Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • No parece que vaya a serlo, aunque algunos se conformarían con que al menos precipitara el principio del fin

El PSOE existe porque hay todavía mucha gente que cree que existe. O simplemente quiere que exista. Y porque las siglas, a pesar de todo, aún resisten. Este PSOE, lo sabemos, lo saben, no es el PSOE que durante décadas se instaló con mayor o menor éxito en la centralidad. Y cuanto antes asuman esta evidencia los que estén pensando en rescatar al partido del extravío al que le ha empujado la desmesurada ambición de Pedro Sánchez, antes empezará la reconstrucción. Pero, ¿es posible la reconstrucción?

Ave, Pedro, los que van a morir te detestan

Esa es la primera duda que habrán de despejar los que llevan tiempo esperando una oportunidad para levantar la voz con opciones de ser escuchados. ¿Hay que dar una oportunidad a las siglas o estas son ya un lastre demasiado pesado? ¿La prioridad es rescatar al partido o hay que darlo por amortizado para volcarse en un nuevo proyecto más transversal y alejado del populismo?

Es indudable que, en términos de marketing político, la marca PSOE ha sufrido un considerable deterioro. Aún así, la primera opción, el esfuerzo por tratar de reconducir el rumbo de una nave que hace aguas, sería comprensible si existiera la más mínima posibilidad de, al menos, abrir un verdadero debate interno sobre la conveniencia (más bien imperiosa necesidad) de revisar el liderazgo y la propuesta política que la organización hace a los españoles.

Enésimo fracaso

Sánchez ha sacado al PSOE del que fuera su sitio natural. Y lo ha hecho sin resistencia, mediante una profunda alteración de los mecanismos de funcionamiento interno, y suprimiendo cualquier atisbo de debate y controversia. Si alguien está mirando estos días con arrobamiento lo del Reino Unido, que se vaya olvidando. El Partido Laborista estará hecho unos zorros, pero conserva de puertas adentro contrapesos y canales de contraste democrático de pareceres que aquí vemos como excentricidades propias del humor negro británico (da igual a qué partido mires y cuándo leas esto).

Ahora, el líder supremo se dispone a digerir el enésimo fracaso. Su fracaso. Lo que ocurrió en Andalucía en diciembre de 2018 (victoria insuficiente del PSOE y gobierno de coalición PP-Ciudadanos con el apoyo de Vox), fue fruto de años de desgaste; lo que vino después, la mayoría absoluta del Partido Popular, es el resultado de una apuesta que ha combinado la metamorfosis populista de Sánchez con una selección de candidatos más diseñada para reforzar el control territorial del partido que para defender los intereses de los andaluces.

No es posible explicar en Andalucía (o en Extremadura) el salto sin red de la absoluta hegemonía socialista a la del PP, en plazo tan breve, sin tener en cuenta la variable de una estrategia de retención del poder central apoyada en la extrema izquierda y los partidos independentistas. Y lo que va a confirmar el 17 de mayo a esa izquierda moderada a la que seguimos llamando socialdemocracia, es que, para sus intereses, enarbolar sin complejos la bandera de la sustitución de Sánchez ya no es una opción, sino una necesidad.

¿Queda vida socialdemócrata en el PSOE?

Y es aquí donde es preciso plantear la segunda duda: Si fuera verdad que hay vida socialdemócrata dentro o fuera del PSOE, ¿cuándo es el momento de poner las cartas sobre la mesa? Nicolás II, tras su humillante derrota en la guerra contra Japón (1905), culpó a sus generales, a la burocracia, a los agitadores, al sursuncorda; a todos menos a sí mismo. El Zar nunca admitió que su liderazgo autocrático y su incompetencia militar precipitaron la crisis. Jamás asumió su responsabilidad: “Yo no he fallado; me han fallado”. Ese será el patrón. Pobre María Jesús.

¿Cuándo es el momento? Probablemente sea ahora, o quizá ya no haya otra oportunidad. Porque puede que Sánchez vuelva a coger a todos con el pie cambiado y convoque elecciones. O puede que haga algo peor: que levante todavía más el muro, que para eludir la responsabilidad de la derrota se acabe subiendo al carro de irresponsables sandeces -como esa de la España plurinacional que estos días hemos oído predicar por estudios de radio y platós de televisión-, y eleve la temperatura de la polarización a extremos insoportables.

¿Quién desde dentro se lo va a impedir? ¿Quién de los 53 miembros de la Comisión Ejecutiva Federal (53, pocos me parecen) va a levantar la mano y pedir al menos explicaciones, en serio, no con la boca pequeña? ¿Alguien cree que el Comité Federal convocado el 27 de junio -largo me lo fiais- va a servir para algo que no sea el apuntalamiento del blindaje del puto amo ante el riesgo de “involución”?

Es ahora, y no es que no vaya a haber otra oportunidad; es que lo más probable es que si se deja pasar esta, ya después sea demasiado tarde, y los que estén pensando en dar un paso al frente hayan perdido toda credibilidad. Y contestando a la pregunta que encabeza este artículo: No, Andalucía no será el fin del sanchismo, pero serviría con que fuera el principio del fin, una posibilidad que no rebasará la condición de improbable conjetura si en lo que se confía es que se active desde dentro del partido.