Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Pudiendo hablar de los hábitos sexuales de los candidatos, ¿qué interés tiene debatir en esta campaña sobre la herencia política de ETA?
Me cuesta trabajo escribir de esto. Es un tema que los que lo vivieron y sufrieron por lo general prefieren olvidar y a los que han crecido sin el azote del terrorismo les importa más bien poco. Y, sin embargo, es nuestra obligación recordar en cada cita con las urnas que aquello pasó. Que en este país hubo un grupo que, según el recuento de 2011, asesinó a 856 personas, secuestró a casi un centenar, extorsionó a miles de empresarios y mandó al exilio a más de 200.000 vascos.
Soy consciente de que es este un tema antipático para muchos, que no invita a la lectura, pero justo ahora, cuando estamos en puertas de una nueva elección, es imperativo rebobinar y advertir al votante que prefiere seguir mirando para otro lado que entre 1978 y 1980, justo cuando intentábamos consolidar una democracia todavía ingrávida, la aportación de unos gudaris de mierda fue poner encima de la mesa 244 muertos. Solo en tres años.
Es ahora, al cumplirse 15 años del día en el que unos encapuchados, anunciaban el fin de la “lucha armada” en nombre de ETA, cuando es oportuno enfatizar que aún siguen sin ser esclarecidos unos 350 asesinatos cometidos por este grupo terrorista mientras sus herederos políticos, integrados en una formación llamada Bildu, siguen reivindicando la utilidad de aquellos crímenes al situar en sus listas a destacados miembros de la banda, como el que en los años 80 fuera el responsable de su brazo político.
La independencia no da de comer
Desgraciadamente, de aquí al 29 de noviembre apenas se hablará de esto. Ni de que el fiscal coordinador de Vigilancia Penitenciaria de la Audiencia Nacional dejó de recurrir 13 progresiones a tercer grado consecutivas de miembros de ETA tras el acuerdo PSOE-Bildu que negoció Santos Cerdán y que permitió a Pedro Sánchez revalidar el gobierno en 2023.
Tampoco recordaremos aquella frase de Arnaldo Otegi, pronunciada en octubre de 2021: «Tenemos a 200 presos en la cárcel y si para sacarlos hay que votar a favor de los Presupuestos, pues los votaremos”. Óscar Puente dijo no hace mucho que Bildu tiene el mismo derecho a la vida política “como el que más”. ¿Ah sí? El argumento de los que defienden el pacto con los independentistas vascos es que están donde queríamos que estuvieran, dentro del sistema. Pero yo no estoy tan seguro. Más bien creo que son ellos los que casi están donde querían estar y los demás donde nunca imaginábamos que íbamos a acabar.
Si digo casi es porque no han logrado el que fuera su propósito principal, la independencia. Ocurre que tal cosa ha pasado a formar parte de una mitología que alimenta el relato sabiniano de la pureza de sangre, pero hasta ahí. No da de comer. Con la independencia, todos los saben, no sería posible sufragar las altas pensiones de los jubilados vascos; ni, por supuesto, contar para atender la dependencia con una aportación del resto del país superior a la que perciben otras comunidades. Tampoco mantener gracias al Concierto niveles de calidad por encima de la media en sanidad y educación públicas.
En definitiva, Euskadi no estaría en condiciones de mantener sus elevadas cuotas de bienestar sin la ayuda del Estado. Y sin embargo, la contradicción no parece afectarles. Y al que menos a Bildu. Muy al contrario, son los que mejor rentabilizan la regalía. Los pronósticos sitúan a los abertzales como primera fuerza tanto en generales como en autonómicas, incrementando en el primer caso la distancia sobre un PNV cada vez más desfigurado.
El hijo de Txapote
Del PSE-PSOE mejor no hablar. Desde que Patxi López desaprovechara su paso por la Lehendakaritza (ahora ya sabemos por qué con aquellos mimbres nunca fue posible otro desenlace), los socialistas se han convertido en la muleta del nacionalismo. Cuando Otegi vinculó presos a presupuestos, Sánchez se apresuró a descartar cualquier negociación al respecto. Hoy sabemos que de los 184 etarras que todavía cumplen condena (ya no son 200), solo 36 no se benefician de algún régimen de semilibertad.
Pero nada de eso saldrá a relucir en la campaña. Nada tampoco sobre esa nueva bestia criada en el cascarón del nacionalismo llamada Jardun/Jarki, en la que milita el hijo de Txapote y a la que la Ertzaintza ha intervenido “planos de situación de zulos que fueron de ETA, dos walkie talkies y dispositivos encriptados con listados de guardias civiles, decenas de anotaciones de matrículas de vehículos y fotografías de entrenamiento para la perpetración de actos violentos o contra la paz pública”. Angelitos.
En esta campaña se hablará de los hábitos sexuales de los candidatos, de Trump, de Gaza, de Le Pen, Meloni y Netanyahu, del lobo que viene… Y de la memoria antifranquista, pero en contraste con la hiperinflación informativa sobre esta última no habrá ninguna referencia a la memoria más aledaña y abierta de los asesinados por ETA. Y yo no quería dejar de señalar el agravio. Por más que lo de la coyunda de Sánchez sea la última cuestión de Estado.
La cita del sábado: ‘Una época de pigmeos’
“Durante el largo siglo del liberalismo constitucional, de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Einaudi y Willy Brandt, David Lloy George y Franklin Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a los políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. Políticamente, la nuestra es una época de pigmeos”.
(Tony Judt, 1948-2010. Algo va mal. Taurus, 2011).