Editorial-El Español

La XXX Cumbre Iberoamericana ha arrancado este miércoles en Madrid con sólo diez de los veintidós países representados por sus jefes de Estado o de Gobierno.

El secretario general iberoamericano, Andrés Allamand, llegó a prever entre dieciocho y veinte líderes.

Después rebajó la cifra a catorce.

Al final han sido diez, con otros doce países representados por vicepresidentes o cancilleres.

El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, lo ha calificado de «gran éxito«, y la Moncloa se ha declarado «satisfecha».

Pero las sillas vacías están ahí. Y las más llamativas son las de la izquierda latinoamericana con la que Pedro Sánchez quería fotografiarse a menos de un mes de las elecciones del 29 de noviembre.

El 26 de octubre, Sánchez celebró así la reelección de Lula da Silva: «Lo que ha pasado en Brasil, pasará en España. La remontada del progresismo global acaba de comenzar».

Nueve días después, Lula ha mandado a Madrid a su canciller, Mauro Vieira.

La mexicana Claudia Sheinbaum ha enviado al suyo, Roberto Velasco.

El uruguayo Yamandú Orsi, a Mario Lubetkin.

La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, tampoco ha viajado.

El pasado 18 de abril, Lula, Sheinbaum, Orsi y el entonces presidente colombiano, Gustavo Petro, acompañaron a Sánchez en Barcelona en la cuarta reunión En Defensa de la Democracia. Pero Petro ya no gobierna. Y los otros tres no han venido.

Es justo reconocer que Lula, Sheinbaum y Orsi han alegado motivos de agenda. Lula viaja el 10 de noviembre a la COP 31 de Antalya. Sheinbaum tiene por delante la cumbre de APEC en China y el G20 de Miami. Orsi recibe al Papa León XIV el día 6.

También es cierto que han faltado presidentes de derechas, como la peruana Keiko Fujimori o el paraguayo Santiago Peña. Y que la cumbre de Cuenca, en 2024, reunió a todavía menos líderes. Sánchez ni siquiera acudió, por la dana.

Pero las agendas no explican el patrón.

Cuenca no era la cumbre de Sánchez, pero Madrid, sí. Era el escenario elegido para exhibir el liderazgo del presidente de la Internacional Socialista y para convertir la «remontada del progresismo» en una foto de campaña.

Y sus aliados han evitado aparecer en ella.

Sheinbaum, además, ha dirigido su carta de excusa a Zarzuela. Su interlocutor en España es el Rey, que reconoció en marzo los abusos de la Conquista y la visitó en México en junio. No lo es Sánchez.

En el caso de Orsi, según el semanario uruguayo Búsqueda, España «transmitió de manera informal su malestar». No parece que Moncloa lo haya vivido como una simple cuestión de calendario.

«Un texto de mínimos para una cumbre de mínimos»

Quienes sí han venido dibujan otro mapa. De los siete mandatarios latinoamericanos confirmados en la víspera, seis gobiernan países del Escudo de las Américas, la coalición de seguridad impulsada por Donald Trump.

El más ruidoso de ellos, Javier Milei, ha plantado este miércoles la inauguración en el Teatro Real y ha renunciado a la cena de gala en el Palacio Real. Había pedido una audiencia con el Rey y no ha obtenido respuesta.

Según Europa Press, habría sido la Moncloa, y no Zarzuela, la que no dio el visto bueno. Milei ha preferido citarse por la noche con Santiago Abascal.

Los insultos del argentino no tienen justificación. El 21 de octubre, en su anterior visita a Madrid, llamó a Sánchez «impresentable dictador». Pero el anfitrión ha logrado que le desairen a la vez la izquierda que no ha venido, y el líder más visible de la derecha, que sí lo ha hecho.

La declaración final será, según el propio Gobierno, «muy política y muy breve». Un texto de mínimos para una cumbre de mínimos.

Sánchez ha pedido este miércoles en Las Ventas que la cumbre sirva de revulsivo «ante aquellas potencias que hacen caso omiso a la legalidad internacional«. Y ha insistido: «Debemos seguir creyendo en el multilateralismo«.

Pero el multilateralismo de Sánchez es un ejercicio cada vez más vacío y en el que el presidente español ha acabado hablando solo en una habitación vacía.

El 18 de agosto de 2025, los principales líderes europeos acompañaron a Volodímir Zelenski en la Casa Blanca. Sánchez no estaba entre ellos.

En marzo, después de que España negara el uso de Rota y Morón para el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, Trump amenazó con «suspender todo comercio con España».

En junio, Friedrich Merz convocó en Berlín a Keir Starmer, Emmanuel Macron, Donald Tusk y Giorgia Meloni para preparar la cumbre de la OTAN. A Sánchez no se le invitó.

En julio, en Ankara, Trump llamó a España «socio pésimo en la OTAN». Y Sánchez quedó fuera de la mesa principal de la cena de gala de la Alianza.

No es una anécdota, sino una secuencia. Ignorado en Washington, apartado en Berlín y desairado ahora por los suyos en su propia casa.

Sánchez ha hecho de la confrontación con Trump y del liderazgo de la izquierda global las dos señas de su política exterior. La primera le ha dejado fuera de las mesas donde se decide. La segunda acaba de fracasar en Madrid.

El presidente se ha convertido en un paria internacional. No sólo entre quienes le combaten, sino también entre quienes deberían ser sus aliados naturales. Nuestro papel como eje vertebrador de la comunidad iberoamericana ha sido destruido por una política exterior del Gobierno, totalmente subordinada, como demuestra el intento de oficializar el catalán en la UE, a los intereses personales de Pedro Sánchez.

A veinticinco días del 29-N, Sánchez buscaba en Madrid la foto de un líder internacional. Pero la foto de Madrid no es la de un líder del progresismo global. Es la de un presidente que se ha quedado solo.