ESTEFANIA MOLINA-EL CONFIDENCIAL

  • La polarización PSC-JxCAT será así el principal marco discursivo de la campaña del 14-F con probabilidad, porque además existen intereses en ambos lados por la búsqueda del voto útil

Existe una norma no escrita en el seno de la postconvergencia sobre que de ERC se reniega en silencio y se la torea en tiempos corrientes; pero jamás, nunca, se la debe atacar en campaña electoral directamente. Le funcionó a Carles Puigdemont en 2017, ya huido a Bélgica, cuando presentó su candidatura del ‘Govern legítim’, que aglutinaba a ambos partidos respondiendo a un deseo reiterado desde las bases del independentismo de ir todos a una. Bajo el paraguas de la unidad, Junts per Catalunya superó sorpresivamente a Esquerra. Y dado que Laura Borràs quiere ganar estas elecciones, reproducirá la misma estrategia sutil contra Oriol Junqueras, colocando ahora al PSC-PSOE como el enemigo a batir.

La polarización PSC-JxCAT será así el principal marco discursivo de la campaña del 14-F con probabilidad, porque además existen intereses en ambos lados por la búsqueda del voto útil. De un lado, entre un PSC al que le conviene presentarse como la alternativa única del constitucionalismo ante el frentismo del independentismo más combativo de Junts per Catalunya. Coger a Esquerra como enemigo daría menos miedo, porque asume el fin de la vía unilateral y su apuesta por un independentismo de largo plazo. Del otro lado, un JxCat que intentará aplastar en su sándwich a Junqueras, pero sin mencionarlo, para lo que usará al PSC como el estandarte.

Eso es así porque para que Laura Borràs (20,7%) supere a Pere Aragonès (22%), porcentajes según el último barómetro catalán del CEO, tiene que lograr recuperar el voto de Esquerra a modo de vaso comunicante. El independentismo se mueve por otras lógicas distintas a las de izquierda-derecha desde que, en 2012, a Artur Mas los votos se le fueran en sangría a ERC y se viera obligado a abrazar el «derecho a decidir». Ello supondría para JxCat centrar sus esfuerzos contra el fantasma del Tripartit, ahora que la derecha no tiene ya ningunas opciones de ganar en Cataluña.

O incluso, que otros más sutiles critiquen la gestión del Govern en este impase de interinidad liderada por Pere Aragonès tal que el votante independentista no se ofenda. Acaso es casual tener al ‘expresident’ Quim Torra ofreciendo entrevistas, tras el desborde de la pandemia tras la Navidad. Se dice que estas elecciones van de valorar la gestión de la pandemia, pero de ello no pueden fardar ni las comunidades ni tampoco el flamante candidato exministro Salvador Illa. Illa llega precisamente de gestionar un año la crisis del coronavirus y dejando el ministerio en el momento en que el desabastecimiento de vacunas arrecia.

Sin embargo, no hay más que ver el espot electoral de Junts para entender que el mantra del 1-O solo es un reclamo electoral que tiene las patas muy cortas. El problema vendrá, pues, si Borràs gana. Esta legislatura se les va a hacer larga porque a medida que los presos vayan saliendo de prisión, su electorado volverá a presionar a sus líderes. Lo único que salvaría a JxCat, nuevamente, es que estallase una crisis económica y dedicarse, como es habitual, a increpar al Gobierno central. Con ello, suplirían un miedo que es creciente en el independentismo, basado en que nuevas generaciones de votantes se socialicen en un paradigma que no sea el de un Gobierno ‘procesista’. Es decir, que el ‘procés’ vaya quedando atrás y sus apoyos se desmovilicen.

Por su parte, el Gobierno de Sánchez intenta desplegar una estrategia de dos fases. En primer lugar, dar una imagen de transversalidad para captar el mayor voto posible. Tras el fichaje del presidente de AENA, Maurici Lucena, se especula que podría intentarse elaborar una lista con varios independientes –como hizo ya Sánchez con su gobierno ‘celebrity’. Es decir, para que el votante constitucionalista intente ver más allá de las siglas del PSC en su apuesta por romper con el ‘procés’. Ello encuentra un caldo de cultivo en la irrelevancia de la derecha –como escribí sobre Pablo Casado–, el hundimiento de Ciutadans y las horas bajas de los Comunes.

La segunda fase es algo más peliaguda y tiene que ver con los pactos. Es de dudar que el constitucionalismo sume suficiente tras los comicios. El votante de PSC, Cs y PP se movilizó extraordinariamente en 2017 porque sentía que tenía algo que perder. Por su parte, el independentismo está muy harto y eso se traduce en la indecisión del votante. Ahora bien, la «operación Illa» es el revulsivo que necesitaba una campaña hasta ahora muerta para el secesionismo. Es decir, que si los votantes del ‘procés’ tienden a estar mucho más movilizados que el constitucionalismo, más aún con el sentimiento de que salte por los aires su poder.

Todo ello abocaría irremediablemente en Sánchez en los brazos de ERC, si es que esa suma diera. Ahora bien, los republicanos raramente apoyarían un Gobierno PSC-Comunes, porque el votante independentista jamás lo perdonaría. Por eso, a Sánchez se le podría atragantar una eventual victoria de Illa. Distinto sería que Esquerra ganara las elecciones, pactara con los Comunes y el PSC condicionara sus apoyos desde fuera –como expliqué aquí. Pero precisamente es el Gobierno de Sánchez el que ha puesto un palo en las ruedas de los republicanos para menguar sus expectativas electorales. Hace unos meses, el plan Sánchez en Cataluña iba de aupar a ERC –y de ahí las mesas de diálogo y demás–, pero ahora es, curiosamente, aupar a Illa para sorpresa probable del partido republicano.

La polarización de Junts-PSC puede dar alas a Puigdemont, y ello puede arruinar el plan Sánchez en Cataluña de romper con el bucle del ‘procés’

A la postre, si Illa es la alternativa útil del constitucionalismo, es probable que para el independentismo sea Junts. Es decir, que la ‘traición0’ de Sánchez a ERC, como expliqué, no vaya a salir gratis para los planes de Moncloa. Asimismo, acaso piensa Esquerra que es una estrategia irrefutable articular la campaña en torno a la idea de «que viene el coco» –el PSOE con el que pactan en el Congreso– o vender que la sociovergencia es endogámica cuando ellos han estado en Gobierno de ambos signos. Con todo, la polarización Junts-PSC puede dar alas a Puigdemont, y ello puede arruinar el plan Sánchez en Cataluña de romper con el bucle del ‘procés’ de algún modo.

Aunque diez años después y un ‘procés’ mediante, sea paradójico que el duelo vuelva a pivotar entre los socialistas frente a los convergentes de toda la vida.