Tercer hombre

El Mundo 10/12/12
SANTIAGO GONZÁLEZ

Hay herencias pesadas, y no me refiero a la que recibió Rajoy, sino al marrón que le tocó comerse al hoy jefe de la oposición. El punto final de Zapatero fue el borrón que el artista dejó en la biografía electoral de Rubalcaba: los peores resultados de la historia del PSOE, con ocho escaños por debajo de los 118 que obtuvo en las primeras elecciones de la democracia, que eran hasta la fecha el suelo electoral de los socialistas.

El candidato derrotado asumió la responsabilidad como un caballero: presentó su candidatura a la Secretaría General del Congreso que se celebró dos meses después y ganó a la aspirante Carmen Chacón, que había brillado con luz propia con su nombre vernáculo, Carme, en tanto que ministra de Vivienda y de Defensa del Gobierno de España.

Otro tanto le pasa ahora al tercer hombre, con permiso de Carol Reed y Graham Greene. Él, que se llamó Joan Mesquida mientras fue director general de la Policía y la Guardia Civil y secretario de Estado de Turismo, ha castellanizado su nombre para optar a la Secretaría General del PSOE. Misterios de la identitat.

Me llamo Juan aunque Joan me llame. Esto que antecede es la paráfrasis de un verso de Miguel Hernández: «Me llamo barro aunque Miguel me llame». Advierto esto lealmente por si la prensa socialdemócrata tuviese a bien aplicarme el mismo tratamiento que al ministro Wert tras su cita textual de Hernández y el toro que se crece y no digo más, no me vayan a confundir a Mesquida con Pijoaparte.

Igual que Carmen de Olula. Es sorprendente que ninguno de los dos haya hecho un gesto a favor de que el castellano o español en que se llaman en tanto que candidatos socialistas, sea también lengua de inmersión en la enseñanza en Cataluña, de acuerdo con las sentencias del Constitucional, el Supremo y ¡qué coño! con la propuesta de Wert.

Total, que las primarias serán inevitables. «No hay quien pueda frenar el debate de los nombres», dijo el alcalde de Toledo, que es uno de los barones en alza del partido. A eso se le llama históricamente fulanismo y es una de las características más acusadas de la política española. Inevitable, por otra parte. Nadie ha visto aún siquiera un atisbo de debate de ideas en el partido de la oposición, salvo el macguffin del federalismo, ese extraordinario invento para cazar leones en los montes Addirondack, según la famosa definición de Hitchcock. O para aplacar los fervores independentistas de Mas. «Pero con el federalismo no va a aplacar a quien busca la diferencia y el confederalismo como poco», podría objetarse. «Pues entonces no será un macguffin», responderá Alfred H. Rubalcaba mientras se apresta a ganar las primarias.

Uno comprende las reticencias del aparato a las primarias. Salvo aquéllas que enfrentaron a Nicolás Redondo y Rosa Díez por la candidatura a la Lehendakaritza en 1998, siempre han salido mal, recuerden aquellas en que Borrell ganó al secretario general y el partido tuvo que filtrar la implicación de dos ex colaboradores suyos, Huguet y Aguiar, en el caso Torras-Kio. Es un lío y no se corresponde con nuestros usos y costumbres, pero no van a tener manera de evitarlas.