José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • La descomunal engañifa del sanchismo descarriló en Adamuz. Ya no le salvan ni Gaza, ni Trump, ni siquiera Ayuso

“Es un día largo…” Risas de los periodistas en clave de rechifla. “En serio. Llevamos unos días largos y tengo que volver a Madrid”. Cinco jornadas después de la catástrofe de Adamuz, Pedro Sánchez atendía por vez primera a los periodistas. Era la noche de este jueves en Bruselas, tras la reunión de un Consejo Europeo en el que el presidente del Gobierno español pinta tanto como un gerundio en un titular de prensa. Sólo Trump lo tiene presente para darle de bofetadas y recordarle que España es el único país de Europa que no ha incrementado el gasto en Defensa.

Quitarse de en medio. Escapar. Salir del foco. Alejarse del tren, tirarse en marcha. Cree que caerá de pie, como siempre. En los momentos complicados, Sánchez no existe. “Son las cinco y aún no he comido”, dijo cuando las mordidas de Cerdán. “No hemos podido dormir mucho”, cuando la flotilla de pacotilla de Gaza, aquel esperpento de after marino. “Yo estoy bien”, cuando la Dana ya se había cobrado más de doscientas vidas. Nada que aparezca más allá de su metro cuadrado (salvo Begoña y el hermanísimo) le preocupa. Nada más allá de su ombligo le interesa.  Cinco días y 45 muertos después, Sánchez apenas ha concedido dos minutos para atender una pregunta sobre la tragedia. Los otros ocho minutos de su acelerada comparecencia se centraron en Trump y Groenlandia, su nuevo juguete dialéctico, su trampantojo político para la nueva agenda. “El gobierno asume todas las responsabilidades”, aseveró. ¿Y? ¿En qué consiste eso asumir responsabilidades? ¿Alguna dimisión? ¿Algún cese? Teresa Ribera nada asumió por el Barranco del Pollo. Ni Sara Aagesen por el gran apagón. Ni Salvador Illa por los 130.000 muertos de la pandemia. Al contrario, se les ascendió “a todos y todas”.

Periodistas sin preguntas

El día después del cataclismo ferroviario, el presidente del Gobierno efectuó una visita relámpago al lugar del dolor y allí depositó una pequeña parrafada contra los ‘bulos’ y las ’desinformaciones’. Obsequió una mirada de odio a la periodista que, ante el silencio de sus congéneres, osó deslizar un respetuoso “¿por qué no hay preguntas?” Pues porque no. Sánchez sólo habla en la Ser y en Telepedro. Cuando la pandemia aparecía en su “aló presidente” cotidiano acompañado de cuatro uniformados, cuatro, mientras su mayordomo de comunicación, un Oliver, organizaba hilarantes ruedas de prensa en las que sólo intervenían los periodistas del régimen y algunos voluntariosos reporteros de ignotas gacetillas locales de tanta difusión como la última peli de Amenábar (financiada con lo nuestro).

La consigna del Ala Oeste es que no comparezca más ministro que Puente, y, según salga del experimento, se le defenestra o se le mantiene. Marlaska puede hacerlo esporádicamente, siempre en compañía de un uniformado, por si le da por escabullirse, un suponer. El jueves lo hizo junto a un teniente coronel que exhibía “esa rigidez de virgen onanista”, diría Fitzgerald. Cómodo no estaba el hombre. El ministro tampoco con esa sonrisa de comadreja, de ratón de campo, mientras eludía las preguntas imprescindibles -”¿cuánto tardó la guardia civil en llegar al Alvia?”- y repartía respuestas tan truchas como las cartas de un crupier tramposo.

Moncloa ha ordenado silencio. Todo el Gabinete mudito mientras escampa el tormentón. Mientras se difuminan las huellas del delito. Escasez de inversiones en infraestructuras, revisiones chapuceras de las vías y un esfuerzo en el mantenimiento tan mínimo como el número de neuronas de la ministra de Vivienda. O sea, la estrategia del apagón. Emitir informes confusos, explicaciones enrevesadas que conducían a una conclusión: no se sabe qué ocurrió aquella fatídica fecha y, además, las eléctricas son muy malas que quieren ganar dinero.

El problema de las vías rotas

Óscar Puente, gran actor, se ha travestido estos días en un funcionario severo, ha modulado los gritos, ha aparcado los insultos, se ha despojado de los usos de bulldog y ha dedicado largas horas a comparecer por los platós para recitar la misma cantinela. Se sabe lo que no ha pasado pero se desconoce lo que pasó. Es decir, ningún fallo humano, ni de su Ministerio, ni de Adif, ni de Renfe,…hasta que los expertos despejen las dudas. Mal le pinta porque el primer informe técnico publicado este viernes apunta a una fractura fatal en la vía. Más o menos lo que se sospechaba e intentaba camuflar. Es lo mismo, Puente aducía que las vías se rompen con frecuencia y que él es ‘muy transparente’.

La cuestión es que ya no cuela. Los maquinistas llevan denunciando averías e incidencias desde hace meses. Han convocado una huelga de tres días. En los últimos meses, los retrasos, parones, pasajeros escapando por las ventanas de los vagones, convoyes ardiendo, ha sido el pan de cada día. El ferrocarril ha pasado de transporte amigable a escenario de pesadillas. El tinglado de la gran farsa se desmorona. Es una verdad unánimemente establecida que en España sólo funciona la Agencia Tributaria. La Administración renquea o ni se mueve, los servicios públicos están oxidados, las patrañas del Gobierno se estampan contra la realidad, las trolas le estallan en la cara, las mentiras le dejan en pelotas. El relato oficial, ese Santo Grial del sanchismo, está desportillado. Nadie, salvo la grey fanatizada de la secta, se traga la cascada de embustes que emergen desde las instancias oficiales, con Puente a la cabeza. La descomunal engañifa del sanchismo descarriló en Adamuz. Ya no le salvan ni Gaza, ni Trump, ni siquiera Ayuso.

Demasiado tarde

«Por muy mal que estuviera la situación ayer, siempre será peor hoy». Seis días después del cataclismo cordobés, las explicaciones de Puente, lejos de tranquilizar, han disparado la incertidumbre. Sus teorías sobre la inevitabilidad de los accidentes o lo irremisible de los descarrilamientos no alimenta precisamente la calma. Ya apuntó maneras cuando, nada más llegar al Ministerio y tras sobrevenir un accidente no mortal, advirtió de que las infraestructuras de la red están viejas y que podrían sucederse episodios complicados y hasta incendios. Desde entonces, poco ha hecho por revertir la situación salvo dedicar el cuarenta por ciento de su tiempo a emitir tuits salvajes contra todo lo que se mueve en su contra. Un hotentote desbocado y más falso que una campana rajada.

Sánchez juega la baza de Ovidio: Bien vive quien bien se oculta. El galguín de Paiporta tiembla. Tras conocer el contenido del primer informe técnico, tan desfavorable, sea, comparecerá en el Congreso ‘a petición propia’ y sin fecha fija. El PP lo reclamó el jueves. Allí explicará que él nada tuvo que ver, que un cúmulo de factores inevitables se coaligaron en la catástrofe y que la culpa es de la ultraderecha que politiza hasta a las víctimas. Demasiado tarde. Demasiada desesperación, demasiado hartazgo. Han sucedido tantas cosas que le será imposible seguir. Quizás, como el Willie de Paul Auster, caiga desplomado antes de enterarse de que está muerto.