos de sacar más privilegios para el separatismo, y el que le presentamos desde Ciudadanos pensando en ayudar a las familias españolas. Puede dejar que se imponga totalmente la agenda populista de Podemos o bien optar por un camino de reformas, sensatez y moderación. Puede negociar con los partidos de Rufián y Otegi la excarcelación de los golpistas y el reagrupamiento de etarras, o pactar con nosotros medidas buenas para los autónomos, trabajadores y pymes. Puede presentarse en Bruselas de la mano de partidos antisistema que anhelan la destrucción del proyecto comunitario o hacerlo junto a uno de los principales partidos liberales de la UE. Puede, en definitiva, optar por salvar la mayoría Frankenstein o salvar España.

En menos de dos semanas, debemos enviar a Bruselas el plan nacional de reformas necesario para recibir los fondos de la Unión. Y en lugar de debatir sobre educación, digitalización, innovación o empleo, asistimos atónitos a constantes ataques al Rey, al poder judicial y al conjunto de las instituciones democráticas. ¿No sería mejor consensuar las grandes reformas que necesitamos para las próximas décadas entre quienes sí creemos en nuestra democracia? ¿No sería mejor transitar por el camino de la estabilidad y la moderación?

La decisión es de Pedro Sánchez y de ella depende el futuro de España. Nuestro país difícilmente podría soportar que tomara por segunda vez la senda equivocada precisamente ahora. A todos se nos juzgará moralmente por lo que hagamos durante estos meses. Actuemos pensando en el interés general. No tendremos muchas más oportunidades para que, cuando miren atrás, las próximas generaciones puedan sentirse orgullosas de lo que hicimos en un momento crucial como este.