Singularidad española

EL MUNDO 04/10/14
CARLOS CUESTA

Podemos discutir sobre la validez de una encuesta de intención de voto en Cataluña realizada entre 800 personas. Podemos hacerlo sobre la dudosa neutralidad de una encuesta elaborada por un organismo de esa misma Generalitat que no respeta al TC. Pero no deberíamos discutir sobre el peligro de una maquinaria de intoxicación pagada por todos los españoles y destinada por los nacionalistas a la manipulación educativa, social y mediática. Porque sólo en el caso de que hubiesen sido extremadamente inútiles quienes han dispuesto y disponen de esa maquinaria podríamos aceptar que su impacto fuese nulo en el electorado. Y no es el caso.

Son ya más de 30 años los que han disfrutado los nacionalistas para remodelar a su antojo el entorno cultural de las regiones que gobiernan. Tres décadas en las que ni una vez ha intervenido la Alta Inspección del Estado para corregir las violaciones educativas. Seis lustros en los que, a cada violación, se ha respondido con una nueva cesión de fondos y competencias y, por supuesto, con frenos a la persecución de los implicados en casos de corrupción. Un periodo en el que los nacionalistas no han escatimado esfuerzos en erradicar los lazos con España, mientras los gobiernos centrales, por el contrario, han preferido mirar al infinito en busca de alianzas electorales con los mal denominados nacionalismos moderados.

Y hoy, esa estrategia de adulteración social, histórica y mediática muestra sus frutos. ERC se convertirá, según todas las encuestas, en la clara vencedora de los próximos comicios autonómicos –un partido que no llegaba a un tercio de los votos de CiU en 1980–. CiU deberá afrontar una elección: o ser la triste comparsa de ERC, o dejar de ser nada tras traicionar primero a sus votantes no independentistas y después a los independentistas. El PSC quedará como un partido bajo permanente amenaza de radicalización al disputarse el voto con Podemos. Ciudadanos se convertirá en la referencia del constitucionalismo. Y el PP pasará a ser un jugador sin oportunidades, culpado de la falta de reacción inmediata de su Ejecutivo nacional.

Un panorama tenebroso que no sólo confirma la encuesta del CEO de la Generalitat, sino que coincide en líneas generales con la mayoría de encuestas publicadas.

Porque no es Cataluña la que ostenta una singularidad. Es España. La singularidad de no haber impuesto el Estado de Derecho en cada rincón. Un error en el que no ha caído ninguno de los países de nuestro entorno y que es la única explicación al auge del separatismo.