Carlos Souto-Vozpópuli

  • Porque PP y Vox necesitan acercarse para gobernar y separarse para conseguir votos

El problema de la derecha española quizá ya no sea ganar las próximas elecciones. El problema puede empezar justamente después de ganarlas. Las encuestas podrán decir lo que quieran —y últimamente dicen bastante—, pero la pregunta interesante no es cuántos diputados conseguirán el PP y Vox. Es qué harán con ellos si juntos alcanzan la mayoría necesaria para gobernar. Porque sumar es una operación matemática. Gobernar juntos es otra cosa.

Feijóo lleva tiempo diciendo que quiere gobernar en solitario. En junio terminó admitiendo que, si las urnas lo obligan, aceptará entenderse con Vox. Sigue prefiriendo gobernar solo, que siempre resulta más cómodo: uno discute consigo mismo y normalmente gana. La realidad territorial también ha avanzado más rápido que los discursos. PP y Vox comparten hoy los gobiernos de Andalucía, Castilla y León, Aragón y Extremadura. Abascal definió este domingo en Vozpópuli la relación entre ambos como normal, aunque añadió lo verdaderamente interesante: son “dos partidos muy distintos, con posiciones diferenciadas”. Ahí empieza el problema.

Pactar y romper

Porque PP y Vox necesitan acercarse para gobernar y separarse para conseguir votos. El PP quiere ocupar el espacio más amplio posible desde el centro hasta la derecha. Vox necesita demostrar permanentemente que no es simplemente un PP que desayunó fuerte. Feijóo necesita seducir al elector moderado. Abascal necesita explicar para qué sirve votar a Vox si finalmente termina sentado en el mismo Consejo de ministros que el PP.

Es una convivencia políticamente posible, pero electoralmente incómoda. Los antecedentes tampoco invitan a encargar todavía las alianzas de boda. En julio de 2024 Vox abandonó los cinco gobiernos autonómicos que compartía con el PP por sus discrepancias sobre la distribución de menores migrantes. Dos años después vuelve a compartir varios ejecutivos regionales con los populares. Han demostrado dos cosas aparentemente contradictorias: que pueden pactar y que pueden romper. Lo que todavía no sabemos es cómo trasladarían esa relación a un Gobierno de España, donde las discusiones ya no serían sobre una consejería sino sobre Presupuestos, inmigración, Europa, autonomías, política exterior, Defensa, impuestos o derechos sociales.

Abascal acaba de advertir en Vozpópuli que no conviene “poner el carro antes de los bueyes”. Es sensato. El problema llegará después: si ganan, PP y Vox tendrán que decidir quién lleva el carro, quién pone los bueyes y, sobre todo, hacia dónde tiran. Y aquí aparece una diferencia importante entre los dos futuros socios. El PP no oculta lo que quiere: una mayoría suficiente para gobernar solo. Feijóo aspira a llegar a La Moncloa con las manos lo más libres posible y admite la coalición con Vox como una posibilidad que podrían imponerle las urnas. Se puede discutir si conseguirá esa mayoría. Lo difícil es discutir que la busca. En Vox la pregunta es distinta.

La mala costumbre de opinar

Durante estos años han salido del partido figuras con notoriedad y peso político propio: Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros, Juan García-Gallardo. Cada caso tuvo su historia y sería demasiado sencillo meterlos todos en la misma bolsa. Espinosa, además, terminó expulsado este año. Pero la sucesión permite una pregunta incómoda: ¿Vox está construyendo una organización para gobernar España o una organización en la que resulta cada vez más difícil discrepar de Abascal? Porque para protestar alcanza con un líder fuerte. Para gobernar hacen falta ministros, cuadros, negociadores y gente con personalidad propia. Y esa gente tiene la mala costumbre de opinar.

Feijóo parece querer tantos votos como pueda conseguir y tanta autonomía para gobernar como le permitan esos votos. Vox también quiere crecer, naturalmente, pero su historial interno obliga a preguntarse cómo conviviría con el desagradable precio que suele acompañar al crecimiento: dirigentes que tienen votos, ideas y ego propios. Un partido puede permitirse expulsar disidentes. Un Consejo de Ministros ya es más complicado.

Tal vez el error sea buscar amor donde solamente hace falta poder. La coalición que ha sostenido a Pedro Sánchez ofrece una enseñanza bastante útil. Sus integrantes nunca necesitaron parecerse demasiado. En ocasiones ni siquiera necesitaron caerse bien. Han discutido, amenazado, amagado con romper y celebrado sus diferencias con entusiasmo. Pero mientras sus intereses coincidieron en sostener una mayoría encontraron mecanismos para negociar. No es amor. Es mecánica del poder. Y en eso la izquierda española ha mostrado una disciplina práctica que la derecha todavía tiene que demostrar a escala nacional.

Existe además otra tentación política: confundir encuestas con elecciones y elecciones con poder. Abascal acaba de decirlo: “Las encuestas son solo encuestas”, recordando lo ocurrido en 2023. Tiene motivos. Aquel año el PP ganó las elecciones generales y Pedro Sánchez consiguió después articular una mayoría parlamentaria que le permitió continuar gobernando.

La política tiene estas pequeñas crueldades: uno puede ganar la carrera y descubrir que había otra después de la meta. Por eso PP y Vox pueden encontrarse con una situación paradójica. Necesitan competir duramente hasta el domingo electoral y, quizá veinticuatro horas después, empezar a confiar el uno en el otro. Rivales el domingo. Socios el lunes. Y el martes, cuando llegue la primera discusión seria, habrá que averiguar cuál de las dos cosas son.