Pedro García Cuartango-ABC

  • El inquilino de La Moncloa empieza a parecerse al protagonista de ‘Yo el Supremo’, la novela de Roa Bastos

Decía Stendhal que el poder, después del amor, es la primera fuente de felicidad. En algunos líderes políticos, el deseo del poder es más fuerte que el amor. La prueba es la resistencia que muestran cuando tienen que abandonarlo. Ni la droga más fuerte es tan adictiva como el ejercicio del poder.

Muchos dirigentes con mandatos largos fueron incapaces de dejar su cargo de forma voluntaria. Thatcher tuvo que irse por una conspiración de sus compañeros de partido, Kohl sufrió la mancha de ser acusado de financiación ilegal tras 16 años en la Cancillería y Mitterrand prefirió seguir en el puesto pese a su deterioro físico y mental. Los tres son la demostración de que el poder es una adicción de la que uno no se cura.

La reflexión viene a cuento sobre las palabras de Pedro Sánchez en ‘El País’ cuando afirma que un gobierno del PP y Vox supondría un retroceso de 50 años. Dicho con otros términos, que los españoles tendrán que elegir dentro de un mes entre él, que representa la libertad y el progreso, y una derecha que hará retroceder a España a los tiempos del franquismo.

Unas palabras que pretenden convertir las elecciones en un plebiscito sobre su persona y que desprenden el tufo autoritario y antidemocrático de un gobernante que se cree por encima del bien y del mal. O Sánchez ha perdido el sentido de la realidad o es un autócrata que no acepta la alternancia.

El inquilino de La Moncloa empieza a parecerse al protagonista de ‘Yo el Supremo’, la novela de Roa Bastos, en la que un caudillo, que se considera elegido por el destino, persigue con saña a los autores de un pasquín que considera injurioso. El personaje es un trasunto de José Gaspar Rodríguez de Francia, autoproclamado «dictador supremo de la República» en 1816, convencido de que él y sólo él tenía legitimidad para gobernar Paraguay.

Sánchez parece sugerir no sólo que la nación le necesita cuatro años más sino también que los electores deben ignorar la corrupción, los abusos y el deterioro institucional para evitar una alternancia que resulta buena para otros países, pero mala para España. Y ello mientras se convierte en juez que dicta la absolución de García Ortiz, condenado por el Supremo, porque él sabe que es inocente y que, por ello, tiene que ser indultado.

Ignoro si Sánchez ha leído a Bodino, pero sus declaraciones parecen impregnadas de la filosofía de este jurista francés del siglo XVI, que llegó a defender la Inquisición con el argumento de que era infalible por inspiración de Dios. El presidente del Gobierno no se considera infalible, pero sí legitimado para actuar sin contrapesos ni controles porque el fin de frenar a la derecha justifica cualquier medio. Lo ha dejado muy claro: o él o el caos. Una demostración de que sólo piensa en sí mismo y de que se cree elegido por una mano invisible para gobernar ‘sine die’.