Francisco Rosell-El Debate
  • Ello abona la hipótesis de que hará todo lo que esté en su mano «por lo civil o por lo criminal», que decía el seleccionador Luis Aragonés a sus jugadores, para aferrarse al poder ante lo que se le avecina

Con toda probabilidad este verano de 2026, sin el dramatismo de aquel otro de hace 90 años que desató la Guerra Civil tras el fracaso empeño de una «República sin republicanos», esto es, sin demócratas, puede marcar el designio de España como nación y el porvenir de su régimen democrático. Todo por mor de la invasión marroquí de Ceuta al rendir el Gobierno sus fronteras al régimen del que se ha hecho tributario y el intento de Pedro Sánchez de valerse de la excepcionalidad de la crisis producida por esa «marcha azul» para acelerar el autogolpe hibrido que principió con el confinamiento del COVID-19. Si antaño Sánchez ambicionó arrogarse atribuciones extraordinarias por medio de un estado de alarma que el Tribunal Constitucional que presidía Pedro González-Trevijano, con la oposición declarada de su luego sucesor, Cándido Conde-Pumpido, consideró flagrantemente ilegal al anidar lo que el magistrado emérito de esa Corte de Garantías, Manuel Aragón Reyes, denominó «dictadura constitucional», hogaño sigue por la senda de ese bonapartismo incompatible con una Monarquía parlamentaria para despejar su horizonte penal.

Como en tantas otras cosas, Sánchez ejecuta en provecho propio aquello que le generaba insomnio en Pablo Iglesias como ese anhelo de una ruptura constitucional en los términos descritos por Karl Marx en «El 18 Brumario de Luis Bonaparte», es decir, a través de un liderazgo mesiánico y la utilización de unas clases sociales lumpenizadas. Para este fin, Sánchez no precisa leyes habilitantes para vaciar la Constitución, como las que derogaron la República de Weimar dejando el camino expedito a Hitler o anularon el «estatuto Albertino» para que Mussolini estableciera su dictadura, o para que Chávez y otras satrapías bolivarianas obraran lo propio, sino las «sentencias habilitantes» de «Casa Pumpido» derogando por la puerta falsa la Carta Magna. De esta guisa, Sánchez anhela en erigirse en encarnación del pueblo, como lo es ya del PSOE, asistido por un Tribunal Constitucional que se ha autoasignado ser la máxima instancia judicial expropiando de esa prerrogativa constitucional al Tribunal Supremo. Todo en pos de una república plurinacional con la que, en comunión con sus socios separatistas, escapar de la Justicia.

Todo ello lo transparentó en su obsequiosa entrevista en la cadena SER del lunes en la que se esponjó como una magdalena empapuzada que, al desprendérsele algunos trozos sobre el tazón, salpicaron a propios y a extraños. Así, para exonerar a Mohamed VI de la invasión de Ceuta al ser su feudatario desde el hackeo de su teléfono móvil, debiendo entregar el exSahara español como prenda, puso perdido al Rey de España al que degradó a mero actor político.

Como Sánchez habla por sus aparentes lapsus, de la misma manera que aprovecha los vacíos constitucionales para saltarse la ley, como hizo con la amnistía para comprarle la investidura al prófugo Puigdemont, su aparente error sobre el tiempo que lleva reinando Felipe VI -más de veinte años aseguró, en vez de los doce que lleva- y contraponerlo a sus otros años de mandato, trasladó su ambición de perpetuarse como monarca republicano. A ello coadyuvó su apreciación de seguir en La Moncloa al no apreciar la necesidad de alternancia en España, algo consustancial en una democracia, cuya esencia reside en la capacidad de echar del poder a los malos gobiernos de forma pacífica, en vez de hablar de alternativa de Gobierno, aspecto éste último sobre el que han bromeados todos los presidentes en ejercicio.

Ello abona la hipótesis de que hará todo lo que esté en su mano «por lo civil o por lo criminal», que decía el seleccionador Luis Aragonés a sus jugadores, para aferrarse al poder ante lo que se le avecina. O como manifestaba en 2016 el dirigente socialista extremeño Francisco Castañares al vaticinar que, dado lo que les había costado desalojar a Sánchez de la secretaría general, daba por hecho que, si arribaba alguna vez a La Moncloa, no lo iba a sacar ni la Guardia Civil. Tal que así, como recordábamos la noche del lunes en El Cascabel de Trece TV

Para contraponer su «horizonte penal» con su «horizonte plebiscitario», la amable entrevista reafirma en la idea -anticipada en estas páginas bajo el título «Puente hace de liebre de Sánchez ambicionando ser galgo»- de que Sánchez avalaría a su ministro-matón tras calificar de «absoluta ignominia» que Felipe VI se dejara fotografiar devolviéndole el saludo a un yonqui de la notoriedad en la toma de posesión del presidente colombiano en un retuit de un perfil anómico de la red social X que reclamaba una República para luego atizarle de nuevo por «haber cruzado una línea roja». Un pitbull no muerde a su «Puto Amo», sino que sigue sus órdenes. Por eso, en cuanto ha salido de su inmersión vacacional, ha recobrado el momento epistolar de 2024 para agitar el pendón de la plurinacionalidad, mientras tantea que Ceuta sea cisne negro proveyéndole de la anomalía que busca todo pescador de aguas turbias.

A este respecto, las estrategias expansionistas del reino alauita y de retención del poder de La Moncloa convergen. De un lado, la cronificación de la «causa belli» ceutí hace que la ciudad mute en invivible al perder su seguridad y salubridad favoreciendo que caiga como fruta madura en manos del sultán y se transforme en una especie de Gaza propiciando la excusa perfecta para que esa anomía redunde en favor de la estrategia bonapartista de Sánchez. En este sentido, después de anular la labor diplomática que el Rey podía haber hecho con Marruecos procurando la conllevancia entre vecinos que no se eligen sino que impone la implacable geografía y el veto para que Don Felipe pudiera visitar la ciudad, la rectificación de Sánchez sobre el viaje a Ceuta puede redundar en una estancia trampa para una Corona que debía haberlo hecho de motu proprio al no haber ningún impedimento para ello más allá de las quejas de reglamento de la diplomacia alauita.

Al presentar Sánchez a Don Felipe como un contendiente para borrar de ese papel a Mohamed VI, todas las sospechas son pocas con un Sánchez que lució chaleco de tahúr en pleno ferragosto en la entrevista radiofónica emulando a su teleñeco Javier Ruiz. Un atuendo a destiempo, pero adecuado para disparar en todas las direcciones, salvo contra un Marruecos que supedita la política española desde el 11-M de 2004 a resultas del cual Zapatero fue presidente por accidente y Sánchez persigue eternizarse con su autogolpe híbrido con los resortes del Estado que coloniza.

Sin embargo, ayer con el golpe separatista de Cataluña y hoy con la invasión de Ceuta, que luego Sánchez ha aprovechado en su favor después de plantarse contra ambas en un primer momento, hay quienes se empecinan en blandir que no sucede lo que está ocurriendo al no permitirlo la Constitución. ¡Como si fuera un freno para quien emula a sus hoy socios con otro autogolpe híbrido como aquel del 1-O espoleado para escapar del callejón en que se ha metido en Ceuta y de la corrupción que le acecha!

Si bien algunos ciudadanos no coligen lo mucho que España se juega con Ceuta, a partir de las concentraciones de esta noche en las plazas consistoriales, se podrá ver si los españoles están dispuestos a resistir este doble desgarramiento territorial y constitucional de Sánchez, aunque, a veces, episodios de enorme calado originan aturdimiento y confusión como al personaje stendhaliano de Fabrizio del Dongo, quien no se percató de haber librado la crucial batalla de Waterloo. Como narra Stendhal al inicio de «La Cartuja de Parma», este héroe romántico y combatiente de la Grande Armée pasó la jornada histórica del 18 de junio de 1815 en un estado tal de desconcierto y desorientación que no apreció, tras luchar a brazo partido contra ingleses y prusianos, que había asistido en primera fila al ocaso de un imperio y a la génesis de un nuevo orden europeo.