Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- La muerte aguarda también en la prolongación de un Tenerife-Andorra
Sabíamos por Séneca que es incierto el lugar en el que nos espera la muerte, y que por eso conviene esperarla en todos. Desde ayer sabemos que eso incluye un Tenerife-Andorra de Segunda División. Tiempo de descuento, por más señas. Con el partido empatado a dos, sobrevuela el campo uno de esos pelotazos que pueden convertirse en un contraataque y reducir el partido a un duelo entre un delantero veloz y un portero obligado a agigantarse. Lo que ocurrió el lunes en el Heliodoro Rodríguez López fue que el portero salió como una locomotora hasta el centro del campo y chocó con el delantero, que corría mirando hacia el balón. La emoción reconocible de una pelota dividida terminó así en un impacto terrible: una rodilla contra un pecho desprevenido. Y en los gestos, también reconocibles, que anticipan la tragedia. El delantero era Jesús de Miguel. Tenía treinta años y una hija de un año. Murió ayer en el hospital.
El portero es Jesús Owono y desde la grada ya se le llegó a gritar ‘asesino’ mientras atendían a De Miguel sobre la hierba. Según el ‘Diari d’Andorra’, Owono fue visto en el vestuario llorando y rezando mientras trasladaban a su rival al hospital. No sirvió de nada. En lo que el acta arbitral define como un impacto brusco, con fuerza excesiva y con el balón en disputa, los médicos consultados por la prensa parecen identificar un golpe que llega en una fase concreta y vulnerable del ciclo cardíaco más propensa a la arritmia y la parada. Se repiten las imágenes del choque funesto y viéndolas es difícil no pensar que a los porteros se les enseña desde niños un modo expeditivo de manejarse en las salidas para hacerse respetar. Entre otras cosas, porque la vulnerabilidad está por lo general de su lado, al ser ellos los que habitualmente se lanzan, con la cabeza por delante, a los pies de los demás. Todo a gran velocidad y con enorme potencia, porque la cautela es incompatible con el fútbol profesional. Al mismo tiempo, la fatalidad tiende a construirse sobre una concatenación de causas que se identifican tarde como evitables. Habría bastado un cambio, otro despeje, un grito, otro desmarque, otra decisión tomada en una décima de segundo, incluso puede que otro instante del ciclo cardíaco, para que esta vez todo terminara de otro modo. Sin que el dorsal de Jesús de Miguel acabase indicando el minuto del homenaje al héroe caído en cada partido que se juegue en Tenerife. Y sin que Jesús Owono se convirtiera en un muñeco al que apalear con saña, porque hay quien parece creer que alguien en su situación necesita ayuda para sentirse destrozado.
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Congreso
Puente dimite
Óscar Puente terminó dimitiendo en un sitio francamente original: la Diputación Permanente del Congreso. Lo hizo al borde de las lágrimas, pero no tanto por los accidentes ocurridos bajo su mandato sino por el gesto que estaba llevando a cabo. La dimisión fue sorpresiva, pero el ministro la llevaba muy escrita. Incluyó agradecimientos, como las novelas, y un intento de propulsión electoral que se había intuido antes en las intervenciones de Patxi López. El portavoz socialista incorporó la tragedia de Urda con normalidad a sus dinámicas de choque con el PP. Lo hizo aclarando que él no iba a alimentar el conflicto y hablando de los cuerpos del Yak-42. Antes el PP se había centrado en lanzar víctimas de Urda contra la cabeza de Óscar Puente. Ester Muñoz no se resistió a las referencias a los móviles sonando entre los trenes destrozados. La moralización teatral es uno de los hábitos corrosivos que la nueva política trajo al escenario español. Al tratarse de un instrumento tan indigno como eficaz, los grandes partidos lo utilizan ya con profusión, siempre, por supuesto, contra el rival y entre grandes pujos éticos. La exigencia de responsabilidad y tono constructivo, de rigor y contención, de civilidad y altura política, funciona automáticamente como respuesta a esas andanadas y bajo ningún concepto se predica con el ejemplo cuando las tornas cambian y es el rival al que se puede señalar, no ya como equivocado o incapaz, sino como indigno. El círculo, más que tóxico, resulta devastador. Su salida no se sabe dónde está, aunque Óscar Puente haya salido.