Ignacio Camacho-ABC

  • Frente al turbión de escándalos el sanchismo apela al instinto identitario, al sentido de pertenencia, al sufragio biográfico

Con la justicia en ‘stand by’ por una tradición no escrita de deferencia neutralista, la corrupción es el fantasma de esta campaña. Ayer la sacó a relucir Feijóo, para prometer que no habrá indultos si gana –¿acaso alguien los esperaba?– y pareció que se refería a una antigualla. Los socialistas consideran que la cascada de escándalos está electoralmente amortizada, que ya les ha costado los votos que les podía costar, no demasiados, y que la gente de izquierda tiene ahora otra escala de importancia. Y en cierto modo razón no les falta: saben que las tragaderas del ‘progresismo’ militante son amplias y digieren bien las evidencias antipáticas. Aunque por si acaso Pedro haya decidido dejar de momento a Zapatero en una discreta retaguardia.

En política la única corrupción que importa es la del adversario, y en ese sentido el electorado conservador está ya suficientemente movilizado. En cambio, si el sanchismo sociológico asimiló la amnistía para evitar la alternancia bien podrá asumir el latrocinio generalizado ante la amenaza creíble de descalabro. No hay cloaca, ni rescate millonario, ni joyero escondido, ni amaño de contrato que valga cuando el poder corre peligro y la silueta de Abascal se perfila al otro lado. En las circunstancias decisivas aflora el instinto de supervivencia, el sufragio biográfico, la disciplina identitaria, el sentido de pertenencia a un bando. Como decía Montanelli, «turatevi il naso». Nariz tapada; hasta el feminismo es capaz de olvidar el putiferio de Ábalos.

A Sánchez no le están funcionando los relatos pero aún le queda habilidad propagandística para minimizar los problemas y convertirlos en anécdotas. Por más que el novio rentista de la portavoz y las propiedades inmobiliarias de los ministros hayan fastidiado la estrategia de la vivienda, le sobran conejos en la chistera para distraer la atención de la crisis de Ceuta, que hace un mes parecía haberle arrebatado cualquier posibilidad de levantar cabeza. Quizás el mérito real del leve pero significativo repunte en las encuestas no sea suyo sino de la irredenta mentalidad sectaria de unos votantes –alrededor de seis millones, ojo– dispuestos a obviar cualquier escrúpulo moral en cuanto el dedo del líder señala el espantajo de la ultraderecha.

El fenómeno no es sólo español, aunque sirva de poco consuelo. Trump, por ejemplo, salió reelegido con treinta y cuatro condenas a cuestas por otros tantos delitos y después de haber promovido un violento asalto al Congreso. Él descubrió el enorme potencial de la polarización populista y creó un modelo al que pronto le salieron epígonos iberoamericanos y europeos, entre los que nuestro presidente destaca por su absoluta ausencia de complejos. Lo normal es que esta vez pierda, siquiera por mero agotamiento del proyecto, pero el simple hecho de que conserve opciones de resistir después de este turbión de venalidad y envilecimiento revela la existencia de un clima social y político descompuesto. Un paradigma de ¿convivencia? huérfano de principios éticos.