Juan José Solozabal-El Imparcial

Releo el «al paso» que escribí precisamente hace un año sobre la situación política del Reino Unido, cuando acababa de ser relevado el sexto primer ministro desde el Brexit. No era entonces muy optimista acerca de las posibilidades de que el premier Andy Burnham acertase a encontrar el camino. Por eso he leído con enorme interés el reciente artículo de Fintan O’Toole, analista de la New York Review of Books, a quien aprecio particularmente. Su valoración es, por el contrario, si lo he entendido bien, casi entusiasta: respalda decididamente los planes del señor Burnham para recuperar el rumbo del Reino Unido.

Burnham es, se nos dice, «un político dotado tanto de inteligencia emocional como de sentido moral», capaz de afrontar la transformación constitucional que había propuesto el informe de la Comisión sobre el Futuro del Reino Unido, publicado en 2022 bajo la presidencia de Gordon Brown, antiguo mentor de Burnham. El informe, que el premier Starmer dejó en un cajón, recomendaba una reforma constitucional de gran alcance: abolir la Cámara de los Lores, una institución absurdamente antidemocrática, integrada por cerca de ochocientos miembros designados y no elegidos, y sustituirla por una Asamblea electiva de las Naciones y las Regiones; transferir poder económico a las ciudades y localidades de Inglaterra; ampliar considerablemente el autogobierno de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, e incorporar a la Constitución el compromiso explícito de garantizar niveles de vida equivalentes en todo el Reino Unido.

O’Toole centra su análisis en la pretensión de Burnham de hacer frente a los propósitos separatistas de los dirigentes nacionalistas de las naciones británicas, expresados en una cumbre recién celebrada en Cardiff. En ella, John Swinney, del Partido Nacional Escocés; Rhun ap Iorwerth, de Plaid Cymru, y Michelle O’Neill, del Sinn Féin, firmaron una declaración conjunta en la que afirmaban que «el tiempo de Westminster está llegando a su fin».

Hay que señalar que la estrategia de Burnham parte, en buena medida, de aceptar la denuncia que estos dirigentes hacen del centralismo de Westminster: un sistema de gobierno extraordinariamente centralizado que produce una creciente centrifugación económica. En efecto, recuerda O’Toole, las distancias entre las regiones septentrionales y occidentales, por un lado, y las prósperas zonas de Londres y el sureste, por otro, se han agrandado progresivamente. Las desigualdades regionales británicas —en salarios, renta disponible, productividad, educación, salud y esperanza de vida— se encuentran entre las más acusadas del mundo desarrollado.

Lo que Burnham pretende es recuperar la prosperidad y el prestigio nacionales mediante un nuevo liderazgo de Inglaterra, apoyado en una suerte de nacionalismo renovado que contrapone las ventajas de la solidaridad y la unión a los riesgos de la separación. Se trataría de un nacionalismo solidario, capaz de recuperar los mejores logros de la Unión y, al mismo tiempo, de impulsar una redistribución territorial del poder. Un cierto manchesterismo que devuelva el protagonismo a las antiguas zonas desindustrializadas, abandonadas por la incuria de las élites tradicionales inglesas, y promueva una redistribución del gasto público en favor de las administraciones locales y las empresas públicas.

De ahí una de las iniciativas más características de Burnham: Number 10 North. Poco después de convertirse en primer ministro, anunció que establecería en Mánchester una sede equivalente al número 10 de Downing Street y que gobernaría desde allí al menos un día a la semana.

El proyecto de Burnham descansa, según O’Toole, en un fundamento ético difícil de discutir, que el propio dirigente presenta como un imperativo moral y emocional. Se trata de recuperar la memoria de una Unión que ofreció al mundo los sindicatos y el movimiento cooperativo, el Servicio Nacional de Salud y un país que se enfrentó al fascismo. Una Unión que representa la solidaridad frente a la separación. Gran Bretaña, admite Burnham, no es perfecta, pero sigue defendiendo algo que merece la pena salvar y por lo que merece la pena luchar. Y seremos siempre más fuertes, sostiene, si afrontamos juntos un mundo cambiante que si optamos por separarnos.

Este nuevo nacionalismo no necesita recurrir, como combustible emocional, a la idea del imperio, aunque no le viene mal apelar a un orgullo de clase muy inglés, arraigado en el socialismo obrero y en la tradición fabiana. La pregunta retórica que Burnham planteó en el congreso laborista (29 de Septiembre de 2026) resulta expresiva: «Dirigimos desde las Midlands y el norte de Inglaterra la primera Revolución Industrial del mundo. ¿Por qué no podemos dirigir también la siguiente?».

El mundo perdido podría convertirse así en un mundo nuevo, en el que Gran Bretaña, siempre que permanezca unida, volviese a ser una potencia mundial. Aunque, como apunta O’Toole, quizá sería más realista aspirar a convertirla en un miembro próspero y eficaz de lo que el primer ministro canadiense, Mark Carney, denomina las «potencias medias». Las ilusiones de grandeza no hacen sino obstaculizar ese propósito.

Quizá Burnham peque de ingenuo. Y ello por dos razones. En primer lugar, ¿ qué pensarán de estos planteamientos las élites políticas de las distintas naciones británicas, con sus respectivos parlamentos y gobiernos? Es indudable que estarán dispuestas a aceptar una redistribución del gasto público que las favorezca y que podrían beneficiarse de un desmantelamiento de las estructuras centralizadoras de Inglaterra. Pero no hay que olvidar que los planes de Burnham buscan, en último término, reforzar el liderazgo inglés, aunque sea dentro de un sistema renovado en el que Inglaterra constituya solo uno de sus componentes.

Y, por lo que hace a la propia Inglaterra, ¿podrá esta reforma imponerse a las inercias y los intereses de la clase política de Westminster? Queda, además, la verdadera cuestión de fondo: ¿es la descentralización el mejor instrumento para preservar la integración nacional? ¿O tenía razón aquel viejo conservadurismo inglés que siempre sostuvo que conceder una mayor autonomía a las naciones más pequeñas del Reino Unido no aplacaría sus sentimientos de separación, sino que terminaría por acentuarlos?