LUIS VENTOSO-EL DEBATE
  • En Francia, Inglaterra o Italia lo venerarían como un tesoro nacional, aquí ya ni puede hacer películas

La persona de la que vamos a hablar no leerá este artículo, porque es un auténtico privilegiado: no tiene ordenador, ni tampoco teléfono móvil. La felicidad absoluta. Imagínense qué burbuja de calma, qué paz. Sus textos salen de una máquina de escribir de antaño, su teléfono es fijo y de cable y continúa leyendo periódicos de papel, tan entrañables como ya moribundos. Madrileño de ancestros asturianos, en enero le han caído los ochenta tacos. Pero si dijese que tiene 73, colaría, porque se conserva como un vivaracho Dorian Gray. Se trata de un personaje de mirada pilla y reflejos parlanchines, lo cual en su caso supone una bendición para su interlocutor, porque es uno de los mejores oradores que he conocido, por su almacén de memoria, cultura variada y gracia para contar lo elevado con un barniz popular y ojo para reparar en las constantes paradojas de la vida.

Hace unos días tuve la ocasión de hacerle una entrevista a José Luis Garci y charlar un rato. Aunque ya lo conocía y aunque es muy afable y próximo, siempre me inspira cierto respeto estar con él, porque lo que ha conseguido es increíble, un logro casi de cuento: un muchacho empleado en un banco de Madrid y aficionado al cine que a los 39 años acaba ganando un Oscar de Hollywood, el primero para una producción española. Clint Eastwood continúa rodando películas con 93 años. Pero a Garci se le da ya por retirado a sus espléndidos 80. El último título que filmó fue la acertada El crack cero, de 2019. Cree que será la última, por una razón tan sencilla como implacable: no encuentra pasta (y a estas alturas tampoco tiene ganas de ir a venderle una idea a las plataformas, sentado frente a cualquier productor niñato, probablemente hiperideologizado en la línea que ustedes imaginan).
Cuando en 1983 José Luis García Muñoz –Garci para el arte– logra la insólita proeza de hacerse con un Oscar, el inefable periódico proPSOE dedica al asunto un editorial displicente, titulado «El ‘oscar’» (de manera reveladora en minúsculas). En el texto desprecian a Garci como «un realizador todavía menor» y apuntan: «Hay que decir que la filmografía en nuestra lengua tiene obras muy superiores a la ahora galardonada, y guionistas y directores más cuajados».
¿Por qué adoptaron ese soniquete despectivo ante lo que suponía una auténtica gesta para la cultura española? Pues es evidente, porque Garci no era de izquierdas. «Yo nunca he sido progre», resume él mismo. Y no estamos hablando de una persona ideologizada. Se trata de un liberal moderado, cuya atención no está realmente fijada en la política, sino en el cine, y luego en los libros y la música (y en las mujeres y el dry martini: «Cuando un amigo de mi quinta deja de tomarlo, me digo, uy, a este le queda un año. Y no suelo fallar», se ríe de su humorada negra).
Huelga decirlo: si Garci fuese de izquierdas sería carne de homenajes públicos y seguiría rodando sin problema alguno. En Francia, Italia o Inglaterra lo venerarían como un tesoro nacional. Aquí ya no puede hacer películas, porque no colmulga con el correcto credo. Desde los años de la Transición hasta hoy en España han cambiado muchas cosas. Pero hay una que se mantiene intacta: la apisonadora de la izquierda domina con mano de hierro la cultura y la educación pública. Ese rodillo explica que muchos disparates políticos que estamos sufriendo se hayan podido consumar.
Creo que a Garci le queda dentro al menos una gran película: la de la mirada retrospectiva de su generación, que arrancó su vida adulta con las mayores ilusiones y asiste estupefacta a como España vuelve a meterse en un jardín. Ojalá que la escriba y la filme. Pagaríamos por verla.