Olatz Barriuso-El Correo
En 2018, cuando el PNV decidió apoyar la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a La Moncloa, el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría sobre el escaño vacío de Mariano Rajoy se convirtió en el icono pop de la derrota de un presidente que, en su caída, se atrincheró con los suyos en una sobremesa eterna de whisky de marca y puros en el restaurante Arahy. Antes de eso, Sabin Etxea había sugerido a Rajoy que dimitiera y permitiera la investidura de la vicepresidenta como salida de urgencia a la sentencia que condenaba al PP por lucrarse con la ‘Gürtel’.
Ayer, en una nueva pirueta de la historia repetida como farsa, fue Mìriam Nogueras –hay que agradecer a la portavoz de Junts que innovara en una sesión presidida por el ombliguismo de sus señorías, hablando con descaro para sus parroquias– la que pidió a Sánchez que se haga un Starmer y deje paso a un Andy Burnham español sin necesidad de convocar elecciones. La idea, obviamente, no prosperará porque, pongamos, Soria no es Manchester y porque Sánchez ya se ha hecho a la idea de morir con las botas puestas y de resistir aunque Rufián se lo afee con maneras de un José Mota de Santa Coloma.
Pero el paralelismo se hacía evidente: aunque el presidente estaba de cuerpo presente en la Cámara, perimetrando un incendio que ya le ha devorado aunque él no lo quiera admitir y jugando al ‘y tú mas’ por el que también le riñó Rufián, Sánchez está también ya oficialmente atrincherado. No en un comedor de postín como Rajoy, sino en su propia sonrisa –congelada– y en su estudiado desenfado bronceado y sin corbata. Viéndole, y escuchándole, resultaba inevitable pensar en ‘The show must go on’, la inolvidable canción de Queen y en ese estribillo inmortal en el que Freddy Mercury canta que el espectáculo debe continuar aunque, por dentro, el corazón se rompa y el maquillaje se cuartee.
Esa fue exactamente la impresión que transmitió el pleno de este miércoles en el Congreso, una gigantesca y brillante tramoya para sostener la nada mientras Sánchez subía la apuesta preguntándose «cómo no vamos a continuar» y Feijóo le espetaba «la corrupción es usted» como podía haber dicho ‘poesía eres tú’. Dure lo que dure –la impresión general es que las elecciones serán en febrero o marzo–, la legislatura está ya muerta y enterrada, pero la pregunta no es tanto si el Gobierno, y el show, deben o no continuar sino para qué. El mejor ejemplo de los efectos perniciosos de huir hacia delante como única estrategia es que si Sánchez decidió dilatar un mes su comparecencia a petición propia en el Congreso para que el Mundial, las rebajas y el calor diluyeran la corrupción en el caldo pastoso de la canícula, la jugada no le ha salido bien. Por el camino le estalló la sentencia del ‘caso mascarillas’, la primera verdad judicial firme sobre la podredumbre en su entorno, y sólo en el tiempo que duró el pleno de ayer brotó una nueva ramificación del comisionista Zapatero en Bolivia, la Fiscalía pidió ocho años para Tito Berni y acabó de eclosionar la trama soriana, por si éramos pocos.
Acertó el PNV al señalar que esta guerra banderiza sólo puede acabar mal, con el sistema sumido en el descrédito y carcomido por el populismo. No acertó tanto cuando volvió a silbar mirando al techo y en una calculada equidistancia empezó a atizar al PP con furia para que quede claro que está en campaña, que es muy de centro y que sólo se casa con Euskadi.