Iván Libreros-Vozpópuli

  • El Pleno de ayer escenificó el principio del fin de un Ejecutivo agotado, enfrentado entre sí y con demasiado que ocultar en la invasión de Ceuta

El Gobierno afrontaba ayer uno de los exámenes más difíciles de la legislatura, y lo suspendió con estrépito. No pudo, supo ni quiso arrojar luz sobre las causas y culpables que estuvieron detrás de la terrible invasión que sufrió Ceuta el pasado mes de julio. Los rostros desencajados fueron el espejo de un alma, la del sanchismo, completamente marchita y a expensas de que alguien ponga fin a un camino tortuoso. Como escribió el poeta Miguel Hernández en su ‘Elegía a Ramón Sijé’, “temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rondando por el suelo”.

Un mes después de los hechos, con el pueblo ceutí absolutamente abandonado y aterrado por los ilegales que aún campan a sus anchas en la ciudad autónoma, el presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, subió a la tribuna del Congreso para repetir el mismo argumentario fallido y obsoleto con el que sus satélites mediáticos llevan bombardeando a la opinión pública más de cuatro semanas. Hubo una entrada masiva, sí, pero todo se coordinó con eficacia en una operación poco menos que fantástica, en absoluta coordinación con Marruecos, huérfano de cualquier culpa en todo ello. Todo aderezado con la internacional ultraderechista y la desinformación, ingredientes imprescindibles en cualquier intervención de Sánchez.

Un ejercicio de proselitismo que no convenció a nadie, tampoco a los pocos ministros que aún osan dudar del líder. El mejor ejemplo lo vimos en Margarita Robles durante todo el Pleno: apagada, sin aplaudir las intervenciones y con ganas de marcharse de allí desde que puso un pie en Carrera de San Jerónimo. Al otro lado de la balanza, Fernando Grande-Marlaska, el gran perdedor de esta ‘guerra’ entre ministerios. El informe policial lo ha desnudado por completo, dejando en manos de Sánchez su continuidad, aunque la lealtad profesada en estos ocho años es buena señal de que no abandonará el barco a pesar de la marejada.

Un Gobierno en descomposición

El poso que dejó la jornada fue de que el Gobierno ha entrado en fase de descomposición, y que nada ni nadie puede salvarle. Por los pasillos de la cámara fijan marzo como mes electoral, consciente de que lo sucedido en Ceuta es “la guerra de Irak” de este Ejecutivo. Sánchez no convence a su parroquia, y se comporta de manera errática y aislada, ajeno a todo, a excepción de Marruecos. Feijóo lo sonrojó con Pegasus, y este contestó, tras el receso a mediodía, con desvaríos sobre el ático, los incendios en Galicia durante la presidencia de la Xunta y otros expedientes que sonaban a disco rayado.

No va a haber Presupuestos, ni tan siquiera van a intentarlo a pesar de las promesas, y lo que resta de legislatura se antoja un gran “sálvese quien pueda”. Los menos acérrimos intentará despegarse de los estertores del sanchismo, y los fieles sin solución caerán con el líder cuando las urnas lo decidan. Nada parece indicar que Ceuta vaya a mejorar de forma sustancial hasta que se produzca un cambio de Gobierno, especialmente si el presidente del país cree que no hubo una invasión y que todo se organizó en grupos de Facebook.

Lo que prometía un regreso a la actividad política de postín tras las vacaciones acabó siendo una deslavazada prueba de supervivencia de Moncloa, quien además tuvo que lidiar con una buena versión de Feijóo y Abascal, claramente sabedores del momento que atraviesa la nación. La manifestación en defensa de Ceuta, convertida en un plebiscito contra el sanchismo, tampoco ayudó a preparar el terreno para la jornada de ayer en la cámara baja. España sabe que esto se acaba y quiere acelerarlo lo máximo posible.

Sánchez solo encontró consuelo en Sumar, ni tan siquiera en Podemos, quien atacó al presidente por su servilismo con Marruecos. Quién nos lo hubiera dicho hace cuatro años. La política, amigo. El turno de la tarde fue un larguísimo epílogo que poco o nada aclaró, pero que testó el sentir de la inmensa mayoría de grupos parlamentarios, incluidos los de la coalición: cansados de mentiras y preocupados por no ser “la siguiente Ceuta”. Fin de la partida.